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El Señor conoce cómo somos

Las lecturas de la Misa de este domingo nos manifiestan uno de los atributos del Señor: Dios lo sabe todo, lo que tenemos en el corazón, hasta nuestros pensamientos más profundos. -- Los seres humanos normalmente nos dejamos llevar por las apariencias, y eso no es malo. Nadie compraría una fruta de mal aspecto con el argumento de que por dentro probablemente esté bueno. Lo malo del ser humano es que, cuando juzgamos a otras personas, las apariencias influyen en nuestra decisión. Pero no solo eso: la percepción que cada uno tenga de sí mismo influye en el trato con los demás. -- El Señor inicia la parábola de hoy (el publicano y el fariseo que fueron a orar al Templo de Jerusalén, Lc 18, 9-14): dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás . No es un secreto para nadie que no existen las personas perfectas. Todos, quien más quien menos, tenemos defectos. Creerse perfectos (una suerte de autoestima patológica) supone q...

Orar con insistencia, fieles a la Palabra

Las lecturas del Evangelio de este domingo giran en torno a dos argumentos. El primero, sobre la necesidad de orar siempre y con insistencia (Lc 18, 1) y el segundo, sobre la familiaridad del creyente con la Palabra (2 Tim 3, 16-17). -- En el Evangelio de nuestra Misa (Lc 18, 1-8), escuchamos la parábola de la mujer que reclama al juez injusto. El Señor pone ese ejemplo para enseñar a sus discípulos de la necesidad de orar siempre y con insistencia. Es una enseñanza diáfana de Jesús: orar siempre, orar con insistencia . -- Orar es tratar con el Señor: hablar con Él, llorar con Él, pelear con Él. Pedirle, rogar el perdón, mostrar nuestro arrepentimiento, alabar y bendecir su nombre, discernir las situaciones de nuestra vida… ¡Y debemos hacerlo siempre! -- Los creyentes de los últimos tiempos han ido dividiéndose en aquellos que hacen un esfuerzo por dedicar un tiempo diario para orar, y en otros, infortunadamente la mayoría, que postergan la oración para contados momentos de la vi...

La lepra, símbolo del pecado

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En Israel había una normativa muy estricta sobre la lepra (Lv 13). Cualquier persona que tuviese un eccema en la piel debía acudir a los sacerdotes para que emitieran su juicio. Si el sacerdote dictaminaba que se trataba de lepra, cambiaba totalmente la vida de esa persona. A partir de ese momento era declarado impuro y debía irse de la ciudad o pueblo para vivir apartado. Debía cubrirse completamente y si tenía que acudir al pueblo, debía anunciar a gritos que era impuro (Lv 13, 45-46). -- Con respecto a la lepra, llama la atención que la Biblia no se refiera a su desaparición como “sanación” sino de “limpieza”. Y es cierto: la sanación es interior. -- En la primera lectura escuchamos el pasaje de la sanación de Naamán (2Re 5,14-17). Éste era un general de un ejército y sufría de lepra. Habiendo oído la fama de Eliseo, profeta de Yahweh, se dirigió a Israel para curarse de su penosa enfermedad. Eliseo, quien no lo recibió, le dice que se bañe siete veces en el Jordán. Naamán s...

«Si tuvieras fe…»

En el Evangelio de nuestra Misa (Lc 17, 5-10) los Apóstoles hacen una petición al Señor: Que les aumentara la fe. Ciertamente, no se trata de la fe como aceptación de Jesucristo y la ofrenda de la propia vida a Él. Los Apóstoles se refieren a la confianza que genera la fe en Jesús. -- No cabe duda de que los Apóstoles se sentirían, al menos, un poco intimidados sobre el modo de actuar del Señor: confiado, seguro, ordenaba a los demonios, hacía sanaciones, se enfrentaba con entereza a todos los fariseos y escribas… En la mente y en el corazón de todos ellos habría, seguramente, una exclamación de admiración, del tipo: “¡Quiero ser como Él!” -- La respuesta del Señor es sencilla: Ten fe, confía. « Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería” » Esta misma respuesta aparece en los otros evangelios: después de la expulsión de un demonio (Mt. 17, 20) y después de la maldición de una higuera (Mc 11, 22 ...

"Si no escuchan a Moisés y a los profetas..." (Lc 16, 31)

El Evangelio de nuestra Santa Misa de hoy tiene una gran cantidad de mensajes de parte de Nuestro Señor. Podríamos hacer muchas reflexiones diversas. Hoy te propongo una: - El Maestro quiere poner en el tapete la actitud soberbia y orgullosa del rico. El Señor no dice si su riqueza es bien habida o no. Solo dice que su corazón había llegado a un extremo en poner su confianza y su vida entera en los bienes materiales, a tal punto que se olvidaba de las personas necesitadas que estaban a su alrededor. Es llamativo que el rico (que la tradición le llama Epulón ) reconoce a Lázaro, lo que quiere decir que, efectivamente, en vida le conocía porque estaba frente a su casa. - Cuando una persona deja que el corazón se le envenene con la soberbia, el orgullo, la codicia, etc., esa persona se vuelve insensible a las indicaciones que hace el Señor a lo largo de la vida. No le interesa. Se siente seguro por lo que tiene ahora. Llega al olvido de Dios: no le interesa. - Hay un gesto del ric...

¡Audacia! ¡Somos hijos de la luz!

Después de relatar la parábola del administrador injusto, el Señor deja una reflexión: “ los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz ” (Lc 16, 8). Y esto es un aviso para los creyentes en Cristo Jesús de todos los tiempos. -- No obstante, el Señor deja entrever otra enseñanza. Nos hace ver la sagacidad y la astucia con la que actúan los hijos de las tinieblas, pero reclama que esa misma sagacidad y astucia para el bien faltan en los hijos de la luz. Y, nuevamente, el Señor tiene razón: aún cuando sabemos que vamos por el camino del bien y que estamos haciendo lo correcto, somos timoratos. -- Encontramos miles de “peros” para extender el Evangelio o para realizar una buena acción. Siempre se encuentran “mil cosas más importantes”. “Sudamos” para entregar una publicación con un mensaje cristiano, pero, un distribuidor de drogas se ingenia para expandir su “mercado” con nuevas estrategias o un esotérico anda al acecho de nuevos tontos a qui...

Errar es de humanos, rectificar el error es de sabios y diabólico perseverar en el error

         Este viejo adagio latino significa: Errar es de humanos, de sabios rectificar, diabólico perseverar en el error. Como siempre, los antiguos tienen razón. --          En las lecturas de hoy, encontramos diversas figuras que nos hablan de estas facetas: --          Equivocarse es de humanos . Ciertamente nuestra naturaleza humana no es perfecta y podemos equivocarnos en nuestra manera de ver el mundo, de tratar a los demás y de conducirnos personalmente. Si bien Dios nos ha dado suficiente inteligencia y voluntad como para poder comportarnos rectamente delante de Dios, con los demás y con nosotros mismos, aún así podemos dejarnos llevar por los demás, olvidando que hemos de responder personalmente por nuestras acciones. Nunca será válido culpar a los demás de nuestras deficiencias y de nuestros pecados. Así lo dice San Pablo: antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero D...