El amor es la clave
Las lecturas de nuestra Santa Misa de hoy tienen un objetivo bastante claro: Invitarnos a considerar el amor a Dios y a los hermanos. Comprender correctamente la dimensión de este mensaje puede ser esencial para nuestra manera de vivir la fe.
En muchas ocasiones, cuando las personas se ven interpeladas sobre el cumplimiento de los mandamientos o, en alguna ocasión, cuando se acercan al sacramento de la confesión, suele hacerse presente de manera recurrente la frase “Yo no hago mal a nadie”. No quiero decir que “no hacer mal a alguien” sea malo; lo que quiero decir es que es insuficiente.
El seguidor de Cristo está llamado a mucho más. El Señor nos ha dejado como guía segura el amor, en primer lugar, a Dios Nuestro Señor y, en segundo lugar, a nuestros hermanos. Y en ese orden.
Como seguramente me habrán escuchado decir en más de una oportunidad: El amor consiste en procurar el bien de la persona amada. El amor a Dios sobre todas las cosas se traduce en diversas actitudes que debe estar presente en el seguidor de Cristo: La fe, la esperanza y el amor en Él y a Él; la adoración, la oración y el trato respetuoso a Su Nombre; evitar la superstición y la irreligión (tentar a Dios y el sacrilegio o trato irrespetuoso a las cosas santas).
Y el amor al prójimo no consiste solo en no matarle y no robarle, sino también darle de comer cuando tiene hambre, darle de beber cuando tiene sed, vestirlo cuando no tiene ropa… No es solo no hacer daño, es hacer el bien. Por eso, el cristiano no debe conformarse con el mínimo. El Señor espera más de nosotros.
En diversas ocasiones, personas tendenciosas y con ánimo de criticar a los creyentes, dicen que de nada vale ir a la Iglesia si no se ayuda al prójimo. Y en parte tienen razón, pero no debe olvidarse igualmente, que la filantropía sin el amor a Dios por encima de todas las cosas, tampoco vale. Como bien enseña el Papa Benedicto XVI:
“Hay una interacción necesaria entre amor a Dios y amor al prójimo. Si en mi vida me falta completamente el contacto con Dios, jamás puedo ver en el otro más que al otro y no consigo reconocer en él la imagen divina. Si por el contrario en mi vida descuido completamente la atención al otro, deseando solamente ser «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», entonces mi relación con Dios se seca. Cuando es así esta relación es solamente «correcta» pero sin amor”.
Es fácil privilegiar “ayudar al prójimo” llegando al olvido de Dios. Es una tentación constante para la Iglesia y para nosotros los seguidores de Cristo. Y hemos de repetirnos y convencernos que si no tenemos a Dios, no tenemos nada, y teniendo a Dios, lo tenemos todo, incluso para ayudar al prójimo.
Bendiciones para todos.
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