sábado, 20 de septiembre de 2014

¡Nada de desesperanza!



La desesperanza o desesperación es la percepción que puede tener un individuo de que no hay ningún tipo de futuro bueno para él. En la vida cristiana es un pecado: es cuando un cristiano afirma que no hay posibilidad de salvación para él.
Las lecturas de la Misa de hoy son un grito de Nuestro Señor para decirnos que Él está siempre cerca de nosotros. Siempre. Sólo queda que nosotros hagamos el primer paso.
En la primera lectura, el profeta invita a todos a acercarse a Nuestro Señor. No importa qué es lo que se haya hecho en la vida: el Señor es capaz de perdonar todo y aceptar a cada quien. Nadie debe pensar que ha llevado una vida tan mala y desgraciada y por eso no tiene perdón de Dios. El profeta nos lo hace saber: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor”.
En el Salmo Responsorial escuchamos una verdad que debe acompañarnos siempre: No está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca.
El Evangelio de hoy es rico en enseñanzas, pero solo te dejaré una: El Señor sale a nuestro encuentro en muchas ocasiones de nuestra vida. Eso significan las diversas salidas que hace el Señor de la viña a lo largo del día. En cada encuentro con el Señor, Jesús nos hace la invitación a seguirlo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’. En la práctica, hemos de tener la disponibilidad de atender los llamados de Jesús.
El hecho de que muchos de nosotros hayamos dado una respuesta afirmativa al Señor en algún momento de nuestra vida no quiere decir que el Señor no nos llamará a que cambiemos o mejoremos algo. A lo largo de nuestra existencia podemos equivocarnos, confundirnos o dejarnos llevar por otras ideas. El Señor Jesús puede llamarnos a la conversión cuando quiera.
Ojalá en esos encuentros que tengamos con el Señor seamos dóciles y no dejemos que la desesperanza se adueñe de la vida: Todos tenemos la posibilidad de salvación siempre y cuando busquemos al Señor y respondamos a su llamada de conversión y de trabajar en su viña. El Señor se deja encontrar mientras haya alguien que lo busque, mientras que lo busquemos.

domingo, 14 de septiembre de 2014

El perdón: medicina para el alma



Nuestra alma, al igual que nuestro cuerpo, se puede enfermar. Solo que las enfermedades son diversas: no se curan con pastillas ni jarabes ni ungüentos. Hay muchas enfermedades del alma, pero hoy quiero traer a tu consideración algunas.
                La ira: La ira es un movimiento que impulsa a vencer los obstáculos que impiden alcanzar el bien que quiero. Su primera manifestación es la violencia hacia algo o alguien. Es pasajera, pero es el origen de otras enfermedades del alma. Si ese sentimiento se hace permanente en el cristiano se convierte en otra enfermedad llamada odio.
                El odio: Odiar es desear lo peor a otro ser humano. Esta enfermedad del alma es fatal por las consecuencias que trae: ciega el pensamiento (quien odia no es capaz de ver con objetividad, siempre distorsiona las cosas haciéndolas ver de la peor manera) y condiciona la acción (quien odia ordena sus acciones en contra de la persona, llegando inclusive a evitarla o hacerle daño). En algunas ocasiones no se llega al odio, pero queda como una especie de sentimiento más leve llamado resentimiento.
                El resentimiento: Cuando pasa la situación de ira y vemos que no fue algo tan grave, puede quedar en el alma un sentimiento de enojo para con la persona que nos ha hecho daño. Suele pasar cuando se burlan de nosotros, nos niegan un favor o han dicho cosas falsas de nosotros. El resentimiento deja consecuencias claras: nos hace decir cosas desfavorables de otros, nos hace tratarlos mal. Cuando el resentimiento es más fuerte se convierte en rencor.
                El rencor es el sentimiento de enojo pertinaz, que se alimenta de los recuerdos. El rencoroso tiene “ataques de ira” producto de recordar los episodios del pasado. Si no se elimina, puede llegar a la enfermedad más grave que es la venganza.
                La venganza es el sentimiento de retaliación, de satisfacer a cualquier modo (generalmente, del peor modo) la ofensa sufrida. Llena el corazón de tal modo que no deja espacio para nada más.
                Todos estos sentimientos son enfermedades –venenos– para el alma. Hoy, en las lecturas de la Misa, Dios y la Iglesia nos enseñan que existe un remedio para todas estas enfermedades: el perdón.
                El perdón es una manifestación del amor: es olvidar y alejar de nuestro corazón cualquier hecho que haga enfermar el alma. Es una decisión del corazón: ya lo pasado no existe, sólo queda el presente y el futuro del que somos dueños. Y este acto supremo del corazón lo que nos pide el Señor que hagamos, como el rey del Evangelio.  No olvidemos  –y se  lo decimos  al Señor cada vez que rezamos el padrenuestro– que la medida del perdón divino es el perdón que hagamos a nuestros hermanos.
                Perdonar es olvidar. Perdonar es alejar todo sentimiento de retaliación. Perdonar es no dejarnos llevar por la pasión ni la ira. Perdonar, en definitiva, es amar.
                El castigo será para aquellos que no perdonan: “Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano
                El perdón es el primer paso para la sanación interior. No se pueden curar las heridas del alma sin el perdón. Perdonemos y sanará nuestra alma.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Corrección fraterna



Hoy las lecturas de la Misa nos invitan –a todos sin excepción– a que perdamos el miedo a corregir. De hecho, es un mandato divino corregir al que está equivocado o al que lleva su vida por mal camino. Las razones son muy sencillas:
1) Corregir al que está equivocado (al que va por mal camino) es una forma de cumplir el mandato del amor. Si amamos al prójimo, entonces buscaremos no solo no hacerle mal, sino que procuraremos su mayor bien. Alejarlo del mal es una manera de amar.
2) Somos también responsables de la vida y salvación de los demás: “Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”. Si esa persona forma parte de la Iglesia porque ha recibido el bautismo, entonces es hermano nuestro. Hay una responsabilidad mayor. Nuestro Señor así nos enseña: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano”.
Hoy Satanás –el enemigo– se está apuntando un éxito: hoy muchos cristianos han dejado de lado la Palabra y han puesto otras frases por encima de su Voluntad Santísima: “Vive y deja vivir”; “Cada quien puede hacer lo que quiera”; “No te metas en problemas”. Todo esto para no llevar a la práctica la corrección fraterna.
Precisamente, por dejar de lado la Palabra el mal se extiende justo delante de nuestras narices. Y no hacemos nada.
Hoy se ponen muchas excusas. Algunas absurdas como “no sabes quién te está grabando o si agarra alguna cosa tuya para hacer brujería”. ¡Qué falta de fe! Se ignora cuánto dolor se inflige al Sagrado Corazón de Jesús cuando se pone en duda su omnipotencia.
Si queremos que los cristianos influenciemos sobre nuestra sociedad, entonces perdamos el miedo a corregir: es un mandado divino. Así pondremos nuestro grano de arena para hacer de nuestra sociedad una sociedad mejor y una Iglesia mejor.

viernes, 4 de abril de 2014

¿Qué nos enseña el pasaje de la resurrección de Lázaro?



1) Lo que esperamos obtener de Dios no siempre es lo mejor para nuestra vida. Más de una vez nos habremos dirigido al Señor pidiéndole algo seguramente importante. Y más de una vez el Señor no nos concedió lo que le pedimos. Sin embargo, no nos debe quedar la menor duda de que lo que ocurrió redundará siempre en nuestro bien, aunque en el momento no lo entendamos o no lo veamos con claridad. Marta y María le mandan a avisar a Jesús que Lázaro está muy mal. Jesús no responde inmediatamente. Finalmente, Lázaro fallece. Cuando Jesús se hace presente, Marta le dice: “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Marta esperaba que el Señor sanase a su hermano, pero no imaginó nunca que fue lo mejor que pudo pasar, porque con ello dio una muestra fuerte de su poder y su hermano volvió a la vida.

2) La verdadera vida está en Jesucristo. Hoy el término “vida” está relacionado más con el desorden y el placer. Y eso no es vida. La verdadera vida es la comunión de vida y amor con Jesús ahora y después de la muerte. En Jesús obtenemos la plenitud de los anhelos, la fortaleza en la debilidad, el consuelo en la tristeza, la paz en la turbación, la alegría en la adversidad. ¡Con Jesús y en Jesús lo podemos todo! Por eso, no nos quede duda: Jesús es la resurrección… ¡y la vida!

3) Los “peros” lo ponemos nosotros, Jesús los derriba. El pasaje está plagado de “peros”: Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano… Sé que resucitará en la resurrección del último día… Señor, ya han pasado cuatro días y huele mal… Jesús no se detiene en todas las razones por las que no creen que pueda actuar: las derriba. Somos nosotros lo que ponemos todas las razones en contra, a Jesús no le importa.

4) Ante el poder de Jesucristo, muchos creyeron. Los del Sanedrín decidieron quitarle la vida. Así se lee al final del capítulo 11 del Evangelio de San Juan. El que no quiere creer así vea un milagro en sus narices, no creerá. Ni aunque resucite un muerto (Lc 16, 31). Los Sumos Sacerdotes y los fariseos decidieron la muerte de Jesús porque hacía muchos milagros y todos creerán en Él (Jn 11, 47-48). Aceptar a Jesús como tu Rey y Señor dependerá exclusivamente de ti. Jesús obra maravillas en ti todos los días, solo tu puedes descubrirlo y aceptarlo.

sábado, 29 de marzo de 2014

La ceguera del corazón



Sin duda, sabemos que la ceguera es la incapacidad o imposibilidad para ver, es decir, de percibir figuras y los colores. En la Sagrada Escritura, en diversas ocasiones, se refiere a la ceguera del corazón entendida ésta como la actitud de la persona que, llevada por sus convicciones, prejuicios, soberbia u orgullo, es incapaz de percibir la realidad.
En la primera lectura de la Misa de hoy (1Sam 16, 1.6-7) escuchamos una máxima válida para todos los tiempos: “Yo no juzgo como juzga el hombre. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones”. También Santiago hace una llamada de atención en este particular (Sant 2, 1-4). Cada quien debe evitar juzgar por las apariencias y etiquetar a las personas, porque eso es actuar según criterios humanos y no según lo que el Señor nos enseña.
En el Evangelio de hoy, la actitud de los fariseos es la muestra perfecta de que una cosa es la ceguera física y otra la espiritual. El ciego de la piscina de Siloé estaba físicamente ciego pero el Señor lo sanó (Jn 9,7). Este ciego se encontró con los fariseos quienes le interrogan y no aceptan el testimonio del ciego basado en sus prejuicios y en su orgullo. Llegan a tildar al Señor de pecador (Jn 9,24). No quieren reconocer en el Señor al Mesías prometido.
En otras ocasiones, Jesús había llamado a los fariseos “ciegos” (Mt 15,14; 23,16-17.19.24.26) Su ceguera no es física. Es del corazón. Esa ceguera llena de prejuicios, de soberbia les impide reconocer que Jesús quiere que cambie. Y así, cierran el corazón a un encuentro con Cristo, que les transforme la vida y les haga conocer la luz de la verdad que los libera.
Hoy es una ocasión para que oremos la Señor para que cure nuestra ceguera, que quite de nuestra vida lo que nos impide reconocerlo, escucharlo. Que nos permita conocer es qué quiere que cambiemos. ¡Que podamos conocer la verdad que nos hace libres!
¡Señor, que vea! (Mc 10,51)
¡Jesús nos bendiga