Contra el pecado, el amor de Dios

 Las lecturas de hoy nos hacen recordar algo que experimentamos con frecuencia a lo largo de nuestra vida: nuestra naturaleza humana puede hacer que apartemos nuestro corazón de Dios y obremos mal. La experiencia del pecado es algo frecuente en nuestra vida. 

En la primera lectura (Ex 32, 7-11. 13-14) escuchamos como Dios le hace saber a Moisés que el pueblo al que sacó con brazo poderoso lo cambió por una imagen a quien llamó "dios", un becerro de oro. Ya esto resulta una llamada de atención para nosotros: es muy fácil que podamos nosotros atribuir al poder de Dios a una serie de artefactos (a los que suelen llamar amuletos, ilde, protecciones, etc.). Y aunque parezca inofensivo (y es lo que el demonio quiere que nosotros creamos), eso hace que apartemos el corazón de Dios todopoderoso. Creer que un pedazo de plástico o de cualquier otro material tiene un poder superior al de Dios es cometer el mismo pecado que el pueblo de Israel con el becerro de oro.

En la segunda lectura (1Tm 1, 12-17), San Pablo deja un testimonio particular. Él era un sujeto malo: era perseguidor de los cristianos, y muchos de ellos que entregaron su vida a Dios en martirio porque él los capturó y los llevó ante las autoridades. Y a pesar de ser un sujeto al que hoy calificaríamos de asesino, la misericordia de Dios -el amor de Dios- fue mucho más grande que el mal que pudo haber hecho. San Pablo era consciente de que no podía cambiar el pasado, pero sí ser fiel a la gracia de Dios en el futuro. Y este es su testimonio: no importa lo malo que haya hecho en el pasado, el amor de Dios es tan grande que lo supera. 

A Timoteo (y con él, todos nosotros) le pide que acepte sin reservas esta verdad: "Puedes fiarte de lo que voy a decirte y aceptarlo sin reservas: que Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero Cristo Jesús me perdonó, para que fuera yo el primero en quien él manifestara toda su generosidad y sirviera yo de ejemplo a los que habrían de creer en él, para obtener la vida eterna". Por eso es el Salvador: te libera del peso de tus pecados si confías en su amor y su poder.

Nuestro Señor Jesucristo en el evangelio de hoy (Lc 15, 1 - 10) nos recuerda que en el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte que por muchos que no necesitan de conversión. Un alma que se aparta del mal es un alma que se salva. Por eso, los Ángeles en el cielo se alegran.

La psicología de los seres humanos es bastante compleja. En ese particular, muchas personas se abstienen de hacer lo que quieren porque se someten al "querer de los demás". Así que puede darse la situación de un hijo de Dios que se da cuenta que actúa mal pero no cambia de vida para no ser objeto de burla de los malos, o también para evitar ser criticado por algunas personas que conocen su mal proceder en el pasado. Todos nosotros debemos poner a un lado los reparos humanos: al fin y al cabo, todos tenemos la obligación de ser felices siguiendo a Cristo Jesús. Lo que otros puedan decir o hacer no dicen lo que somos nosotros, sino que dice más de lo que son ellos realmente.

Hoy tenemos que alcanzar la certeza absoluta en nuestra vida de que efectivamente nosotros podemos ofender a Dios, pero si no se arrepentimos, si queremos cambiar, el poder de Dios Misericordioso es mucho mayor que el pecado que hayamos hecho. Y porque Dios nos ama, nos perdona.

Al rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos.


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