Luz para todos

 Las lecturas de este domingo son la expresión perfecta de la misión de la Iglesia. Dios envía a todos a anunciar el Evangelio. Y para ello se sirve de la imagen de la luz.

En el lenguaje castellano, así como en otras lenguas, se destinó el sustantivo ‘oscuridad’ para referirse a la situación personal en la que una persona no podía o se negaba a formarse, es decir, a recibir noticias que le permitieran mejorar su situación. Y así se dice una persona que no puede o renuncia a obtener mayor información, se dice que esa persona vive en la oscura ignorancia.

La Sagrada Escritura se sirve de la imagen de la luz para referirse a la Palabra de salvación: a aquella que hace alejarse del mal, que da orientaciones seguras para la vida, que da un significado a la propia vida y que nos hace ser felices ya en esta tierra: “Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría. Se gozan en tu presencia como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín. Porque tú quebrantaste su pesado yugo, la barra que oprimía sus hombros y el cetro de su tirano” (Is 9, 1 – 3). Y así lo escuchamos también en el Evangelio (Mt 4, 12 – 23).

Ese nuevo significado que aceptar a Jesucristo y su mensaje lleva a tener una actitud diferente ante los eventos de la vida. Ya el salmista lo anuncia: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?” (Sal 26, 1).

Porque el Maestro nos llama a la salvación, a vernos libres del mal, el primer mensaje del Señor es la conversión: aléjate del mal, que Cristo viene a tu encuentro. Y ese mensaje es válido hoy y lo será siempre. Si no te alejas del mal, no te das la oportunidad de verte libre de eso. Si no te alejas del mal, no te das la oportunidad de encontrarte con Jesús. Si no te alejas del mal, vivirás siempre en la oscuridad.

Eso vale también para los que en algún momento de su vida se acercaron al Señor, pero después fueron inconstantes y volvieron a separarse de Jesús. No sirve hacer divisiones porque a ellos, al igual que a nosotros, está dirigido el llamado de conversión. De ahí el llamado de San Pablo a no crear facciones dentro de la Iglesia (1Co 1, 10-13. 17).

Alejémonos del mal y acerquémonos a la luz que es Cristo. A él la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos.


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