Lo que nos enseña la Ascensión del Señor

 Hoy, como en muchos otros lugares del mundo, celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Ese evento en la vida del Señor cuya narración escuchamos sea en la primera lectura (Hech 1, 1-11) que en el Evangelio de nuestra Santa Misa (Mt 28, 16-20).

Es justo y también necesario que nos interroguemos sobre el significado de los diversos eventos (misterios, dirían los teólogos) de la vida del Señor en nuestra vida. Y el de hoy no tiene un particular “impacto” para muchos. Y a eso le vamos a poner remedio hoy.

En primer lugar, Nuestro Señor vuelve a su origen. En múltiples pasajes, escuchamos decir al Señor que ha sido enviado por el Padre. Pues, vuelve a Él. Y con eso nos enseña que nunca hemos de perder de vista nuestra meta: el cielo. Los cristianos somos personas con los pies en la tierra y el corazón en el cielo.

En segunda, Su Ascensión nos enseña que Él nos espera. Y nosotros, sus seguidores, alimentamos la esperanza en las promesas de Cristo. Si nosotros hacemos lo que nos pide (Él es nuestro Rey y Señor), tenemos la esperanza de llegar hasta donde nos ha precedido: al cielo.

En tercera, y aunque suene difícil de comprender, el premio que nos tiene prometido nos hace partícipes de su gloria. Se ha ido para prepararnos una morada (Jn 14, 2): Jesús quiere que estemos con Él (Jn 14, 3). Nos llama a la felicidad eterna.

Finalmente, para no alargar esta reflexión, Él subió a los cielos, pero no nos deja solos. Nos ha prometido y garantizado que Él estará con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos (Mt 28, 20). Nos ha dejado múltiples maneras de encontrarnos con Él: en la oración; en la lectura y meditación de la Palabra; en los sacramentos, en especial, la Eucaristía y la Confesión; en el hermano necesitado y en la reunión con los hermanos para celebrar, alabar y anunciar el nombre del Señor.

Como ves, la Ascensión del Señor nos enseña mucho y nos ayuda a dar un sentido a nuestra vida de creyentes y seguidores de Cristo Jesús, para quien es todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos.

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