El camino, la verdad y la vida

 Las lecturas de nuestra Santa Misa de hoy son preciosas todas y darían para una reflexión diferente. Pero me voy a detener en el pasaje del Evangelio (Jn 14, 1 – 12).

El pasaje de hoy tiene lugar justo después del lavatorio de los pies, antes de sentarse a la Última Cena. Nos hallamos justo antes de que comience la captura, pasión, enjuiciamiento, condena y muerte de Jesús. Todo supondrá una suerte de cataclismo emocional para los discípulos. Por eso, el Maestro les advierte: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí”. Esa paz que nace de la fe y la confianza en Cristo se revela en lo siguiente: nosotros hacemos todo lo que podemos; de lo demás se encarga Él.

Nuestro Señor, sobre todo en el Evangelio según San Juan, se sirve de imágenes que superan el sentido ordinario de las palabras. Ante el destino final de Jesús, Tomás pregunta cómo saber el camino a ese destino. La respuesta del Señor es todo un proyecto de vida para nosotros: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Jesús es el camino. Se refiere el Señor a nuestro modo de vivir. Nosotros, sus seguidores, que le hemos reconocido como el Señor y el Rey, hacemos el obsequio de nuestra voluntad al camino de salvación que nos ha dejado, de tal manera que hemos de tener los mismos sentimientos de Cristo y que nuestro modelo de hombre nuevo es Jesús mismo.

Jesús es la verdad. En un mundo como el nuestro en el que la verdad se le da menos importancia, porque quiere darse más valor a lo que nos gusta, a nuestras preferencias, a lo pasajero y efímero, el Maestro nos propone verdades sólidas y la primera es el mismo Jesús (San Pedro le llama la piedra angular: 1Pe 2, 6), que nos engaña. Su mensaje nos ayuda a poner en la justa perspectiva todas las cosas y a encontrar lo bueno y lo malo en todo lo que nos rodea.

Jesús es la vida. La felicidad es la vocación de la vida de los hombres. Estamos llamados a ser felices. Y la verdadera felicidad no consiste en una suma de momentos felices, sino en un sentido total de la vida. Y nosotros fuimos hechos por el Señor y fuimos hechos para Él. Nuestro corazón irá divagando entre diversos momentos “felices”, muchos de ellos más de huida de nuestra realidad que de búsqueda de la felicidad. Solo alcanzará el sentido pleno –la verdadera vida– cuando hayamos puesto la razón y el sentido de nuestra vida en Cristo Jesús.

“No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo” (Francisco, Evangelii gaudium 266). Por eso, Jesús es el camino, la verdad y la vida.

Que la bendición de Dios nos acompañe siempre.

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