¡Señor mío y Dios mío!
Este segundo domingo de Pascua es llamado también domingo de la Divina Misericordia. Las lecturas de la Santa Misa de hoy tienen una riqueza particular porque nos hablan de la primera comunidad cristiana (Hech 2, 42-47). En la segunda lectura, tomada de la primera carta de San Pedro (1, 3-9), el apóstol nos recuerda que la gran misericordia de Dios se manifiesta principalmente en habernos conseguido la salvación.
Del pasaje del Evangelio (Jn 20, 19-31) quiero destacar la actitud de Tomás. Tomás era uno de los apóstoles que había acompañado a Jesús al menos durante tres años. Vio de Él signos y prodigios. Sus compañeros de camino le anuncian que habían visto al Señor Resucitado. Tomás manifiesta su incredulidad.
Es una pregunta válida el querer saber la causa de esa actitud de Tomás. La vida de Tomás no es muy diferente a la nuestra. En nuestra manera de actuar, influyen en nuestro estado de ánimo, nuestro estado de salud y la percepción que tengamos de todas las cosas que nos ocurren. Probablemente, Tomás estaría triste por la muerte de Jesús; también podría haber interpretado las palabras de los demás apóstoles como una suerte de burla; o quizás haya reaccionado de esa manera porque él aún no había visto al Señor Resucitado y podría sentir que Jesús no lo apreciaba tanto como a los otros. Cualquiera de esas cosas explicaría la dureza de sus palabras.
En nuestro trato con Jesús y con nuestros hermanos, pueden influir (y, de hecho, influyen) las cosas que nos pasan y cómo las interpretamos. Y eso hace que nos expresemos ruda e injustamente con otros, o que tratemos mal al Señor o incluso que lo despreciemos.
Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro. Ciertamente, no será de una manera tan elocuente como a Tomás, pero sí de una manera diáfana. Y en esos momentos, la decisión es nuestra. Podemos seguir en nuestra actitud o acoger la misericordia de Dios que nos da la oportunidad de comenzar de nuevo con Jesús.
La misericordia de Dios no es que consienta a nuestros deseos o caprichos. La misericordia de Dios se manifiesta, en primer lugar, en la salvación que nos ofrece; se manifiesta en el perdón de nuestros pecados; se manifiesta en la oportunidad de recomenzar cuantas veces sea necesario; se manifiesta en esa fortaleza interior que Jesús nos da para que podamos enfrentar la adversidad. Jesús nos muestra su amor cuando más lo necesitamos, y eso se llama misericordia.
Que hoy podamos reconocer a Jesús, el Señor de Misericordia, y podamos reconocerle, hoy y siempre, como Tomás: como el Señor, a quien he hecho el obsequio de mi vida y a quien procuro obedecer para alcanzar la vida eterna; y como Dios, mi creador, mi redentor, mi santificador, Aquel que está sobre todo y sobre todos. Que podamos decir con sinceridad: Señor mío y Dios mío.
A Cristo Jesús, vencedor del pecado y de la muerte con su resurrección, la gloria, el honor y el poder, por los siglos de los siglos.
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