sábado, 13 de diciembre de 2014

El Testimonio


El Evangelio de hoy nos propone la figura de Juan El Bautista, pero no como la presentan los demás Evangelistas (el que anuncia la próxima presencia del Señor) sino como lo presenta de manera particular: “Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz”.

Desde hace unos domingos hemos estado reflexionando sobre la invitación que nos ha hecho la Iglesia: a mantenernos alerta ante la venida del Señor, a mantenernos irreprochables hasta su venida, a considerar la santidad y la entrega que hemos de vivir esperando la venida del Señor. Este llamado que nos hace la Iglesia no es para vivir como puritanos, o como eran llamados en la época del Señor, “fariseos”, de tal manera que vivamos separados de los demás. No. El cristiano sabe que vive en medio del mundo, pero que no por eso debe dejarse llevar por todas las corrientes del mundo.

Hay cosas en el mundo que no tienen nada de malo, otras sí. San Pablo, como lo escuchamos hoy en la segunda lectura, nos invita a no rechazar todo, al contrario: “sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Absténganse de toda clase de mal”. Todo lo que se pueda aprovechar y vivir del mundo, pero que no nos aleje de nuestro amor exclusivo a Cristo Jesús, podemos hacerlo parte de nuestra vida. Sin problema. En cambio, todo lo que nos aleje de Jesús, todo lo que sea malo, debemos desecharlo de nuestra vida. Y esto es un mandato de Cristo Jesús.

El testimonio de vida cristiana, el testimonio de nuestra fe es un deber primordial hoy. Hay que erradicar de la boca de la gente que “ser católico” no es sinónimo de “ser sinvergüenza”. El cristiano católico debe vivir con coherencia su fe, sin llegar a los extremos de parecer extraños a los demás. Saber que el Señor nos ha salvado y nos ha elegido, y por eso podemos decir como el profeta en la primera lectura: “El espíritu del Señor está sobre mí,  porque  me  ha  ungido  y  me  ha  enviado  para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y a pregonar el año de gracia del Señor”.

sábado, 6 de diciembre de 2014

La casa en orden



Hay personas que son maniáticas del orden, otras que el orden les importa un comino. Hay también personas ordenadas. El orden y el desorden en las casas son de las cosas más criticadas por propios y extraños.
En el alma sucede algo similar. Es nuestra casa interior donde descansan los afectos, las ideas los sentimientos, las decisiones… Es, en definitiva, la fuente de nuestro actuar y vivir cotidiano. Y ella puede estar en orden o en desorden. El orden siempre nos permitirá vivir mejor, de eso no nos debe quedar la menor duda.
El mayor desorden que puede encontrar una persona en su alma es haber olvidado a Dios. Y resulta fácil o muy común el que no se valore a Dios tal cual es, sino que se le deje en un segundo o tercer lugar. No le dedican tiempo para hablar con Él, no tienen el empeño de conocer la Voluntad del Señor. Les da pereza ir a la Iglesia, pero van al estadio a ver el partido de béisbol. No quieren reconciliarse con Dios en la confesión, pero le cuentan su vida y pesares a cuanto compañero de farra encuentren.
Eso es un síntoma de tener un desorden en el alma.
En las lecturas de la Misa de hoy se nos invita a poner nuestra casa interior en orden: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”. A lo largo de nuestra vida podemos ir cambiando nuestras prioridades no siempre en el orden correcto. Toma en consideración que la sociedad, en especial la sociedad mediática, no tiene a Jesús como prioridad. Al contrario, es fácil percibir como se quiere alejar a Jesús de todo los ámbitos. Quieren cambiar hasta el sentido de la Navidad. Eso es lo que Jesús llama “el mundo” que no lo quiere y que hará todo lo posible para porque Jesús no reine.
Hoy el llamado es a ti, a tu alma: pon orden. Si has descuidado el trato con el Señor Jesús, entonces es hora de rectificar. Si has descuidado otros deberes, entonces, es hora de rectificar. Pero no olvides jamás que el Señor Jesús va siempre en el primer lugar. Sin excusas.
En este tiempo de adviento (preparación para celebrar el nacimiento del Dios y Salvador Jesucristo) es el tiempo más propicio para examinarnos y rectificar. Pide ayuda al Espíritu Santo quien no dudará en concedértela.
¡Que el Señor Jesús te bendiga!

viernes, 28 de noviembre de 2014

Somos barro en la mano del Señor



 Ciertamente, el Evangelio de hoy resulta una invitación a no bajar la guardia en nuestra fidelidad. En este tiempo que media entre la primera y la segunda venida del Señor, tendremos muchas tentaciones de bajar los brazos y desistir en la lucha atenta y vigilante.

No obstante, hoy quisiera dejarte una reflexión sobre la primera lectura de la Misa de hoy. Tiene una belleza particular. El profeta ha sido testigo de un momento especial en la historia de Israel. Los deportados y los hijos de los deportados vuelven al territorio de Israel. La encuentran muy descuidada y deprimida. Muchos de los retornados se habían alejado de las prácticas de la religión hebrea y se habían olvidado de los mandamientos de Dios.

El profeta hace una oración/meditación en la que recuerda el amor de Dios por su pueblo, amor que ha llevado de librarlos de sus enemigos. El profeta le llama “Padre y Redentor”. A ese Padre, el profeta pregunta: “¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?”. El profeta recuerda que aunque Israel torciera el corazón, Yahweh jamás dejó de velar por ellos. Los israelitas se alejaban de Yahweh a tal punto que la justicia (santidad) de ellos era comparada  como un trapo asqueroso. Era tal la situación de pecado que todos se sentían arrastrados por el mal.

En este cuadro dramático, ¿dónde estaba Dios? Yahweh nunca los dejó abandonados. El profeta recuerda el amor de Dios que no cambia: “Señor, tú eres nuestro Padre”. El profeta se deja llevar por el amor de Yahweh utilizando una imagen muy linda: “nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”

Este es un pensamiento hermoso para este tiempo de adviento: nosotros somos barro en las manos del Señor y Jesús es el alfarero. Dejemos que él haga su obra en nosotros.

¡Que Jesús bendiga todos los corazones de tu familia hoy y siempre!

sábado, 15 de noviembre de 2014

LA PARÁBOLA DE LOS TALENTOS



Ya desde el inicio de este mes, las lecturas de la Misa Dominical nos invitan a considerar las cosas últimas o postrimerías: la muerte, el juicio, la segunda venida del Señor. Todo el cap. 25 de San Mateo trata sobre la segunda venida del Señor. Hoy la Iglesia nos presenta la parábola de los talentos.
Para conocer mejor la profundidad de esta enseñanza de Jesús, te propongo que prestes atención a algunos detalles:

  • Los servidores: son los cristianos (tú y yo) que deben hacer fructificar los dones recibidos para el crecimiento del Reinado de Dios.
  • El talento: era una medida (una moneda ficticia) que equivalía a 35 o 42 kilos de oro. Para que te hagas una idea, cinco talentos equivaldría al salario de un trabajador para cien años. El Señor quiere referirse a algo muy valioso.
  • El Señor no les da a todos por igual, sino según la capacidad de cada uno. Pero también les exige personalmente.
  • La actitud del que recibió un talento es similar a la del cristiano mediocre que en vez de dar un testimonio de su fe en Jesús, acalla su conciencia diciendo: “no me meto en problemas y mejor me callo o no hago nada”.
  • El Señor Jesús nos exigirá cuentas de nuestra vida personalmente. Así como lo escuchamos en la parábola: los llamó uno por uno. Eso es lo que se llama el juicio particular: cuando cerremos los ojos a este mundo, nos encontraremos con el Señor Jesús y Él será nuestro juez.
  • El premio a la fidelidad será vivir felices eternamente con Jesús: “Te felicito, siervo bueno y fiel… Entra a tomar parte en la alegría de tu señor”.
  • El no “quererse complicar la vida” o “no querer meterse en problemas” o “vivir un cristianismo a mi manera” no servirán de explicación a Jesús. Si Jesús nos ha concedido sus riquezas: la Palabra, los sacramentos, los mandamientos, la oración, el mandamiento de amor fraterno… ¡es para que lo pongamos en práctica y lo divulguemos a todos los hombres!
  • A los que no son fieles, el Señor Jesús los destinará a las tinieblas, al lugar del llanto y la desesperación. No irá al cielo, no será feliz eternamente, no entrará en comunión eterna con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; sino que va a un lugar de sufrimiento, de tristeza, de desesperación. Eso lo conocemos como el infierno.

Jesús espera que pongamos a producir los tesoros que nos ha dejado. ¡Seamos fieles a Jesús! y Él derramará sobre nosotros sus bendiciones.

sábado, 8 de noviembre de 2014

REPARA EN LOS DETALLES…


Esta parábola, que solo encontramos en el Evangelio según San Mateo, se refiere a la segunda venida del Señor Jesús y la actitud que debemos tener los creyentes. No obstante sea claro el mensaje del Señor, hay que tener por muy cierto que Jesús no da puntadas sin hilos. Hay algunos detalles sobre los que quiero llamar tu atención.

El primer detalle es: se trata de una boda. Es una imagen festiva, de alegría, de encuentro. El Señor Jesús usa en varias ocasiones la imagen de una boda y en el libro del Apocalipsis se usa la figura de una boda (las bodas del Cordero) para hablar de la instauración del Reino de Dios.

Segundo detalle: el aceite. Es un producto normalmente de origen vegetal. Era muy apreciado y tenía múltiples usos: para bendiciones y consagraciones; también tenía uso medicinal y cosmético (para perfumes). También se usa para llenar las lámparas que iluminan los hogares. El aceite, para algunos Santos Padres, es un símbolo del corazón del hombre lleno de la Gracia y del amor de Cristo. (Por eso es que las previsoras no comparten su aceite: el corazón es intransferible).

Tercer detalle: La luz. Las lámparas han de estar encendidas (una lámpara apagada solo sirve de adorno). La luz es el testimonio que nace del corazón lleno de la gracia y del amor de Cristo (Mt 5, 14–16)

Cuarto detalle: “Estar con las lámparas encendidas” era una frase de uso coloquial en esa época que quiere decir “estar siempre dispuesto” (Lc. 12, 35–36)

Quinto detalle: A todas las jóvenes les dio sueño y se durmieron. Lo que significa que por cansancio o por debilidad dejaron de estar atentas en la espera. Todas sin distinción. Es interesante que el Señor indique este detalle porque quiere señalar que todos, sin distinción, podemos en algún momento de nuestra vida flaquear o apartarnos del camino. La diferencia entre ambas radica en que cuando oyeron el llamado, las previsoras volvieron a la riqueza de su corazón mientras que las necias no pudieron hacerlo.
        Sexto detalle: El Señor fue muy claro y duro con las necias. Las jóvenes formaban parte de la corte de la novia. De algún modo, el novio las conocía, pero al no entrar con él a la fiesta de bodas, negó conocerlas y no les permitió entrar. En todos nosotros tiene que existir la conciencia de que Jesús es misericordioso, pero también es justo. Él perdona, sí, pero también exige que tengamos un amor especial por Dios, sobre todas las cosas, y un amor especial por los demás. Aceptarlo a Él significa apartarse del mal. Los que viven tibios o con medias tintas recibirán este mensaje de Jesús: “No te conozco

¡Jesús te bendiga!
 

domingo, 26 de octubre de 2014

El mandamiento más importante



En el Evangelio de nuestra Santa Misa de hoy sigue la “cayapa” contra Nuestro Señor Jesucristo. Como el Señor había puesto en evidencia a los saduceos, ahora se acercan los fariseos para ponerlo a prueba. No se les ocurre otra cosa que preguntar a Jesús por algo que se la pasaban discutiendo todo el tiempo: ¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley? Y la pregunta tiene algo de razón, porque existían un buen número de preceptos y prohibiciones. Algunos maestros de la ley daban más importancia a algunos y otros maestros afirmaban que eran más importante otros. Existía una especie de relativismo moral.
Jesús, la Sabiduría de Dios hecha carne, responde con sencillez: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.
El primer mandamiento formaba parte de una oración que los judíos recitaban con frecuencia: el shemá Yisrael (Deut 6, 4ss) Es prácticamente inexcusable que algo que repetían todo el día no les resultase claro.
Y ahora Jesús, nuestro Maestro, nos da una clase magistral: el fundamento de toda la vida cristiana es el amor: a Dios, al prójimo y a uno mismo. En ese orden.
A la pregunta ¿qué es el amor?, la respuesta puede ser complicada. El amor no es sentimiento, no son alteraciones orgánicas, no es sexo. Fundamentalmente, el amor es una decisión de una persona de procurar todo el bien y la felicidad para otra persona. Esa decisión se traduce en acciones: un amor que no se manifiesta, se muere.
Hoy y siempre, el amor tiene enemigos. Hay algunos que son manifiestos: poetas, cantantes, publicistas y políticos quieren que las personas piensen que amor es sexo, regalos, juguetes, sentimientos, etc. Hay uno que es difícil de aceptar porque puede estar dentro de cada quien: el egoísmo.
El egoísmo es inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidar el del de los demás. Para ponerlo gráficamente: primero: yo; segundo: yo; tercero: yo, y finalmente: yo. ¿Qué pasa con los demás? No sé, aparte de que no me importa. Sólo me intereso por ellos cuando los necesito.

El egoísmo es una enfermedad del alma. Y, aunque cueste aceptarlo, es la ruina de una familia, de un grupo, de una comunidad, de una sociedad y del mundo. El egoísta, al estar tan centrado en sí mismo, olvida el bien que le han hecho y recuerda perennemente el mal que ha recibido. No reconoce los errores cometidos, critica permanentemente a los demás. Reclama atención de todos, pero no es capaz de ayudar a los demás.
El egoísmo es la negación del mensaje cristiano. No es lo que nos enseña Nuestro Señor Jesucristo. Hoy Jesús nos dice: haz el bien y haz feliz a Dios Padre; haz el bien y haz feliz a los demás (comenzando con los que están más cerca de ti) y eso traerá como consecuencia que serás feliz.
El amor al prójimo se traduce en cosas concretas. En la primera lectura vemos como Moisés, de parte de Dios, les recuerda cosas concretas. Léelas con detenimiento y verás.
Que este mensaje de Cristo sea tu guía siempre: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.