Nosotros en el misterio de la Santísima Trinidad

 Hoy, Domingo después de la solemnidad de Pentecostés, celebramos con todos nuestros hermanos en la Iglesia, la solemnidad de la Santísima Trinidad. Es el misterio de un único Dios en tres personas.

Aunque pueda sonar medio blasfemo, es una pregunta válida: ¿Qué influye en nosotros el profesar el misterio de la Santísima Trinidad? ¿Es un dogma de fe “inútil”?

El primer paso que hemos de dar es que el misterio de la Santísima Trinidad lo reconocemos en el mensaje de la Biblia: Un Dios Padre de todos que envía a su Hijo Único Jesucristo por nosotros y nuestra salvación, y ambos envían su Santo Espíritu a la comunidad de creyentes que es la Iglesia. No se trata de algo impuesto: es reconocer su presencia en la historia de la salvación que se nos expone en la Sagrada Escritura.

El paso siguiente: reconocer el misterio de la Santísima Trinidad implica que puedo y debo enriquecer mi vida como creyente. Mi espiritualidad no puede ser igual. No es lo mismo saber que soy Hijo de Dios Padre, que me ama y quiere lo mejor para mí, que no saberlo. No es lo mismo saber que creo en Jesucristo, Dios hecho hombre, y cuya Palabra es la de Dios mismo que me habla, que no saberlo. No es lo mismo saber que el Espíritu de Dios me guía hasta la verdad plena y me hace libre, que no saberlo. Es un misterio que, al aceptarlo, no puede dejarnos indiferentes.

Un paso más: Toda nuestra vida litúrgica se mueve en medio del misterio de la Santísima Trinidad. Nuestro nacimiento a la vida cristiana tiene lugar con el bautismo (“…en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”) y se ve fortalecido con el don del Espíritu Santo en la Confirmación; la Eucaristía, de la que participamos, es la ofrenda de Jesucristo a Dios Padre, movidos en y por el Espíritu Santo; recibimos el perdón de los pecados “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.

En el Catecismo se aprende que el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de nuestra fe. No solo porque da coherencia a todo el mensaje que custodia y transmite la Iglesia, sino porque le da plenitud de significado a nuestra vida como creyentes, seguidores de Cristo Jesús.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

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