Quita la losa

 Hemos llegado al último domingo del tiempo de cuaresma. Hoy la Iglesia nos propone el pasaje del evangelio de la resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-45). Es el último milagro del Señor antes de su entrada triunfal en Jerusalén.

Este milagro resultó patente a los ojos de propios y extraños. Muchos de los que estaban allí presenciaron la sepultura de Lázaro. Y todos vieron su vuelta a la vida. Un primer detalle que causa asombro es que exactamente el mismo milagro hizo que muchos creyeran en Jesucristo y, al mismo tiempo, hizo que los del Sanedrín decidieran la muerte de Jesús. La diferencia de la actitud con que nos acercamos al Señor es lo que traerá un resultado distinto.

Hay un gesto que casi pasa desapercibido. El Maestro pide que quiten la losa de piedra que sellaba el sepulcro. Con toda seguridad, una losa no detendría el poder de Cristo Jesús, sin embargo, esa losa sí podría impedir que Lázaro oyese a Jesús y que, luego, pudiera salir. 

Nuestra vida como creyentes no es fácil. Tenemos que luchar contra las acciones del mundo, del demonio y de la carne; y también pelear contra el orgullo o la soberbia. Los primeros no quieren dejarnos que demos testimonio. Y los segundos hacen que nosotros no nos dejemos moldear según la nueva vida que Cristo nos ofrece.

El orgullo y la soberbia de la vida hacen que seamos nosotros los peores jueces de nosotros mismos. Minimizamos la importancia de nuestros pecados y defectos y maximizamos exageradamente nuestras virtudes y las cosas buenas que hacemos. En otras palabras, el orgullo y la soberbia son la losa que cubre el sepulcro de nuestra vida.

Si queremos tener una nueva vida como Lázaro, tenemos que escuchar y obedecer la voz del Maestro. Para eso tenemos que remover la losa de nuestro sepulcro: para acabar con la soberbia de la vida, hemos de ser humilde ante Cristo Jesús y saber reconocer cuáles son nuestros pecados, debilidades y miedos. Y dejar que llegue hasta ellos la voz de Jesús y así podremos tener nueva vida. Ya escuchamos a San Pablo: si Cristo vive en ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte a causa del pecado, su espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios (Rom 8, 10).

Si no dejamos que la palabra de Cristo llegue a nuestro corazón, no podremos tener la nueva vida que Cristo promete: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.

Que Dios nos bendiga hoy y siempre.


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