Romper con nuestros prejuicios
Hoy, la liturgia de la Santa Misa nos ofrece para nuestra consideración el texto bíblico comúnmente conocido como el de “la samaritana” (Jn 4, 5-42). Es un pasaje muy rico en detalles, que da pie a muchísimas reflexiones. Una de las enseñanzas que nos deja, y es la que quiero compartir contigo hoy, es esta: podemos y debemos romper con nuestros prejuicios.
Un prejuicio es una opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal. De esta manera, los seres humanos somos especialistas en juzgar a otros llevándonos solo de las apariencias. Y, claro, no siempre el juicio es el acertado. Eso lleva a que nuestro trato con el prójimo no sea el que nos pide Nuestro Señor.
En la época en que el Señor peregrinó por Israel existían un montón de prejuicios, muchos de ellos transmitidos en la cultura. Uno de ellos era que, por razones políticas y religiosas, los samaritanos y los judíos no se trataban. De hecho, cuando el Señor le pide agua a la Samaritana, ella evoca esa rivalidad: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. Más adelante, ella volverá a evocar otra de las tantas diferencias entre ambos: “Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”.
No hay duda de que los prejuicios suponen un gran obstáculo en el trato con las personas. Resulta particularmente grave cuando se trata del testimonio que debemos dar: el mensaje de Dios es para todos. Si esos prejuicios hacen que no anunciemos el Evangelio o que nuestro modo de actuar suponga un obstáculo para que otras personas puedan aceptar el mensaje de conversión, entonces tenemos el deber ineludible de cambiar: romper con todos esos prejuicios.
A San Pedro le llevó un tiempo entender que Dios no hace acepción de personas (Hech 10, 34). Jesús es un ejemplo de cómo es posible dejar a un lado todas esas ideas que suponen enemistad y confrontación: encontramos como Jesús trata con la sirofenicia, con la samaritana, con la mujer sorprendida en adulterio, con el centurión romano, incluso con una mujer que había ejercido la prostitución y que logró convertirse. Tal vez el mejor ejemplo, extremo diría yo, lo dio en la última cena, cuando se sentó a comer con uno que sabía que lo había vendido, con uno que sabía que lo iba a negar, y con nueve más que lo iban a abandonar.
Debemos anunciar a Cristo con nuestras palabras y nuestra conducta. No debemos hacer absolutamente nada que pueda hacer que un hermano se sienta rechazado en la Iglesia. No es eso lo que quiere el Señor. Hoy el ejemplo de Cristo es grandioso: mientras que la Samaritana se empeña en buscar la confrontación, Jesús sigue obviándolo y dándole la oportunidad de tener un encuentro que la transforme, incluso sabiendo que ella vivía en pecado.
No seamos un obstáculo para Cristo, seamos un puente por el que el Maestro pueda llegar a todos los corazones. Rompamos nuestros prejuicios.
Que las bendiciones del cielo nos acompañen siempre.
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