sábado, 17 de febrero de 2018

Primer domingo de cuaresma: Redescubrir nuestro bautismo


En la segunda lectura de la Santa Misa de hoy san Pablo cita el diluvio universal, cuyo final escuchamos en la primera lectura. San Pablo se refiere al agua del diluvio como “un símbolo del bautismo que actualmente os salva”. Al mismo tiempo, el Apóstol se refiere al significado del bautismo: “no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura”.



Cada uno de nosotros recibió en su momento el sacramento del bautismo, algunos cuando eran niños, otros ya mayorcitos. Lo importante es que en ese momento recibimos una dignidad única, la de ser hijos de Dios. Nuestro Creador no espera otra cosa que vivamos coherentemente esa condición. No ser coherentes es como decir que hay un bombero que no sabe apagar fuegos, o un médico que no sabe de medicina. Un hijo de Dios debe vivir como tal.



El bautismo, hecho importante en la vida de cada uno de nosotros, marca un final y un inicio. Marca el final de una vida separada de Dios, donde dominaban otros criterios mundanos, donde reinaba el egoísmo, la avaricia, la lujuria. Marca el final de una vida encadenada, dominada por el pecado, de alegrías pasajeras. El bautismo marca un inicio: de una vida vivida rectamente delante de Dios, de saber y tener al Señor presente en todo momento, de hacer todo para la gloria de Dios. Marca una vida de liberación y de salvación, de felicidad plena.



Probablemente muchos podrán argüir que ellos no se acuerdan o no estaban conscientes cuando lo bautizaron. Es un argumento necio: es la misma actitud que tendría un niño que reclama a sus papás que por qué viven en la casa donde viven si él no se acuerda o estaba consciente de cuando se mudaron allí.



La vida cotidiana de un hijo de Dios está llena de alegrías y tristezas, de esperanzas y angustias. No podemos dejar de lado que también pueden presentarse tentaciones de apartarnos del camino de la voluntad de Dios. Ellas pueden hacernos pecar por debilidad, por descuido o por maldad. Sin embargo, Dios ha puesto el remedio en el sacramento de la confesión.



Si con los dones que nos da el Señor, en especial el don de inteligencia, podemos descubrir dónde el mundo, el demonio o la carne pueden tentarnos, entonces podremos poner los medios para resistir, evitar o vencer las tentaciones. A veces se requiere de acciones fuera de lo ordinario, pero es mejor hacerlo así que ofender al Señor.



Hay un relato en “la Odisea” de Homero que relata las aventuras de un tal Ulises. Ulises debía ir a su tierra, Ítaca. En el camino tuvo un encuentro con una reina llamada Circe, quien le advirtió que en su camino a Ítaca debía pasar por las sirenas. Ellas distraían con su canto a los marineros para que se estrellaran con las rocas de los arrecifes, haciéndolos naufragar. Sabiendo Ulises que debía pasar por ahí y enfrentarse a ese peligro, toma una decisión fuera de lo normal: reúne a sus marinos y les dice que lo aten al mástil del barco y que lo dejen allí hasta pasar los arrecifes. Antes de dejarse atar, pone tapones de cera a los marineros para que no escuchen los cantos de las sirenas. Así pudo pasar y vencer a las sirenas.



El tiempo de Cuaresma es un tiempo de penitencia, pero no como si los cristianos fuéramos masoquistas. Se trata de hacer pequeños sacrificios para fortalecer nuestra voluntad y saber resistir las tentaciones del mundo, del  demonio  y de la carne. Es un tiempo para ofrecer al Señor pequeñas mortificaciones por nuestros pecados, pequeñas mortificaciones que pueden ser de privarnos de algo que nos guste hasta hacer obras de misericordia. Todo esto nos ayudará a redescubrir nuestro bautismo, a renovar “el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios”.



El creyente está llamado a hacer fructificar la gracia del bautismo: a rectificar su vida cuantas veces sea necesario. Nosotros estamos expuestos a la tentación. No está excluido el que alguien pueda caer en la tentación por debilidad o por maldad. El Señor te llama al arrepentimiento y a la conversión. Todos los días. Te llama a caminar tu vida con el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios.

sábado, 3 de febrero de 2018

Domingo 5 del tiempo ordinario ciclo B. Jesús y la adversidad.


Jesús: la mano en la adversidad



Las lecturas de hoy son una invitación a considerar un punto muy particular en nuestra vida. Normalmente, cuando gozamos de plenitud de fuerzas, podemos sentir la tentación de pensar y sentir que somos perfectamente autosuficientes. Cuando todo va “viento en popa”, es fácil olvidar que lo que somos y tenemos no solo ha sido por nuestras solas fuerzas, sino gracias a la ayuda de otros y, sobre todo, gracias a la Bondad de Dios Nuestro Señor.



Es precisamente en la adversidad donde cada quien nota que no es tan fuerte y capaz como se imaginaba, se percata que hay cosas que están fuera de su control y que dependen más de los demás; es en ese momento cuando cada quien se percata que, si hubiese actuado de otra manera, tal vez hoy los resultados hubiesen sido diferentes. En la adversidad cada quien se da cuenta de sus limitaciones. Y es en la adversidad donde frecuentemente se levanta la mirada al cielo para buscar la ayuda divina.



En la primera lectura de la Misa, Job, después de vivir la tragedia de perder todo, incluso su familia, eleva en medio de su dolor a Dios en quien siempre puso su confianza. Aún cuando tiene su visión pesimista y fatalista, no deja de poner su confianza en El que todo lo puede.



El salmista recuerda algunas ocasiones en las que el Señor salió en auxilio del Pueblo de Israel y cómo mostró su bondad para con aquellos quienes se encontraban en adversidad. Ése es el motivo para invitar a todos a alabar al Señor: porque nunca se olvida de los que quiere –de todos los hombres– aún cuando no sepamos encontrarlo o no sepamos reconocerlo en el día a día.



En el Evangelio vimos la disposición del Señor de ayudar a los que se encuentran en dificultad. Y eso es porque el Señor siempre nos tiende la mano en la adversidad para que entendamos y aprendamos que Él está siempre cerca de nosotros. Sin embargo, no debemos olvidar la actitud del Señor: sí, está dispuesto a ayudarnos en la adversidad, pero su mayor interés está en nuestra salvación. Muchos lo buscaban para que les concediera alivio en sus pesares, pero su intención principal es llevar el Evangelio a todos –al igual que San Pablo– para que a todos alcance la salvación.



Recuerda siempre que Jesús es la mano amiga que se tiende en la adversidad, en nuestra adversidad. Sin embargo, no olvides que Él quiere lo mejor para nosotros: Nuestra salvación



Jesús tenía una vida súper activa: ya lo escuchamos en el Evangelio. No obstante, Jesús sacaba tiempo para orar. Sin el trato confiado en la oración existe el peligro de hacer las cosas con vacío en el corazón, sin encontrar sentido a lo que hacemos.



Es importante que valoremos el momento de oración diario. Sin él corremos un grandísimo peligro: quitar toda referencia a Jesús en nuestra vida. Sin Jesús en nuestra vida desaparece el valor eterno de nuestras acciones y se convierte en valor material. Sin Jesús, el éxito de una acción se traduce en valor comercial y no en un valor sobrenatural. Se piensa en “parecer más” y no en “ser más”. Sin Jesús, la vida se torna pesimista.



Jesús da sentido a todo lo que hacemos. Él está con nosotros siempre: en los momentos malos y en los buenos. Podemos contar con Él en todo momento, podemos recurrir a Él en cualquier circunstancia de nuestra vida. Él es nuestro amigo en la adversidad y nuestra compañía en la prosperidad.

  

Jesús, la Buena Noticia que nos salva


Hoy hemos escuchado en el Evangelio cómo el Señor Jesús sanó a muchos enfermos. Cabe la posibilidad de que un creyente confunda los favores del Señor con la misión de la Iglesia, en otras palabras: pensar que los milagros son el elemento fundamental de la existencia de la Iglesia. Así, habrá muchos que pensarán que habría más fieles y creyentes si en la Iglesia hubiera más milagros de los que ocurren.



El mismo Señor se encarga de desmentir eso: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». Lo que funda a la Iglesia es llevar el mensaje de salvación: Evangelizar, llevar la buena noticia y hacer llegar a todos la salvación mediante los sacramentos.



¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!


El deber de anunciar el mensaje de Jesús no es solo de los pastores de la Iglesia. ¡Es todos! Evidentemente, no todos de la misma manera: a los pastores de la Iglesia les corresponde la misión de anunciar el mensaje de manera oficial, pero a quien corresponde anunciarlo en medio de los diversos lugares del mundo es a los fieles laicos. El cura no está en una fábrica o en una empresa u oficina pública: los fieles laicos, sí. Y es allí donde deben los laicos poner su palabra específicamente cristiana: con sus acciones, actitudes y su palabra.



La vida de cada cristiano debe ser un evangelio abierto. El mensaje de Cristo debe ser algo familiar en la boca del fiel. La caridad debe ser un sello que distinga el día a día del seguidor de Cristo.



Eres ministro del Evangelio: desde el día de tu bautismo. Jesús confía en ti.



¡Que Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores, nos bendiga hoy y siempre!

sábado, 27 de enero de 2018

Jesús, el profeta


En la tradición bíblica, a raíz de la profecía que escuchamos en la primera lectura, había un personaje importante: el Profeta. Sería un personaje que sería similar a Moisés que guiará al Pueblo y hablará en nombre del Señor. Cuando aparece en Israel Juan el Bautista, los sacerdotes y levitas le preguntan: “¿Eres tú el Profeta?


Sin duda alguna, el Profeta anunciado en libro del Deuteronomio es Jesús, quien habla y enseña con autoridad. Es Dios mismo quien habla. En Él encontramos la Palabra que da un significado nuevo a nuestra vida, que nos llena de alegría, incluso en la adversidad. Jesús la anuncia sin temor, la anuncia con autoridad. Esa “autoridad” no es porque se cree o sabe superior. Esa “autoridad” nace de la certeza de lo que cree y vive.


No olvidemos que todos fuimos constituidos profetas cuando recibimos el Bautismo. Estamos llamados por Jesús a llevar a todos el mensaje de salvación, cada cual en su circunstancia particular: quien como sacerdote, quien como laico, quien como religioso. Y no debemos llevar nuestra palabra, sino la Palabra: Cristo Jesús. Hay una seria advertencia contra aquellos que tengan la arrogancia de decir lo que Dios no ha dicho: Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá.


Anunciar la Verdad que nos salva ciertamente levantará escozores y hará que algunos se sientan mal. En el Evangelio escuchamos cómo la predicación de Jesús hace surgir el desespero del demonio. Es normal. Y fruto de esa confrontación es la liberación de esa persona. Y ése es uno de los frutos del encuentro con Jesús: la liberación de todas las ataduras del mal, del pecado, de nuestras ideologías, de la soberbia, del orgullo…


Finalmente, debemos tomar en consideración algo importante. A veces nos conformamos con los mínimos. A veces se llega al punto de que “creer en Dios” (en realidad significa aceptar la existencia de Dios) es suficiente para la salvación. Y no es así. Afirmar que se cree en Dios no es garantía de ser bueno o de vivir como Jesús quiere. En el Evangelio escuchamos que el mismísimo Satanás confiesa que Jesucristo es el Santo de Dios. Eso no convierte al demonio en bueno ni significa que cumple la Voluntad de Dios. Es necesario aceptar la Verdad que nos salva y vivirla.


Que Jesús nos bendiga hoy y siempre.

domingo, 10 de septiembre de 2017

La Corrección fraterna, una manera de amar al prójimo

Hoy las lecturas de la Misa nos invitan –a todos sin excepción– a que perdamos el miedo a corregir. De hecho, es un mandato divino corregir al que está equivocado o al que lleva su vida por mal camino. Las razones son muy sencillas:
1) En la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos, San Pablo nos invita a cumplir el mandamiento del amor al prójimo. Hoy, en el Evangelio, el Señor nos enseña una forma de cumplir este mandamiento: Corregir al que está equivocado (al que va por mal camino). Si amamos al prójimo, entonces buscaremos no solo no hacerle mal, sino que procuraremos su mayor bien. Alejarlo del mal es una manera de amar.
2) Somos también responsables de la vida y salvación de los demás: “Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”. Si esa persona forma parte de la Iglesia porque ha recibido el bautismo, entonces es hermano nuestro. Hay una responsabilidad mayor. Nuestro Señor así nos enseña: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano”.
Hoy Satanás –el enemigo– se está apuntando un éxito: hoy muchos cristianos han dejado de lado la Palabra y han puesto otras frases por encima de su Voluntad Santísima: “Vive y deja vivir”; “Cada quien puede hacer lo que quiera”; “No te metas en problemas”. Todo esto para no llevar a la práctica la corrección fraterna.
Hoy existe una tendencia a cambiar la Palabra de Dios, por palabra humana. Precisamente, por dejar de lado la Palabra, el mal se extiende justo delante de nuestras narices. Y no hacemos nada.
Hoy se ponen muchas excusas. Algunas absurdas como “no sabes quién te está grabando o si agarra alguna cosa tuya para hacer brujería”. ¡Qué falta de fe! Se ignora cuánto dolor se inflige al Sagrado Corazón de Jesús cuando se pone en duda su omnipotencia.

Si queremos que los cristianos influenciemos sobre nuestra sociedad, entonces perdamos el miedo a corregir: es un mandado divino. Así pondremos nuestro grano de arena para hacer de nuestra sociedad una sociedad mejor y una Iglesia mejor.

sábado, 19 de agosto de 2017

En la Iglesia no hay extranjeros sino fieles



En la historia de la salvación, la relación del Pueblo de Israel con los extranjeros ha sido muy variada. Inicialmente, los extranjeros eran rechazados porque resultaban un peligro para la fe, aunque hubo excepciones como Rahab o Rut. Después del exilio en Babilonia, muchos extranjeros manifestaron su admiración por la religión de Israel algunos llegaban a la conversión y otros, al menos, respetaban sus prácticas religiosas.
De hecho, después del exilio, los mensajes de los profetas tenían un marcado tinte universalista: la salvación es para todo aquel que quiera cumplir la Voluntad de Dios Todopoderoso. Así lo escuchamos en la primera lectura: “A los extranjeros… los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración”.
Es toda una invitación a la reconciliación, rompiendo odios y prejuicios. Si el Señor no hace distinción para brindar su salvación, el Pueblo de Israel tampoco debe hacer distinción. Ahora bien, esa pertenencia al Pueblo de Dios no es por un vínculo jurídico, sino por la fidelidad a la Voluntad Divina: “A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, a los que guardan el sábado sin profanarlo y se mantienen fieles a mi alianza, los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración”
Después de Pentecostés, el mensaje de salvación se extendió a los gentiles, a tal punto que en un breve lapso, los no judíos eran la mayoría de la Iglesia. Los judíos no quisieron reconocer a Jesús como el Mesías y Pablo sufre por eso. Sin embargo, ellos siguen siendo el Pueblo Elegido porque “Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección”. Sin embargo, en la Iglesia no hay judíos ni griegos: Todos somos igualmente miembros de la Iglesia.
En el evangelio de hoy, el Señor Jesús se encuentra con una mujer sirofenicia o cananea. En este relato notamos una secuencia particular, que, dicho sea de paso, puede coincidir con muchos momentos de nuestra vida:

La mujer está pasando por un momento difícil, desesperado. Y eso la lleva a encontrarse con Jesús. El relato dice que su hija estaba atormentada por un demonio que seguramente haría sufrir mucho a madre e hija. La adversidad siempre será un momento privilegiado para acercarse a Jesús.

Los discípulos se acercan al Señor e interceden por ella. Su queja, su lamento eran ya tan notorios que no podían ignorarla, y se mueven no por misericordia, sino porque les fastidia. Un punto interesante sobre el que podemos evaluar cuál es nuestra intensión al pedir al Señor.

Jesús no responde de inmediato. De hecho, les hace saber a los discípulos que su acción es otra: convertir primero a Israel. Probablemente, esta afirmación del Señor obedece al hecho de que quería purificar el corazón y las intenciones de la mujer sirofenicia. Ella no se rinde. De hecho se acerca completamente al Señor y le pide con simplicidad: Señor, ayúdame.

El Señor la trata con mucha dureza. Quiere que ella saque lo mejor de sí, que se vuelque totalmente en una confianza absoluta en el Señor. La llama como los israelitas llamaban a los cananeos: perros. El Señor Jesús la prueba.

Su confianza en el Señor, ya consolidada, le lleva a aceptar la prueba y confiar más. Es consciente de que no merece la intervención del Señor, pero, confiada, espera en la misericordia divina. Acepta ser llamada “perrito” y eso no se convierte en un obstáculo para la fe. No se deja llevar por los prejuicios.

La respuesta de Dios depende de la fe de quien pide. Así se lo hace saber el Señor.

Podemos aprender mucho del Evangelio se nos acercamos con interés. Este pasaje nos enseña como confiar en el Señor en las adversidades y en las pruebas, a no dejarnos llevar por los prejuicios y a ser fieles al Señor.

sábado, 5 de agosto de 2017

Discípulos y misioneros



Hace unos diez años, la Conferencia de Obispos de América Latina y del Caribe reunida en Aparecida, Brasil, propuso el camino para la Iglesia de esta tierra en la clave de discípulos misioneros: Todos los cristianos católicos debemos reconocer, aceptar y vivir que estamos en constante aprendizaje del Maestro; al mismo tiempo, el Maestro nos pide que vayamos a contar a los demás nuestra experiencia del encuentro con Él.
En el relato del Evangelio de nuestra Santa Misa de hoy es el de la Transfiguración del Señor. En él escuchamos el mandato en la voz del Padre: : “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. La escucha es la actitud propia del discípulo (Is 50, 4). El mandato del Padre es pues, estar atento a lo que el Maestro Jesús nos enseña, camino de salvación, de redención, de felicidad y de encuentro.
Por otra parte, está la invitación del Señor de ir a anunciar a los demás las maravillas del Señor, normalmente después de un encuentro transformador con Jesucristo: al endemoniado de Gerasa (Mc 5,19); a los discípulos de dos en dos (Mc 6,7); a todos los discípulos (Mt 28, 19; Mc 16, 15). Tenemos el ejemplo del mismo San Pedro: Cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos en toda su grandeza (2Pe 1, 16).
Solo podremos anunciar a los demás, con unción y con poder, cuando hayamos tenido nuestro propio encuentro con Jesús. Tenido ese encuentro, nos pondremos en actitud de escucha, para, al mismo tiempo, llevar a los demás el testimonio y el mensaje de Cristo Jesús.
Ciertamente, no podemos obviar el hecho de nuestra condición humana. Podemos fallar y es seguro que en algún momento de nuestra vida seremos débiles y cederemos a la tentación. Cuando estemos débiles, caídos, escuchemos la voz del Señor que nos dice: “Levántense y no teman”. El Papa Francisco nos lo ha dicho en alguna ocasión: “La moral cristiana no es no caer jamás, sino levantarse siempre, gracias a su mano [la de Jesús] que nos toma” (Papa Francisco, Discurso al Movimiento de Comunión y liberación, 7/3/2015).
Encuentro con Jesús, discípulo y enviado a anunciar a los demás el mensaje de salvación. ¡Qué Jesús nos bendiga!

sábado, 29 de julio de 2017

El discernimiento


            El pasaje del evangelio de hoy nos presenta unas imágenes del Reino de los cielos o Reino de Dios, que es algo tan valioso que vale la pena dejar todo para formar parte de él, como un tesoro escondido en un campo o una perla de gran valor.

                A ese Reino estamos invitados todos, pero al final, el Señor sabrá distinguir entre quienes forman verdaderamente parte del Reino, porque hicieron su opción por él, y los que no forman parte y nunca lo hicieron porque no supieron entregar su corazón a Jesucristo. Tal como hace un pescador que separa los peces buenos de los peces malos después de una gran pesca.

                Los valores del Reino –la enseñanza de Cristo Jesús– son eternos. No pasan. Están vigentes con el paso del tiempo. Son principios que podemos y debemos aplicar en las diversas circunstancias de la vida. Ese mensaje está en la Biblia, está en la tradición que custodia la Iglesia desde hace unos dos mil años. Solo queda que cada uno de nosotros acceda a ellos, los conozca, los asimile y los haga vida.

                Ciertamente, para poder vivir el mensaje de Cristo, hemos de actualizarlo permanentemente, para saber poder aplicarlo en cada instante y así encontrar la alegría de vivir como Jesús espera de nosotros. Salomón pidió sabiduría para saber regir a un pueblo numeroso, como lo escuchamos en la primera lectura. Nosotros debemos saber discernir cada situación de  nuestra vida a la luz de la Palabra.

                Ese discernimiento solo será posible si conocemos la inmensa riqueza de sabiduría que nos ha dejado el Señor Jesús. Seremos como el padre de familia que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. Valores y principios que, válidos con el paso del tiempo, nos permiten aplicarlos en los casos concretos de nuestra vida.

                Ese discernimiento, el saber distinguir lo bueno de lo malo, solo será posible si accedemos al inmenso tesoro que es Cristo Jesús, su vida y su mensaje. De lo contrario, seremos necios dejando esa riqueza en el olvido, dejándonos llevar por cualquier vientecillo de doctrina pasajera.

                Por eso, para saber discernir: Conoce, vive y ama a Jesucristo.