sábado, 1 de agosto de 2015

Dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo (Ef 4, 23-24)




            La carta a los Efesios resulta una especie de catecismo básico para los cristianos del s. I. San Pablo recuerda a todos los creyentes las cosas más fundamentales: la acción omnipotente de Jesucristo que nos ha reportado la salvación, salvación que es para todos, judíos o no, y que nos ha hecho un solo pueblo construyendo un vínculo de unidad: una solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre.
            San Pablo recuerda también la actitud fundamental del creyente en Cristo Jesús: si aceptamos a Cristo, si hemos hecho de Él nuestro Señor, entonces no podemos vivir como personas paganas. Si aceptamos a Cristo renunciamos al pecado; si aceptamos a Cristo, nos apartamos del mal vivir. Con el bautismo hemos hecho una ruptura con el hombre viejo (el viejo yo) y aceptamos vivir como el hombre nuevo en Cristo (el nuevo yo).
            ¿Cómo hacer esa transformación? ¿Cómo poner en práctica esa conversión a la que nos invita Cristo Jesús? La respuesta: Dejen que el Espíritu renueve su mente. Esa renovación de la mente tiene una palabra en griego: metanoia.
            El punto de quiebre está en que si yo acepto a Cristo como mi Salvador no puedo seguir pensando como antes. No puedo prenderle una vela a Dios y una al diablo. No puedo decir que acepto los mandamientos de Cristo y sigo cometiendo los mismos pecados. ¡Eso es un absurdo!
            Aunque resulte absurdo, muchos viven hoy en ese absurdo y lo defienden. Han cambiado la Palabra de Cristo por palabra humana. No puede nadie llamarse cristiano y no vivir los mandamientos de Cristo Jesús.
            El cristiano debe aprender a dejarse guiar por el Espíritu Santo. Y el primer requisito es no amoldarse a los criterios del mundo. Un creyente no debe dejarse guiar por el criterio de “todo el mundo lo hace”. ¡No! El criterio del creyente es: lo que enseña Cristo Jesús.
            El segundo requisito es tener la firme voluntad de conducir nuestra vida en justicia y santidad. Justicia en la Biblia es vivir con corrección, apegado a la Voluntad de Dios. Santidad es la dedicación de nuestra vida a Dios. El creyente ha de tener la firme voluntad de cumplir los mandamientos y en especial el de amar a Dios sobre todas las cosas: sobre la novela, el partidito de béisbol, sobre la fiesta, la rumba, la parrilla, la playa, el dominó, el paseo, el cine. De lo contrario, no podremos decir que vivimos en justicia y santidad.
            Pidamos al Santo Espíritu de Dios que nos guíe en el camino de conversión: dejémonos renovar y revistámonos del nuevo yo en justicia y santidad. ¡Jesús nos bendiga!

sábado, 25 de julio de 2015

¿Que nos enseña la multiplicación de los panes?



En muchísimas ocasiones habremos tenido la oportunidad de leer este pasaje del Evangelio. Es el único que se encuentra en los cuatro Evangelios. Está lleno de detalles, los que deberíamos prestar atención.
Jesús pregunta a uno de sus Apóstoles cómo darle de comer a todo ese gentío. El Señor les pone un problema, pero no para reclamarles o exigirles. Lo hace simplemente para enseñarles, y como buena táctica del Maestro, quiere saber qué tienen en la mente y en el corazón.
La respuesta ante el problema la expresan dos de los Apóstoles. El primero, Felipe, pone objeciones desde el punto de vista económico. Mentalmente, cuenta velozmente los presentes y estima una cantidad de dinero. Probablemente, hace un cálculo del dinero que había en los fondos de los Apóstoles, y afirma categóricamente que con el sueldo de 200 días de trabajo no sería suficiente para darle un pedazo de pan por persona. Su conclusión: proyecto inviable por falta de fondos económicos.
El segundo, Andrés. Parte de lo que tienen: no tenemos pan, no tenemos que ponerle de relleno. Un niño por allí, tal vez escuchó la pregunta del Señor, y dice que quiere colaborar poniendo a su disposición su vianda: cinco panes de cebada y dos pescados asados. Su conclusión: proyecto inviable por falta de recursos.
La actitud de ambos es perfectamente explicable y normal: cualquiera de nosotros, si se le ocurriera un proyecto grande haría exactamente lo mismo. Sacaría cuentas del dinero que necesita y estima de dónde podría obtenerlo, para luego establecer si es posible o no ponerlo en práctica. También consideraría lo que tiene a disposición y si ello es suficiente para la ejecución del proyecto. Esta es la lógica humana, pero no la lógica divina.
Según la lógica humana, la Iglesia era un proyecto inviable: el líder del proyecto fue asesinado, el personal para la ejecución del proyecto no era preparado, no contaban con fondos, etc. Pero el tiempo ha dado muestras que el proyecto sigue caminando.
El Señor persigue un objetivo: el bien del prójimo. Quiere dar de comer a un grupo grande de personas que le sigue, algunos por interés, otros porque quieren conocer la verdad. Buscar el bien de otro no sigue la lógica humana, sigue la lógica divina.
¿Cuál es la lógica divina? Para el bien del otro (el espiritual primero, y el material después) haz lo que puedas, que el Señor hace el resto. Nada tiene que ver cuánto tienes, sino cuánto eres y cuánto confías en Jesús.
Es una muy mala señal cuando el creyente en Cristo Jesús pone “peros” a la realización de su obra, de su proyecto en medio de la historia. Es un indicio, una señal inequívoca de que: a) no se tiene fe en el poder de Cristo Jesús; b) Si se tiene fe, no es la suficiente como para confiar en Jesús; c) Si hay confianza, no es la suficiente como para amar sus proyectos.
Aprendamos a poner nuestra fe, nuestra confianza y nuestro amor en Jesucristo, Rey de reyes y Señor de los señores.

sábado, 18 de julio de 2015

El Señor es mi pastor



Con el paso del tiempo y con el paso de una sociedad rural a una sociedad urbana, algunos pasajes de la Sagrada Escritura resultan cada vez más difícil de comprender. Y el caso del salmo 23, que escuchamos en nuestra Santa Misa de hoy, es un vivo ejemplo de ello.
Al no saber cómo actúa una oveja, cómo actúa un rebaño de ovejas y cuál es el trabajo del pastor, resulta difícil de comprender la riqueza y el alcance de este salmo.

Las ovejas son caóticas. Van donde va la mayoría del rebaño, y lo hacen inconscientemente. Pueden ir donde hay peligro o donde encontrarán su propia perdición.
Las ovejas sin pastor se mueven erráticamente para conseguir satisfacer sus propias necesidades (de sed o de hambre). Las ovejas no toman agua agitada, solo de pozo y pueden comer hierbas que le hacen daño.
Las ovejas son muy confiadas. No ven el peligro sino hasta que lo tienen encima. No perciben el peligro. Por eso es que los animales rapaces hacen estragos.

El pastor cuida de las ovejas. Las lleva a los lugares donde hay buen alimento y les procura aguas tranquilas. El pastor usa el cayado (un bastón largo que termina en una horqueta) con el que les pega a las ovejas o las puede agarrar por el cuello cuando se ponen tercas. Lleva también una varita para castigar a las ovejitas díscolas. El pastor guía a las ovejas por sendas seguras y las protege del peligro, especialmente de los rapaces.

Sabiendo esto, al leer nuevamente el salmo, adquiere otro significado:

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.
Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad.
Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes.
Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término.

domingo, 10 de mayo de 2015

PORQUE DIOS ES AMOR (1JN 4, 8)



Amar no es un sentimiento: es una decisión reflexionada. Cada quien juzga si una persona es merecedora de su propio afecto y decide buscar el mayor bien posible para ella. Eso es amar. Los sentimientos ayudan y facilitan la decisión, pero, no es eso: los sentimientos son pasajeros. El que desaparezca un sentimiento no quiere decir que desaparezca el amor.
Amar es procurar el mayor bien para otra persona. Hoy el Evangelio de la Misa nos deja el mandamiento de Jesús: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado”. Y es claro el sentido: procura el mayor bien posible a los demás, de la misma manera que Jesús lo hizo con los hombres.
Hagamos un repaso veloz: Jesús dio de comer a una multitud, perdonó, enseñó, orientó, dio ejemplo, y finalmente, dio su propia vida por la salvación de todos. Así debemos amar a los demás.
Amar no es solamente dar cosas: es procurar el bien. Una cosa material perecerá al tiempo, pero virtudes, valores, la orientación de los papás a los hijos, un consejo, una corrección y hasta un castigo pueden ser una muestra de amor mayor que un billete, un cheque. Eso nos puede durar toda la vida. Así como el mensaje y la acción de Jesús que perduran con el tiempo.

¡Dios nos ama!
Escuchamos en el Evangelio de hoy: Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. El donar la vida por otro es la muestra máxima de amor. Y precisamente, esa es la prueba de que Dios nos ama: El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados. ¡Esa es la muestra máxima! Y el amor de Dios se sigue mostrando día a día. Sólo es necesario que prestemos atención a las muestras de amor de Jesús.

Jesús nos manda a dar fruto
“Dar fruto” se refiere a las buenas obras. Jesús nos ha mandado al mundo, al ambiente de trabajo, a la vida social, al mundo del deporte. Allí debemos cumplir sus mandamientos (Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor) y des nuestro testimonio de que creemos en Jesús y que Él es nuestro Señor y Salvador con nuestras buenas acciones. No olvides este mandato de Jesús: No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca.

¡Jesús te bendiga hoy siempre!