sábado, 3 de diciembre de 2016

La sobriedad de Juan Bautista

Leemos en el Evangelio que Juan Bautista “usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre”. Ciertamente, este modo de vivir es algo extremo, pero sirve para llamarnos la atención.
Juan Bautista es un personaje respetado en la historia de Israel, inclusive por los mismos historiadores judíos. Su importancia no era mediática, sino basada en su testimonio de vida. La sobriedad con que vivía llamaba la atención y confirmaba sus palabras con testimonio de vida. Hasta Herodes, quien le hizo encarcelar, le tenía respeto y le escuchaba.
En la vida ordinaria de cada quien, podemos estar sujetos a cientos de necesidades, unas reales, otras imaginarias. Así, una persona puede estar preocupada por conseguir algo para comer esa semana, otra puede estar preocupada porque no consigue el teléfono celular de último modelo. Una mujer puede estar angustiada porque su hijo está enfermo, mientras que otra lo está porque no ha conseguido operarse los senos. Un hombre que sale de su trabajo puede estar angustiado porque quiere llegar a su casa a estar con su familia, mientras que otro lo está porque quiere llegar antes que cierren la licorería.
Estamos casi a las puertas de la Navidad. Navidad que es el nacimiento de Jesucristo, que ha querido formar parte de nuestra historia. Ése es el centro y la razón de ser de la Navidad. Hoy se ha caído en la tentación de convertirla en una fiesta “pagana” donde el nacimiento del Niño Dios pasa a un segundo plano.
El materialismo, el exhibicionismo, la envidia, la codicia… todas esas cosas son un obstáculo para el encuentro con Cristo. Son un obstáculo para el encuentro con los demás. Las relaciones interpersonales se vuelven vacías y pueden llegar a desaparecer porque no interesan las personas, interesan la apariencia y lo material. Todo eso distrae también en el trato con el Señor.
Hoy Jesús, con este pasaje del Evangelio, nos da un “toque”: Juan Bautista vivía sobriamente y eso confirmaba su testimonio. Hoy, en este tiempo de adviento, el Señor nos llama a vivir sobriamente y a poner nuestra atención en las cosas verdaderamente importantes: en el Señor Jesús, en el hermano. Dejemos la apariencia y el materialismo de lado. Eso nos distrae.

¡Que Jesús te bendiga!

sábado, 29 de octubre de 2016

A buscar lo que estaba perdido


Las lecturas de la Santa Misa de hoy nos ofrecen una riqueza particular. Quisiera compartir con todos cuatro reflexiones que me llaman la atención particularmente:
El amor del Señor, en especial, hacia los más necesitados corporal o espiritualmente.
Que el Señor nos ama es una vedad incontrovertible y así nos lo recuerda la primera lectura de la Misa: “Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho”. Es una verdad que olvidamos con mucha frecuencia, y que debemos meditarla, asimilarla y sentirla todos los días de nuestra vida.
Ese amor, El Señor Jesús lo demuestra con mayor fuerza en los que están necesitados. La necesidad no es solo material, aunque es la más llamativa y la que más salta a nuestros ojos. Y es imperioso para el cristiano aliviar el mal de los hermanos. Pero hay un mal mayor y más pernicioso: el pecado.
Todo creyente sabe que el Señor Jesús murió por nuestros pecados y que el Señor no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (Ez 18, 23). En la primera lectura resulta evidente esta intensión del Señor: Te compadeces de todos, y aunque puedes destruirlo todo, aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. Más adelante se describe en detalle el modo de proceder del Señor: Por eso a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor.
No es de extrañar que el Señor vaya en búsqueda del pecador. Así, al ver a Zaqueo en un árbol, le llama porque quiere tener un encuentro con él. La razón por la que lo hace es la siguiente: “el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”
Vamos a ser objeto de crítica siempre. Los falsos siempre abundan.
El Señor siempre fue criticado por su manera de actuar y por la manera como se acercaba a los pecadores para que pudieran tener un encuentro que les transforme. Inclusive fue objeto de crítica por parte de uno de sus apóstoles (en el episodio aquel cuando una mujer de la mala vida rompe un frasco de perfume para ungir los pies del Señor. Quien le criticó fue Judas Iscariote)
Esa actitud va a ser una constante en nuestra vida. El Señor al quedarse en la casa de Zaqueo, busca la salvación. Esa misma acción es objeto de crítica por parte de los israelitas de la época: Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.
Igual pasó en otras ocasiones. Eso no detuvo al Señor. Tampoco ha de detenernos cuando nosotros actuemos cumpliendo la Voluntad de Dios.
El Señor da tiempo y oportunidades al pecador.
Con Zaqueo se tomó el tiempo para quedarse en su casa, con los apóstoles estuvo cerca de tres años. Con nosotros, más tiempo aún. La inmediatez no es siempre un indicativo de logro. Para el Señor no hay tiempo. Él nos brinda todas las oportunidades que sean necesarias. Lo importante es que el pecador reconozca su mal, se arrepienta y cambie de vida. Así lo escuchamos en la primera lectura de la Misa: Por eso a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor.
4° La conversión tiene que reflejarse en la vida, en un cambio en las acciones.
Un vicio muy común hoy es que las personas cuando son corregidas o sorprendidas haciendo algo malo, acuden con frecuencia al argumento: yo sé que estoy haciendo mal… Tal vez eso les funciona para calmar a la conciencia, pero en realidad no es suficiente.
Quien tiene el encuentro con el Señor y es invitado a cambiar de vida, debe realizar precisamente eso: cambiar de vida, dejar las acciones malas en el pasado y reorientar su vida por el camino del bien. Después que Zaqueo se encuentra con el Señor Jesús, ocurre la conversión: Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Conversión sin cambio de vida no es posible.

Reconozcamos el amor de Dios hacia nosotros, en las pequeñas y grandes cosas. Sintamos el amor de Dios que viene a nuestro encuentro y que nos ofrece la oportunidad de reconciliarnos con Él.

sábado, 8 de octubre de 2016

¡Gracias!

De ordinario, cuando nos piden un favor y lo hacemos, esperamos escuchar un “gracias”. De no ocurrir, nuestro ánimo se exalta, en otras palabras, nos da rabia el que no nos hayan dado las “gracias”. De hecho, hay un refrán que dice: “es de hijos bien nacidos ser agradecidos”.
En la primera lectura se alaba la actitud de Naamán que, aún no perteneciendo al Pueblo de Israel, se muestra agradecido ante el favor que recibió de Yahveh. En el Evangelio, en cambio, el Señor repudia el que, de diez que recibieron un favor de Él, sólo uno (que pertenecía a un pueblo que se había separado de Israel) se acercó para agradecerle la curación de la lepra.
Una de las razones podría ser el que estaban “acostumbrados”: veían al Señor caminando, predicando y haciendo milagros. Esperaban que hicieran lo mismo con ellos. Una vez recibido el favor, se consideraron satisfechos. No estimaron necesario el agradecer a Jesús el que les haya curado la lepra.
Este defecto ocurre con frecuencia con nosotros. De hecho, hasta en familia ocurre con frecuencia que pedir las cosas “por favor” y dar las “gracias” ha ido desapareciendo paulatinamente. Es algo que hay que corregir.
Con Dios suele suceder con más frecuencia: no le agradecemos todos los pequeños y grandes beneficios que nos concede cada día, desde darnos el don de la vida hasta los grandes favores.
Prácticamente, desde el inicio de la Iglesia, los cristianos hemos tenido una serie de prácticas que enriquecen la vida diaria de los fieles: dar gracias a Dios al inicio del día por concedernos el don de la vida, agradecer en la noche por los beneficios que nos ha concedido, y tal vez el más llamativo: dar gracias a Dios por los alimentos que recibimos cada día. Desafortunadamente, por miedo, por “vergüenza” o por “el que dirán” todas estas prácticas de la vida cristiana se han ido perdiendo y no está bien. Esto es ir perdiendo nuestra identidad de cristianos.
Pregúntate si has agradecido a Dios todos los beneficios que has recibido de Él, desde el don de la vida hasta los grandes favores, pasando por los pequeños detalles como los alimentos y las cosas buenas que nos pasan en la vida. Basta una pequeña oración: “Te doy gracias, Padre, por todos los beneficios que hoy me has concedido. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

Recuerda: es de hijos bien nacidos el ser agradecidos. Y nosotros somos hijos de Dios: debemos agradecerle siempre y en todas las circunstancias de nuestra vida.

sábado, 1 de octubre de 2016

Auméntanos la fe (Lc 17, 5)



La primera lectura del libro de Habacuc (1,2-3; 2,2-4) que escuchamos en nuestra Santa Misa de hoy, tiene lugar en un momento muy particular de la historia de Judá: Había una gran confrontación entre los Imperios de entonces (Caldeo y Babilonio) y había una seria amenaza contra el Reino de Israel (el Reino del Norte). Judá veía amenazada su propia integridad. Los judíos habían perdido la confianza y veían como triunfaba el mal, pero al mismo tiempo, no reconocían que ellos habían sido los autores puesto que habían apartado su corazón, su mente y su vida de la Voluntad de Dios. Los judíos claman al Señor por el mal que ven a su alrededor. La respuesta del Señor es elocuente: “Escribe la visión que te he manifestado, ponla clara en tablillas para que se pueda leer de corrido. Es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará; si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta. El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.
Será muy bueno recordar ahora que “justo” en la Sagrada Escritura no es el que practica la virtud de la justicia tal como la conocemos hoy, sino que “justo” es aquel que acepta al Señor en su vida y conduce sus pensamientos, palabras y acciones según la Voluntad del Señor. Ser justo –ser santo, diríamos hoy– es una consecuencia de la fe.
La fe no es la simple aceptación de la existencia de la Voluntad de Dios. Es mucho más que eso. Fe es aceptar como cierto y verdadero lo que Jesús me ha enseñado, y vivirlo. Fe no es solo una proclamación de palabras (el archiconocido argumento de los impíos: yo creo en Dios) sino sobre todo una puesta en práctica. Fe no es una cuestión intelectual, es una cuestión de vivir. Así nos lo enseña el Señor en el Evangelio de nuestra Misa (Lc 17,5-10)
¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación? Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan; ‘No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’”
Y esa fe debe mostrarse siempre, pero de manera más excelsa en la adversidad. Es fácil hoy que los que se dicen creyentes sucumban en las primeras de cambio. Eso indican que o no tienen fe, o es tan pequeña que resulta infructífera. San Pablo exhorta a Timoteo, un discípulo suyo, a no avergonzarse de Cristo Jesús: “No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mí, que estoy preso por su causa. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios” (2Tim 1, 8)
Santiago nos enseña que si la fe no se traduce en obras es esteril y se muere:
Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «vete en paz, caliéntate y come», pero no les dan lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril? (Sant 2, 15–20)
A la súplica: Auméntanos la fe, sepamos que pedimos una mayor fortaleza para vivir la fe en la práctica, en la vida. Que el Señor nos conceda ser fuertes en la fe, fuertes en la adversidad.

sábado, 6 de agosto de 2016

La fe es...



Domingo 19 del tiempo ordinario

Hoy, la segunda lectura de la Misa de hoy, es un canto en prosa de lo que es la fe: La fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera y de conocer las realidades que no se ven.
En el modo de hablar ordinario de las personas, “fe” es como una especie de confianza ciega en algo. De hecho, a una persona que le recomiendan un bebedizo o un “guarapo”, normalmente acompaña la frase: “bébetelo con fe”. Pero eso, no es fe en el sentido bíblico.
La fe es poseer ya lo que se añora. Y no nos referimos a los bienes materiales. No. De hecho, en el evangelio de hoy, el Señor hace esa seria advertencia: Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Porque donde está su tesoro, ahí estará su corazón. El creyente no pone su esperanza en las cosas materiales, porque son pasajeras, son contingentes, porque ellas no nos dan la salvación. Citando al Papa Francisco: Nunca he visto un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre. Lo material es necesario, sí, pero nuestra vida no ha de ser guiada por lo material y pasajero, sino por la fe en Cristo Jesús.
Esa fe en Cristo transforma nuestra vida dándole un significado nuevo. Una vez que se da el corazón a Jesús, y nos dejamos guiar por Él, las cosas adquieren un significado nuevo: ya el dolor no es maldición sino purificación y poderosa arma de intercesión. El pecado, aunque malo, es la ocasión perfecta para sentir en el corazón el amor del Señor que me perdona, y así sucesivamente. Todo ayuda y sirve para quien ha puesto su fe, su confianza y su amor en Jesucristo.
Escuchamos en la segunda lectura: Todos ellos murieron firmes en la fe. No alcanzaron los bienes prometidos, pero los vieron y los saludaron con gozo desde lejos. Ellos reconocieron que eran extraños y peregrinos en la tierra. Quienes hablan así, dan a entender claramente que van en busca de una patria; pues si hubieran añorado la patria de donde habían salido, habrían estado a tiempo de volver a ella todavía. Pero ellos ansiaban una patria mejor: la del cielo.
La fe transforma la vida del creyente: sabe que vivir en el hedonismo, en la búsqueda del placer que solo deja vaciedad. Prefiere vivir con el corazón puesto en la alegría verdadera, en Jesús, sabiendo que Él, que es fiel, nos dará lo que esperamos. Por eso, estamos alertas como el siervo que espera a su amo, y no vivimos como aquel que siervo malo que vive como si Dios no existiera.
Pongamos nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. Sintamos en el corazón la salvación que nos ofrece y encontraremos un significado nuevo a nuestra vida.
Dios nos guarde y nos guíe siempre. Amén.

viernes, 3 de junio de 2016

El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 23, 1)



Esta frase es el inicio de uno de los salmos más conocidos en el cristianismo; y también lo hemos escuchado en el salmo responsorial de nuestra Santa Misa de hoy.
Hoy es la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, quien es el titular de nuestra parroquia. Y hoy nos hemos reunido para cantar y bendecir el nombre del Señor Jesucristo.
Las lecturas de la Santa Misa de hoy nos presentan la figura del pastor, imagen muy familiar en la sociedad agrícola y pecuaria que era el Pueblo de Israel entonces. Junto con la figura del pastor, se presenta igualmente la figura de las ovejas. Nos vamos a detener en una reflexión para comprender mejor estas lecturas.
Como hijos de un pueblo nómada, la mayor riqueza que podría tener una familia era el ganado. El que mayor provecho le generaba era el de las ovejas, porque no solo le proporcionaba leche y queso, sino también lana y carne. Aún cuando dejaron de ser un pueblo nómada cuando se establecieron en el territorio de Israel, el tener un rebaño de ovejas se convirtió en una manera de cuidar el futuro.
Cuidar del rebaño se convirtió en un oficio de mayor importancia. Por eso, la figura del pastor era perfectamente comprendida. El pastor –más si era el dueño de las ovejas– tenía un particular cuidado con las ovejas. Era cuidar un preciado tesoro.
Un pasaje que nos ayuda a ilustrar la importancia que daba el pueblo de Israel al cuidado de las ovejas lo encontramos en el rey David. David era escudero del rey Saúl, y aún estando en guerra contra los filisteos, David iba con frecuencia a Belén a cuidar los rebaños de su padre (1Sam 17, 15). En una de esas tantas idas y venidas, Jesé le pide a David que lleve unas provisiones a sus hijos que estaban en la guerra con los filisteos. Cuando finalmente llega a sus hermanos, ve el espectáculo de Goliat y hace un reclamo a los soldados sobre si no hay alguno que se enfrente a ese gigante. Su hermano mayor, al saberlo, regaña a David y le reclama que ha dejado solo al rebaño de su papá (1Sam 17, 28). La preocupación de su hermano era que había dejado solo el tesoro de la familia.
Más adelante hay un pasaje donde David narra un par de episodios que hablan de la dedicación del pastor. Cuando David está ante el rey Saúl y se ofrece a pelear contra Goliat, narra unos hechos que ocurrieron cuando cuidaba de las ovejas de su padre:
David dijo a Saúl: “Cuando estaba guardando el rebaño de mi padre y aparecía un león o un oso para llevarse una oveja del rebaño, yo lo perseguía y lo golpeaba y le quitaba la presa del hocico. Y si se volvía contra mí, lo tomaba de la quijada y lo golpeaba hasta matarlo. Yo he matado leones y osos; lo mismo haré con ese filisteo que ha insultado a los ejércitos del Dios vivo.” ¡Así como tu servidor ha vencido al león y al oso, lo mismo hará con ese filisteo que ha insultado las tropas del Dios vivo!” (1Sa 17, 34-36)
Tal era la dedicación del pastor que se enfrentaba a bestias salvajes para defender el rebaño.
Teniendo presente esto, ahora es fácil entender que el Señor hubiese elegido la figura del pastor para referirse a su relación con el pueblo de Israel. Así lo escuchamos en la primera lectura de la Misa de hoy: Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas. Así como un pastor vela por su rebaño cuando las ovejas se encuentran dispersas, así velaré yo por mis ovejas e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y de oscuridad. (Ez 34, 12)
Por lo preciado que eran las ovejas para los israelitas, el Señor Jesús se sirvió de la imagen del empeño del pastor con las ovejas para hablarnos de la misericordia de Dios con los hombres. El empeño del pastor por encontrar la oveja perdida justifica plenamente su alegría: el pastor ama a cada ovejita. Se entiende ahora la alegría del pastor: ¡No perdió ni una sola ovejita! Y comparte esa alegría con los demás amigos. La misma alegría que siente un pastor de haber logrado que no se perdiera una ovejita, la siente Dios cuando un alma, atendiendo a los llamados y cuidados del Señor, no se pierde sino que vuelve al rebaño de los que buscan al Señor en espíritu y en verdad.
Tampoco resulta extraño, sabiendo la dedicación del pastor por las ovejas, que el pueblo de Israel se sirviera de la imagen de la ovejita para ilustrar la espiritualidad del creyente. Así el salmista se reconoce como una ovejita y llama al Señor su Pastor. Ilustra esa imagen ya no desde la perspectiva de Dios, sino de cómo se siente amado por Dios que le ayuda a reparar las fuerzas. Tal es la confianza en el cuidado del Señor que: así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad (Sal 23, 4)
La advocación del Sagrado Corazón de Jesús, quien es el titular de esta parroquia, nos recuerda el amor sin límites que Jesús tiene por los hombres y mujeres, por quienes entregó su sangre en la cruz para la salvación de todos.
Hoy hay una figura nueva sobre cómo contemplar ese amor que Jesús tiene por nosotros. Él es el buen pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11) De igual manera, en la experiencia de cada uno de sentirse amado por Dios, hay una figura que nos ayuda a ilustrarla: la de la ovejita. El Señor nos cuida y nos protege. No seamos ariscos, sino dejémonos guiar por el Buen Pastor.

sábado, 21 de mayo de 2016

DOMINGO DE LA SANTISIMA TRINIDAD



En la oración primera de la Santa Misa de hoy escuchamos: “Concédenos… reconozcamos la gloria de la Eterna Trinidad y adoremos la Unidad de su majestad omnipotente”. Y es lo que la Iglesia hace hoy.
Desde pequeños, en el catecismo, la inmensa mayoría de nosotros aprendimos que el misterio fundamental de nuestra fe es el misterio de la Santísima Trinidad: Tres personas, un solo Dios. Tal vez no recordemos con exactitud el por qué es el misterio fundamental de nuestra fe. Es bueno recordarlo.
Lo primero que debemos recordar es que Dios así nos lo ha revelado: el Señor Jesús nos ha revelado la comunión profunda y eterna que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y así lo escuchamos en la Santa Misa de hoy. La Iglesia primitiva es consciente de este hecho como lo atestigua San Pablo en sus múltiples cartas y en especial en el pasaje de la carta a los romanos que escuchamos hoy en la segunda lectura.
En segundo término, toda la vida del cristiano se mueve en la vida trinitaria. Desde nuestro bautismo, hemos sido signados por la Trinidad Única y verdadera. Ese Dios Uno y Trino es quien nos ha creado y nos mantiene en la existencia, es quien nos ha redimido y quien obra la santificación de la Iglesia y de cada creyente. Aun cuando podamos atribuir alguna acción específica, es un único Dios. Así lo escucharemos en el prefacio de la Misa: Y lo creemos de tu gloria, porque Tú lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo, y también del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción.
Hoy y siempre debemos reconocer la gloria de Dios uno y Trino. Adorar a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. A Ellos la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.