sábado, 22 de abril de 2017

Domingo de la Divina Misericordia

Porque ustedes tienen fe en Dios, él los protege con su poder, para que alcancen la salvación que les tiene preparada y que él revelará al final de los tiempos. Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola por el fuego. (1Pe 1, 5-7)
La salvación consiste en vernos libres de todo mal. Sin duda alguna, el mal más grande es el pecado que rompe la amistad con el Señor. Vernos libres del pecado es la obra de amor más grande que el Señor ha hecho con nosotros. Cristo nos libera del pecado con el perdón: la fuerza redentora de su muerte y resurrección alcanzó la satisfacción. Es por ello que, una vez resucitado, Jesús concede a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados en su nombre: Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
La salvación que Jesús nos ofrece no nos hace exentos de todo mal. La adversidad y el sufrimiento forman y formarán parte de nuestra vida. Con la gracia de Cristo podemos vencer la adversidad y dar un sentido nuevo a los momentos de dolor. Es un momento de prueba en la que podemos y debemos aprovechar para redimir nuestras faltas, para purificar nuestras intenciones y para salir fortalecidos en nuestra voluntad de seguir y servir al Señor.
San Pedro utiliza la imagen –conocida en su época– de la purificación del oro. El oro, a veces, viene con escoria. El orfebre o el metalúrgico sometían al trozo de oro al fuego para que el calor eliminara la escoria y quedase el oro puro. El objeto es claro: su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo.
Jesús nos ama y porque nos ama, nos perdona. Ésa es la manifestación más grande de su misericordia. Por eso, confiamos en Él siempre y en el momento de la adversidad.

Señor Jesús, Señor de la Misericordia, en ti confiamos.

sábado, 8 de abril de 2017

No siempre la voz del pueblo es la voz de Dios

Este es el único día del año en que se pueden leer dos lecturas del Evangelio. El primero, nos relata la entrada de Jesús a Jerusalén. El segundo, las últimas horas de Jesús sobre la tierra: desde la última Cena con sus apóstoles hasta su crucifixión y muerte en cruz.

Los dos pasajes del Evangelio que escuchamos hoy en nuestra Santa Misa nos muestran cuán volubles pueden ser nuestras emociones. En el primer Evangelio escuchamos cómo el pueblo de Israel que se encontraba en Jerusalén para las fiestas de Pascua, alabó la entrada de Jesús en la ciudad Santa: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”. Ese mismo pueblo, unos días después, reunidos en el Enlosado, con Pilatos al frente, pidió la libertad de Barrabás. «Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?” Respondieron todos: “Crucifícalo”. Pilato preguntó: “Pero, ¿qué mal ha hecho?” Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “¡Crucifícalo!”»

Porque muchos hagan algo malo eso no lo convierte en bueno, y porque muchos dejen de hacer algo bueno, hacerlo no es malo. Nosotros poseemos un modo de conocer muy limitado: solo podemos conocer parcialmente, pero además lo poco que conocemos puede verse viciado por nuestros sentimientos. Una persona con una vida ejemplar puede ver destrozada su vida por personas con el corazón envenenado. Eso pasa mucho en la política.

Si muchos hacen algo malo, seguirá siendo malo. No podemos escondernos en el hecho de que “los demás lo hacen”. Igual, si muchos no hacen algo bueno, no hacerlo nunca será bueno: siempre será malo. La bondad o maldad no radica en que lo haga la mayoría, sino si es adecuado la Voluntad de Dios o no.

Por eso, hemos de procurar conocer la Voluntad de Dios para saber cuándo hacemos algo bueno o algo malo. No debemos dejarnos llevar por lo que dicen los demás ni por lo que hagan los demás. Ciertamente, resulta muy duro para algunos resistir a la moda, o a lo que hacen o dejan de hacer la mayoría de las personas. Esas personas, lamentablemente, han hecho de su ideal no ser felices: no deciden por sí mismos, deciden por la presión social. El resultado es ineludible: no serán jamás felices porque se desgastarán agradando a los demás.

Si no tenemos este criterio claro, podemos reeditar la actitud de los que se encontraban reunidos en Jerusalén y hacer tal vez lo peor que ha ocurrido en la historia: pedir la muerte del Hijo de Dios.

Disponte a celebrar una buena Semana Santa y vive con Jesús los últimos momentos de su vida. Que Dios te bendiga.

sábado, 1 de abril de 2017

¿Qué nos enseña el pasaje de la resurrección de Lázaro?


1) Lo que esperamos obtener de Dios no siempre es lo mejor para nuestra vida.

Más de una vez nos habremos dirigido al Señor pidiéndole algo seguramente importante. Y más de una vez el Señor no nos concedió lo que le pedimos. Sin embargo, no nos debe quedar la menor duda de que lo que ocurrió redundará siempre en nuestro bien, aunque en el momento no lo entendamos o no lo veamos con claridad. Marta y María le mandan a avisar a Jesús que Lázaro está muy mal. Jesús no responde inmediatamente. Finalmente, Lázaro fallece. Cuando Jesús se hace presente, Marta le dice: “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Marta esperaba que el Señor sanase a su hermano, pero no imaginó nunca que fue lo mejor que pudo pasar, porque con ello dio una muestra fuerte de su poder y su hermano volvió a la vida.



2) La verdadera vida está en Jesucristo.

Hoy el término “vida” está relacionado más con el desorden y el placer. Y eso no es vida. La verdadera vida es la comunión de vida y amor con Jesús ahora y después de la muerte. En Jesús obtenemos la plenitud de los anhelos, la fortaleza en la debilidad, el consuelo en la tristeza, la paz en la turbación, la alegría en la adversidad. ¡Con Jesús y en Jesús lo podemos todo! Por eso, no nos quede duda: Jesús es la resurrección… ¡y la vida!



3) Los “peros” lo ponemos nosotros, Jesús los derriba.

El pasaje está plagado de “peros”: Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermanoSé que resucitará en la resurrección del último díaSeñor, ya han pasado cuatro días y huele mal… Jesús no se detiene en todas las razones por las que no creen que pueda actuar: las derriba. Somos nosotros lo que ponemos todas las razones en contra, a Jesús no le importa.



4) Ante el poder de Jesucristo, muchos creyeron.

Los del Sanedrín decidieron quitarle la vida. Así se lee al final del capítulo 11 del Evangelio de San Juan. El que no quiere creer así vea un milagro en sus narices, no creerá. Ni aunque resucite un muerto (Lc 16, 31). Los Sumos Sacerdotes y los fariseos decidieron la muerte de Jesús porque hacía muchos milagros y todos creerán en Él (Jn 11, 47-48). Aceptar a Jesús como tu Rey y Señor dependerá exclusivamente de ti. Jesús obra maravillas en ti todos los días, solo tú puedes descubrirlo y aceptarlo.

sábado, 18 de marzo de 2017

La plenitud de todos los ahnelos


Para que podamos entender la riqueza de este pasaje, tomemos en consideración dos detalles:

a) el primero, había una rivalidad histórica entre los Samaritanos y los judíos. Cuando se separaron los reinos después de la muerte del rey Salomón, el rey de las tribus del norte estableció el Monte Garizim como lugar de culto para evitar que los súbditos fueran al Templo de Jerusalén.

b) El Señor Jesús tenía trato con las mujeres, puesto que muchas de ellas le acompañaban. La extrañeza de los apóstoles era que hablara con ella sin la compañía de otras personas. Se refiere a las costumbres de la época, fruto de las enseñanzas de los rabinos, que tenían un trato “diferenciado” con las mujeres. En otras palabras, al Señor no le importan los convencionalismos sociales, lo que piensen los demás.

Este pasaje que narra el  encuentro de Jesús con una mujer de Samaría, es uno de los más profundos desde el punto de vista humano y espiritual. La Samaritana es una mujer con buenos sentimientos pero por diversos motivos ha llevado una vida algo dispersa, tanto que llevaba una vida en concubinato y tenía el corazón lleno de una rivalidad histórica: guardaban un rencor a los judíos.

El hecho de que esta mujer viviera esta vida tan difícil no fue un obstáculo para un encuentro con Jesús que cambia la vida. Notemos que el diálogo no comienza hablando directamente de la conversión y el cambio de vida sino con un hecho perfectamente humano: “Dame agua”. De esa situación, el Señor pasa a lo más noble y sublime: “el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”. De ahí en adelante fue una experiencia de Dios que fue compartida con los otros vecinos. Tal era el encanto que le rogaron que se quedara con ellos.

Hay que reconocer algo en la Samaritana: tiene el corazón abierto para nuestro Señor: si Él toca, ella le deja entrar, si Él llama, ella atiende. Presta atención a las palabras de Jesús. El Señor pasa de la sed de agua, a la satisfacción de todos los anhelos: “el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

Ya después no se habla del agua, de la sed que se padece, ni de otra cosa. Se convierte en un escuchar y meditar las palabras del Señor. Todos están convencidos: “sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo”.

En este Evangelio hallamos también nosotros el estímulo para «dejar nuestro cántaro», símbolo de todo lo que aparentemente es importante, pero que pierde valor ante el «amor de Dios». ¡Todos tenemos uno o más de uno! Yo os pregunto a vosotros, también a mí: ¿cuál es tu cántaro interior, ese que te pesa, el que te aleja de Dios? Dejémoslo un poco aparte y con el corazón escuchemos la voz de Jesús, que nos ofrece otra agua, otra agua que nos acerca al Señor. Estamos llamados a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, iniciada en el bautismo y, como la samaritana, a dar testimonio a nuestros hermanos. ¿De qué? De la alegría. Testimoniar la alegría del encuentro con Jesús, porque he dicho que todo encuentro con Jesús nos cambia la vida, y también todo encuentro con Jesús nos llena de alegría, esa alegría que viene de dentro. Así es el Señor. Y contar cuántas cosas maravillosas sabe hacer el Señor en nuestro corazón, cuando tenemos el valor de dejar aparte nuestro cántaro.

Solo en Jesús se obtiene la plenitud de todos los anhelos. Cuando se pone la fe y la confianza en Él se obtiene la respuesta a todas las situaciones, aunque no siempre de manera inmediata. Sólo hemos de prestar atención a Jesús y a su mensaje, y encaminar los pasos de nuestra vida según su voluntad. No debemos rehuir a Jesús, sino prestar atención como lo hicieron la Samaritana y sus vecinos, dejando de lado todas los prejuicios.

Al inicio de la cuaresma hablábamos que este tiempo debe estar enriquecido con la oración, la penitencia y la limosna. Una forma de orar es meditar, es decir, prestar atención a los hechos de nuestra vida e iluminarlos desde el mensaje de Jesús, o también desde la Palabra del Señor reflexionar sobre las consecuencias para nuestra vida.

Para esto hace falta tiempo. Revisa tu día y dedica un tiempo todos los días para hablar con Dios y para meditar. Y mantente firme.

sábado, 18 de febrero de 2017

Enseña el Maestro


Continúa este domingo la cátedra del Maestro y hemos de prestarle atención. En el pasaje del Evangelio de hoy la enseñanza del Maestro es específica y profunda.

Parte de la intención de la enseñanza de Jesús es la de purificar el mandato divino de añadiduras humanas. En múltiples ocasiones, el Maestro recrimina a los fariseos y a los escribas el que ellos dan más importancia a sus tradiciones que al mandato divino. Y efectivamente ese riesgo lo tenemos nosotros hoy: un buen número de cristianos cometen el error malvado de creer más “a lo que dice la gente” que al  mensaje de salvación que nos ha dejado el Maestro.

De hecho, el Maestro da la correcta interpretación al pasaje llamado “ley del talión”. El “ojo por ojo, diente por diente” era una norma por la que las autoridades del pueblo impartían la justicia para evitar la anarquía en Israel. Los israelitas la habían convertido en una excusa para la venganza. En ese particular el Maestro invita a superar cualquier rencor o resentimiento que pueda envenenar el alma y para ello se sirve de una imagen exagerada: “Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarle la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil”.

De igual manera, el Maestro purifica el mandato divino de las enseñanzas humanas. De hecho, el Maestro cita el “así dicen por ahí”: “Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. La última parte es un añadido humano, porque, como escuchamos en la primera lectura, el Señor pedía santidad a su pueblo y para ello debían apartarse del mal: “Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo. No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón. Trata de corregirlo, para que no cargues tú con su pecado. No te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo. Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

No cabe duda que la intensión del Señor es enseñarnos a mantener nuestra alma libre de cualquier veneno de rencor, venganza, odio, ira y resentimiento. Esos resentimientos son una carga muy pesada para cada uno. Suelo decir que guardar esos resentimientos es como cargar un morral de piedras en la espalda: no nos sirve para nada, nos cansa y nos enferma, y, de ñapa, no nos sirve para nada.

Todo creyente en Cristo Jesús debe hacer el esfuerzo por liberarse de esas ataduras, al mismo tiempo que pedir la sanación de las heridas que hayan podido dejar. Lo más sano es aprender “a pasar la página” para tener un corazón libre para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

El norte de nuestra vida es ser santos porque el Señor Jesús, nuestro Dios, es Santo.

Dios te bendiga.

sábado, 11 de febrero de 2017

Habla el Maestro


Las lecturas de la Misa de este domingo son de una belleza única. Podríamos hacer múltiples reflexiones, pero esa es una tarea personal. Sin embargo te dejo una para tu provecho.

La primera lectura nos deja muy en claro que la fidelidad a Jesús es una decisión personal insustituible: Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. Y, como respondimos en el Salmo, será Dichoso el que cumple la voluntad del Señor. Debe ser una súplica constante la oración que escuchamos en el Salmo: Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad y guardarla de todo corazón.

En el Evangelio, el Maestro nos enseña cómo cumplir a cabalidad la Voluntad del Señor. En primer término no se trata de un simple cumplimiento externo sino que se ha de alejar de la mente y del corazón cualquier pensamiento o deseo que pueda conducirnos al pecado. Esa es la razón por la cual el Maestro nos enseña que enojarse, insultar o despreciar a alguien es una forma de desobedecer el mandamiento “no matarás”. De igual manera alimentar la mente y el corazón con pensamientos y deseos impuros, es decir, relativos al ejercicio de la sexualidad, es una forma de cometer actos impuros.

En segundo término el Maestro nos enseña que nosotros, sus discípulos, debemos tener una enemistad radical con el pecado. Para que entendamos esa enemistad, el Maestro recurre a una imagen exagerada: Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Hay que tener claro, sobre todo por aquellos que quieren interpretar estrictamente la Palabra o quienes quieren denigrarla por absurda: no se trata de una acción literal, sino de una imagen de la que se sirve el Señor para indicarnos que no debemos coquetear con el pecado, sino que hemos de alejarnos de eso.

Finalmente el Maestro nos enseña lo importante que es ser sincero, auténtico y honesto. Estas cualidades, más que un adorno, deben ser la credencial de todo cristiano. Si alguno de nosotros necesita ofrecer garantías (promesas, juramentos, recurrir a testimonios de otras personas) es una señal inequívoca de que nuestra conducta no ha sido sincera, autentica y honesta: Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno.

El Maestro ha hablado: Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. Contamos con Jesús. Con Él, ¡sí podemos!

¡Jesús nos bendiga!

sábado, 4 de febrero de 2017

Luz y no oscuridad


Las lecturas de este domingo destacan las imágenes de la luz y de la sal. Ambas tomadas de la experiencia común. Basta pensar en una comida sin sal o en una casa a oscuras. O por el contrario, pensemos en una comida con el punto justo de sal o en una casa bien iluminada. La misma función de la luz y de la sal en la vida ordinaria es la misión de los cristianos en la sociedad.



El testimonio de nuestra condición de creyentes es llevar una vida de acuerdo a los mandamientos y a las enseñanzas de Jesús transmitida por la Iglesia. Ese testimonio hemos de darlo públicamente, con nuestros pensamientos, palabras y acciones, acompañados también con una actitud de escucha para corregir cuando nos hayamos equivocado. No debemos sentir miedo o vergüenza de decir que hemos puesto nuestra fe en Jesús: “Que de igual  manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 16).



Nuestro mundo de hoy está viviendo una época difícil. Se admira más la mala conducta que las buenas costumbres. La gente se acostumbra a vivir mal y alejados de Dios: piensan que Dios es un obstáculo para la felicidad. Cuando las malas acciones de otros los tocan o los dañan a ellos o a sus familiares entonces se lamentan de que Dios los tiene olvidados. La verdad no es difícil de descubrir: en realidad son ellos los que se han olvidado de Dios y sufren las consecuencias de vivir en la oscuridad. De hecho, en la primera lectura de la Misa (Is 58, 7-10) el profeta anuncia al pueblo que si hacen los que les manda, Yahveh les responderá cuando lo invoquen. Si no estamos cerca del Señor y cumpliendo sus mandatos, entonces, no debemos confiar en que el Señor escuchará nuestras súplicas.



Nuestro mundo necesita cristianos creyentes y valientes, que no teman mostrar su fe con su buena conducta, que no tengan miedo de hablar de Jesús. Nuestro mundo necesita buenos ejemplos. Hay un mal que ataca a los buenos y es el temor de dar testimonio de nuestra fe. Tienen miedo a “desentonar” con respecto al mundo y entonces no actúan. No hablan con el que está equivocado, critican y no corrigen, consienten la avaricia y no ayudan al necesitado. Ese tipo de cristianos están llevando a la autodestrucción a la Iglesia de Cristo.



No olvidemos nunca este deseo de Jesús: “Que de igual  manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”. Hay que dejar fuera los miedos y las excusas baratas: por encima de todo y todos: Cristo Jesús.