UN SANO EQUILIBRIO

 Las lecturas de hoy son muy ricas y variadas en contenido. Y cualquier reflexión que hagas puede resultar muy provechosa para ti. Sin embargo, voy a compartir dos reflexiones en este día del Señor.

El mundo y el demonio harán todo lo posible por que apartes tu corazón de Nuestro Señor Jesucristo. Y cuando digo “todo lo posible”, me refiero a cualquier estrategia. Ya en otras ocasiones les he dicho que el demonio es tan hábil que quiso servirse de la Sagrada Escritura para tentar a Nuestro Señor Jesucristo. El demonio puede atacarte adulándote, sirviéndose del aspecto emocional o incluso de las propias debilidades humanas. 

En el pasaje del Evangelio de hoy (Mt 22,15-21), los enemigos de Nuestro Señor Jesucristo acuden a Él y comienzan su intervención adulándolo. Le dicen básicamente que es un hombre íntegro y recto. Pero el motivo de las lisonjas era comprometerlo y encontrar algo en el que pudieran acusarlo, bien sea ante los romanos, bien sea ante el pueblo de Israel. Como podrás darte cuenta, no buscaban el bien de Nuestro Señor Jesucristo sino su perdición. 

Una de las tantas cosas que señala la grandeza de Nuestro Señor Jesucristo radica en el hecho de que no desperdicia ninguna ocasión para enseñar y para corregir. En primer término, les hace presente a sus enemigos que ellos no actúan con sinceridad: les llama hipócritas y desvela su intención genuina, es decir, tentarlo. Y, en segundo término, deja una frase que es apenas una mínima muestra de su infinita sabiduría: Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

Conclusión de la primera reflexión: a Nuestro Señor Jesucristo no podemos engañarlo. Él sabe lo que hay en cada corazón, sin necesidad de que nadie se lo diga (Jn 2, 25). 

Segunda reflexión: el Señor nos recuerda que, si bien somos seres llamados a la vida eterna, somos también peregrinos en esta tierra y formamos parte de la vida ordinaria de nuestros pueblos. Y el bien nuestro se mueve entre conservar una sana espiritualidad y dar lo mejor de nuestra parte para una sana convivencia con nuestros hermanos los hombres. 

Y he ahí el equilibrio que debe encontrar todo ser humano. Una sana relación con nuestro Señor, dando a Dios lo que es de Dios, y una sana relación con los hombres, dando al César lo que es del César. Y esto abarca desde las cosas más simples como la oración de la mañana o por los “buenos días” con los que podemos saludar a cualquiera de nuestros hermanos, hasta las cosas de mayor envergadura como el voluntariado o la asistencia a la Santa Misa los domingos y fiestas de guardar. 

Conclusión de la segunda reflexión: todos nosotros hemos de encontrar el equilibrio perfecto de nuestra vida en una sana relación con Dios y en una sana relación con nuestros hermanos. 

Feliz y bendecido domingo


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