EL ÁNIMO DE HACER LO QUE DIOS QUIERE
Las lecturas de Nuestra Santa Misa nos invitan a considerar, entre otras cosas, lo importante que es el que nuestro ánimo de seguir a Jesucristo esté presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Eso que llama la Sagrada Escritura: justicia, que no es otra cosa que lo que hoy llamamos santidad.
Lo primero que debemos considerar es que cumplir la voluntad de Dios es un acto íntimo y único: nadie puede hacerlo por nosotros ni quererlo por nosotros. Ya lo escuchamos en la primera lectura: “Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya” (Sir 15, 16). Ante el Señor solo podremos exponer lo que hicimos o dejamos de hacer, sin culpar a alguien o a algo.
En el Evangelio (Mt 5, 17-37) escuchamos el discurso del Maestro en el que nos invita a rectificar la intensión de lo que hacemos. No es suficiente con solo hacer. Nosotros estamos llamados a ser mucho mejor que eso.
En la época en que peregrinó el Señor en este mundo, la práctica de la fe en Israel estaba recorriendo un camino que le conducía a la vaciedad. Se trataba de cumplir lo que mandaba la ley, pero habían retirado del corazón el sentido del porqué lo hacían. Las leyes que dejó Moisés tenían una razón y fueron dadas en un momento de la historia de Israel. Los fariseos y escribas se habían quedado en la literalidad de la norma, pero habían olvidado, deliberadamente, el fin que perseguían.
Jesús nos llama a ser mejor que eso: “Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos”. Si no somos capaces de ver a Dios en lo que hacemos, nuestras obras, aunque buenas, no tienen tanto valor a los ojos de Dios. Materialmente podemos hacer un gesto bueno, pero cambia el valor si lo hacemos con ánimo diferente. Podemos dar de comer a una persona necesitada porque veo en él el rostro de Cristo, o porque estoy en campaña política o porque soy un “influencer” y quiero ganar muchos “likes” en mis redes sociales. Las dos últimas, no valen para nada. Sin embargo, en los tres casos, estoy haciendo materialmente lo mismo.
Y todavía más: mi corazón debe seguir en sintonía con el mensaje de salvación. El centro de nuestras emociones debe estar libre de todo sentimiento malo. De esta manera, no solo estaremos liberándonos de cualquier resentimiento que suponga una tentación en el futuro, sino que nos regalará mayor disponibilidad para seguir a Cristo. Por eso el Señor nos enseña hoy: “Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal… Si tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda… Quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón… No juren de ninguna manera… Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.
No solo debe parecer que hacemos algo bueno, sino que debemos hacerlo con el ánimo de hacer lo que Jesús quiere. Que Dios te bendiga.
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