El amor con que nos ama Cristo
Una de las tantas consecuencias del terremoto del 24 de junio pasado se reflejó en una seria duda que se alojó en los corazones de muchos creyentes: Si es verdad que Dios me ama, ¿por qué ocurrió esto? ¿Por qué murió mi pariente, mi amigo, tantos niños inocentes? No es una pregunta baladí, y requiere una respuesta que ilumine esta realidad dolorosa.
Escuchamos en la segunda lectura de la Santa Misa de hoy (Rom 8, 35. 37-39) una pregunta de San Pablo: ¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? La responde, concluyendo: estoy convencido de que… nada… podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús.
Para comprender esta afirmación de San Pablo habría que leer un poco antes: Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman (Rom 8, 28). El punto de partida de cualquier reflexión es que lo que ocurre, bueno o malo según nuestro entender, está en la Providencia Divina. Dios sabrá sacar un bien de todo esto, aunque de momento no podamos vislumbrarlo.
La otra cosa que dificulta la comprensión adecuada del amor que Dios nos tiene es cómo concebimos nosotros el amor. En la cultura moderna tiene muchos significados, pero el que más se aplica a este caso es el que se identifica con la sobreprotección: entiendo que Dios me ama si Él hace que no me pase nada malo y si Él hace que pase solo lo bueno. Y es un error. Es tener un concepto equivocado de Dios: es pensar que es como una suerte de niñero consentidor o de un sirviente. Y Nuestro Señor no es eso.
A esto tenemos que añadir otro elemento iluminador: Nosotros fuimos creados para la eternidad. No olvidemos que el premio a la fidelidad será tomar parte del Reino preparado para nosotros desde la creación del mundo (Mt 25, 34) que no es otra cosa que la vida eterna (Mt 25, 46). No es cierto que nos llevaremos a la otra vida “lo que hayamos gozado” sino el bien que hayamos hecho y la fidelidad que hayamos vivido.
Esa meta final, la salvación de nuestras almas y la felicidad eterna, nos la ganó Jesucristo con su ofrenda en la cruz y su victoria definitiva con su resurrección. Lo hizo por todos. Lo hizo por cada uno. Lo hizo por ti. Y eso es la prueba más grande de amor (Rom 5, 8; Jn 15, 13). Ese es el amor con que nos ama Cristo.
Porque los creyentes tenemos la mirada puesta en el premio eterno que nos ganó el amor de Cristo por nosotros, no nos detiene la adversidad, que forma parte de la vida y de la existencia del cristiano. Nuestro Señor nos hará saber, en su momento, por qué permite eventos que conllevan dolor y sufrimiento.
No debemos olvidar que el morir es el paso natural de esta vida a la vida eterna. En este contexto, no debemos confundir el dolor de la separación –el duelo– con una especie de crueldad por parte de Dios. Los primeros mártires lo entendieron muy bien y son un ejemplo para nosotros: muchos de ellos fueron sometidos a muertes muy crueles, pero entendieron que era una prueba y confiaron en la promesa de Dios para quienes son fieles. Por eso dice también San Pablo: “Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada si lo comparamos con la gloria que habremos de ver después” (Rom 8, 18).
Nuestra fe en Cristo Jesús, Salvador y Señor, y nuestra certeza en el amor que nos tiene nos dará la fortaleza para superar el dolor y la fortaleza para sobreponernos y volver a levantarnos. A Jesús, el Señor, la gloria, el honor y el poder, por los siglos de los siglos.
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