sábado, 18 de marzo de 2017

La plenitud de todos los ahnelos


Para que podamos entender la riqueza de este pasaje, tomemos en consideración dos detalles:

a) el primero, había una rivalidad histórica entre los Samaritanos y los judíos. Cuando se separaron los reinos después de la muerte del rey Salomón, el rey de las tribus del norte estableció el Monte Garizim como lugar de culto para evitar que los súbditos fueran al Templo de Jerusalén.

b) El Señor Jesús tenía trato con las mujeres, puesto que muchas de ellas le acompañaban. La extrañeza de los apóstoles era que hablara con ella sin la compañía de otras personas. Se refiere a las costumbres de la época, fruto de las enseñanzas de los rabinos, que tenían un trato “diferenciado” con las mujeres. En otras palabras, al Señor no le importan los convencionalismos sociales, lo que piensen los demás.

Este pasaje que narra el  encuentro de Jesús con una mujer de Samaría, es uno de los más profundos desde el punto de vista humano y espiritual. La Samaritana es una mujer con buenos sentimientos pero por diversos motivos ha llevado una vida algo dispersa, tanto que llevaba una vida en concubinato y tenía el corazón lleno de una rivalidad histórica: guardaban un rencor a los judíos.

El hecho de que esta mujer viviera esta vida tan difícil no fue un obstáculo para un encuentro con Jesús que cambia la vida. Notemos que el diálogo no comienza hablando directamente de la conversión y el cambio de vida sino con un hecho perfectamente humano: “Dame agua”. De esa situación, el Señor pasa a lo más noble y sublime: “el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”. De ahí en adelante fue una experiencia de Dios que fue compartida con los otros vecinos. Tal era el encanto que le rogaron que se quedara con ellos.

Hay que reconocer algo en la Samaritana: tiene el corazón abierto para nuestro Señor: si Él toca, ella le deja entrar, si Él llama, ella atiende. Presta atención a las palabras de Jesús. El Señor pasa de la sed de agua, a la satisfacción de todos los anhelos: “el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

Ya después no se habla del agua, de la sed que se padece, ni de otra cosa. Se convierte en un escuchar y meditar las palabras del Señor. Todos están convencidos: “sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo”.

En este Evangelio hallamos también nosotros el estímulo para «dejar nuestro cántaro», símbolo de todo lo que aparentemente es importante, pero que pierde valor ante el «amor de Dios». ¡Todos tenemos uno o más de uno! Yo os pregunto a vosotros, también a mí: ¿cuál es tu cántaro interior, ese que te pesa, el que te aleja de Dios? Dejémoslo un poco aparte y con el corazón escuchemos la voz de Jesús, que nos ofrece otra agua, otra agua que nos acerca al Señor. Estamos llamados a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, iniciada en el bautismo y, como la samaritana, a dar testimonio a nuestros hermanos. ¿De qué? De la alegría. Testimoniar la alegría del encuentro con Jesús, porque he dicho que todo encuentro con Jesús nos cambia la vida, y también todo encuentro con Jesús nos llena de alegría, esa alegría que viene de dentro. Así es el Señor. Y contar cuántas cosas maravillosas sabe hacer el Señor en nuestro corazón, cuando tenemos el valor de dejar aparte nuestro cántaro.

Solo en Jesús se obtiene la plenitud de todos los anhelos. Cuando se pone la fe y la confianza en Él se obtiene la respuesta a todas las situaciones, aunque no siempre de manera inmediata. Sólo hemos de prestar atención a Jesús y a su mensaje, y encaminar los pasos de nuestra vida según su voluntad. No debemos rehuir a Jesús, sino prestar atención como lo hicieron la Samaritana y sus vecinos, dejando de lado todas los prejuicios.

Al inicio de la cuaresma hablábamos que este tiempo debe estar enriquecido con la oración, la penitencia y la limosna. Una forma de orar es meditar, es decir, prestar atención a los hechos de nuestra vida e iluminarlos desde el mensaje de Jesús, o también desde la Palabra del Señor reflexionar sobre las consecuencias para nuestra vida.

Para esto hace falta tiempo. Revisa tu día y dedica un tiempo todos los días para hablar con Dios y para meditar. Y mantente firme.

sábado, 18 de febrero de 2017

Enseña el Maestro


Continúa este domingo la cátedra del Maestro y hemos de prestarle atención. En el pasaje del Evangelio de hoy la enseñanza del Maestro es específica y profunda.

Parte de la intención de la enseñanza de Jesús es la de purificar el mandato divino de añadiduras humanas. En múltiples ocasiones, el Maestro recrimina a los fariseos y a los escribas el que ellos dan más importancia a sus tradiciones que al mandato divino. Y efectivamente ese riesgo lo tenemos nosotros hoy: un buen número de cristianos cometen el error malvado de creer más “a lo que dice la gente” que al  mensaje de salvación que nos ha dejado el Maestro.

De hecho, el Maestro da la correcta interpretación al pasaje llamado “ley del talión”. El “ojo por ojo, diente por diente” era una norma por la que las autoridades del pueblo impartían la justicia para evitar la anarquía en Israel. Los israelitas la habían convertido en una excusa para la venganza. En ese particular el Maestro invita a superar cualquier rencor o resentimiento que pueda envenenar el alma y para ello se sirve de una imagen exagerada: “Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarle la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil”.

De igual manera, el Maestro purifica el mandato divino de las enseñanzas humanas. De hecho, el Maestro cita el “así dicen por ahí”: “Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. La última parte es un añadido humano, porque, como escuchamos en la primera lectura, el Señor pedía santidad a su pueblo y para ello debían apartarse del mal: “Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo. No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón. Trata de corregirlo, para que no cargues tú con su pecado. No te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo. Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

No cabe duda que la intensión del Señor es enseñarnos a mantener nuestra alma libre de cualquier veneno de rencor, venganza, odio, ira y resentimiento. Esos resentimientos son una carga muy pesada para cada uno. Suelo decir que guardar esos resentimientos es como cargar un morral de piedras en la espalda: no nos sirve para nada, nos cansa y nos enferma, y, de ñapa, no nos sirve para nada.

Todo creyente en Cristo Jesús debe hacer el esfuerzo por liberarse de esas ataduras, al mismo tiempo que pedir la sanación de las heridas que hayan podido dejar. Lo más sano es aprender “a pasar la página” para tener un corazón libre para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

El norte de nuestra vida es ser santos porque el Señor Jesús, nuestro Dios, es Santo.

Dios te bendiga.

sábado, 11 de febrero de 2017

Habla el Maestro


Las lecturas de la Misa de este domingo son de una belleza única. Podríamos hacer múltiples reflexiones, pero esa es una tarea personal. Sin embargo te dejo una para tu provecho.

La primera lectura nos deja muy en claro que la fidelidad a Jesús es una decisión personal insustituible: Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. Y, como respondimos en el Salmo, será Dichoso el que cumple la voluntad del Señor. Debe ser una súplica constante la oración que escuchamos en el Salmo: Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad y guardarla de todo corazón.

En el Evangelio, el Maestro nos enseña cómo cumplir a cabalidad la Voluntad del Señor. En primer término no se trata de un simple cumplimiento externo sino que se ha de alejar de la mente y del corazón cualquier pensamiento o deseo que pueda conducirnos al pecado. Esa es la razón por la cual el Maestro nos enseña que enojarse, insultar o despreciar a alguien es una forma de desobedecer el mandamiento “no matarás”. De igual manera alimentar la mente y el corazón con pensamientos y deseos impuros, es decir, relativos al ejercicio de la sexualidad, es una forma de cometer actos impuros.

En segundo término el Maestro nos enseña que nosotros, sus discípulos, debemos tener una enemistad radical con el pecado. Para que entendamos esa enemistad, el Maestro recurre a una imagen exagerada: Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Hay que tener claro, sobre todo por aquellos que quieren interpretar estrictamente la Palabra o quienes quieren denigrarla por absurda: no se trata de una acción literal, sino de una imagen de la que se sirve el Señor para indicarnos que no debemos coquetear con el pecado, sino que hemos de alejarnos de eso.

Finalmente el Maestro nos enseña lo importante que es ser sincero, auténtico y honesto. Estas cualidades, más que un adorno, deben ser la credencial de todo cristiano. Si alguno de nosotros necesita ofrecer garantías (promesas, juramentos, recurrir a testimonios de otras personas) es una señal inequívoca de que nuestra conducta no ha sido sincera, autentica y honesta: Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno.

El Maestro ha hablado: Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. Contamos con Jesús. Con Él, ¡sí podemos!

¡Jesús nos bendiga!

sábado, 4 de febrero de 2017

Luz y no oscuridad


Las lecturas de este domingo destacan las imágenes de la luz y de la sal. Ambas tomadas de la experiencia común. Basta pensar en una comida sin sal o en una casa a oscuras. O por el contrario, pensemos en una comida con el punto justo de sal o en una casa bien iluminada. La misma función de la luz y de la sal en la vida ordinaria es la misión de los cristianos en la sociedad.



El testimonio de nuestra condición de creyentes es llevar una vida de acuerdo a los mandamientos y a las enseñanzas de Jesús transmitida por la Iglesia. Ese testimonio hemos de darlo públicamente, con nuestros pensamientos, palabras y acciones, acompañados también con una actitud de escucha para corregir cuando nos hayamos equivocado. No debemos sentir miedo o vergüenza de decir que hemos puesto nuestra fe en Jesús: “Que de igual  manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 16).



Nuestro mundo de hoy está viviendo una época difícil. Se admira más la mala conducta que las buenas costumbres. La gente se acostumbra a vivir mal y alejados de Dios: piensan que Dios es un obstáculo para la felicidad. Cuando las malas acciones de otros los tocan o los dañan a ellos o a sus familiares entonces se lamentan de que Dios los tiene olvidados. La verdad no es difícil de descubrir: en realidad son ellos los que se han olvidado de Dios y sufren las consecuencias de vivir en la oscuridad. De hecho, en la primera lectura de la Misa (Is 58, 7-10) el profeta anuncia al pueblo que si hacen los que les manda, Yahveh les responderá cuando lo invoquen. Si no estamos cerca del Señor y cumpliendo sus mandatos, entonces, no debemos confiar en que el Señor escuchará nuestras súplicas.



Nuestro mundo necesita cristianos creyentes y valientes, que no teman mostrar su fe con su buena conducta, que no tengan miedo de hablar de Jesús. Nuestro mundo necesita buenos ejemplos. Hay un mal que ataca a los buenos y es el temor de dar testimonio de nuestra fe. Tienen miedo a “desentonar” con respecto al mundo y entonces no actúan. No hablan con el que está equivocado, critican y no corrigen, consienten la avaricia y no ayudan al necesitado. Ese tipo de cristianos están llevando a la autodestrucción a la Iglesia de Cristo.



No olvidemos nunca este deseo de Jesús: “Que de igual  manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”. Hay que dejar fuera los miedos y las excusas baratas: por encima de todo y todos: Cristo Jesús.

sábado, 28 de enero de 2017

Un camino seguro para felicidad


El concepto de felicidad que tiene el mundo no es el mismo que nos quiere transmitir el Señor Jesús. Son muy diferentes.

Para el mundo la felicidad se resume en el tener y en el placer. Mientras más tienes y más gozas, eres feliz. Más que felicidad es hedonismo. Teóricamente podría resultar verdadero, pero en la práctica no lo es.

De hecho, las personas que se vuelcan a los bienes materiales o a los placeres mundanos, entran en un remolino que se los terminará tragando. Una vez que se entregan no caen en la cuenta que poco a poco necesitarán más y al mismo tiempo se vuelven esclavos de ellos. Pasa el tiempo y el organismo no les rinde, entonces, intentan redirigir sus vidas por otros derroteros, terminando en una vida llena de amargura.

Esa es el motivo por el que podremos encontrar personas que después de vivir una vida mundana, terminan tristes y amargados porque no pueden hacer lo que desean hacer.

Nunca van a reconocer que ahí no estaba la felicidad.

Jesús nos propone un camino diferente. La felicidad no es entonces un estado de ánimo, sino una actitud perenne en la vida del creyente, basada en la fe en Cristo, en la esperanza en Cristo y en el amor a Cristo y a los hermanos. Así, ante la lógica del mundo, Jesús nos dice:

Si quieres ser feliz, entonces vive con espíritu desprendido, no dependas de los bienes materiales: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

No te angusties porque las cosas no te salen bien o no encuentras una salida inmediata: Dichosos los que lloran, porque serán consolados.

Ante el dolor o la enfermedad, pon tu confianza en Jesús el Señor: Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.

La búsqueda de la santidad, de vivir momentos junto al Señor, es nuestro ideal. El tiempo que dediques al Señor tendrá su premio: Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

El amor al prójimo, ideal de vida los cristianos, escándalo para los poderosos. La misericordia es amor en acción: Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

El orgullo, la soberbia, el creernos perfectos, nos hace cerrar las puertas del corazón a Dios, nuestro Padre. Es tener el corazón manchado, y solo podemos limpiarlo con la cercanía a Jesucristo: Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

La soberbia de los hombres es el principal obstáculo para que exista la paz en los pueblos. Nosotros confesamos a Cristo que es nuestra paz: Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les  llamará hijos de Dios.

Seguir a Cristo Jesús, la búsqueda de la santidad tiene enemigos, a veces en los más cercanos. Hoy en el mundo existe la persecución abierta y la silenciosa: Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos.

Estamos invitados a recorrer ese camino con Jesús, y alcanzar la verdadera felicidad.

sábado, 21 de enero de 2017

Jesús Luz y guía

Las lecturas de la Santa Misa de este segundo domingo del tiempo ordinario, son muy ricas en imágenes. Comparto con Uds. dos de las imágenes que encontramos.
La primera: Jesús es luz. El evangelista Mateo (4, 12–23) cita a Isaías anunciando el cumplimiento de su profecía. Una gran luz brillaría sobre quienes viven en las tinieblas. Esa luz es Cristo quien decidió establecer su domicilio en Cafarnaúm, a orillas del lago o mar de Galilea. Más allá del cumplimiento fiel de la profecía, en los evangelios se le da a Jesús el título de “luz”, como por ejemplo, Simeón quien le llama Luz de las naciones (Lc 2, 32) o Zacarías quien dice que nos visitará el Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en sobras de muerte (Lc. 1, 79). Más aún, Jesús dice de Sí mismo que es la luz, y quien le siga tendrá la luz de la vida, y nunca andará en la oscuridad (Jn 8, 12).
Dice el evangelio que esos pueblos vieron una luz grande y de inmediato dice que el Señor Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. La luz –que es Cristo Jesús– nos aleja de la oscuridad del mal, y del mal más grande y su consecuencia: el pecado y la condenación eterna. Por ello, el llamado inicial a toda persona es: Conviértete, aléjate del mal, deja tu mala vida atrás. Y para ello, acércate a Cristo, donde encontrarás un significado nuevo en tu vida y en todas las cosas.
Es por ello que el kerigma conlleva un llamado a la conversión. No se puede aceptar a Cristo y seguir igual.
La segunda imagen: Jesús es guía. El Señor Jesús dijo a Pedro, Andrés, Santiago y Juan: Sígueme. Pide el Señor a estos pescadores que su vida tenga un distintivo: seguir a Jesús. Y eso es distintivo de los cristianos: Seguir a Jesús.
Por eso, forma parte igualmente del kerigma o proclamación del Evangelio aceptar a Jesús como nuestro guía, nuestro compañero de camino, nuestro Maestro… No se entiende la vida de un creyente sin Cristo Jesús.
Con una vida alejada del mal y bajo la guía segura de Jesús, caminaremos en bendición y santidad. Podremos cantar, sin faltar a la verdad, lo que recitamos en el salmo (26):

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?

domingo, 15 de enero de 2017

Jesucristo al centro de todo

Es fácil olvidar lo más importante por lo más llamativo o por lo más útil. A veces resulta sencillo distraerse.
Es un peligro real. San Juan Bautista lo sabía. Es por ello que a sus discípulos y a todos los que estaban a su alrededor les señala lo importante: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.
La primera comunidad cristiana, que es siempre un reflejo del ideal de la Iglesia, lo tenía muy claro. El centro de todo es Jesucristo. De hecho, no resulta extraño que en la segunda lectura de la Misa de hoy (1Co 1, 1-3), en tres versículos, San Pablo nombra a Jesús cuatro veces. Y la razón es sencilla: Jesucristo es lo más importante en la Iglesia y en la vida del creyente.
El mensaje de San Juan Bautista que escuchamos en el evangelio de hoy (Jn 1, 29 – 34) va en clave de testimonio, es decir, Juan habla de lo que ha experimentado él personalmente y así lo hace saber a los demás. Valga decir que también nosotros estamos llamados a presentar a los demás nuestra experiencia de Cristo Jesús, a presentar a los demás nuestro testimonio. Si no tenemos nada que hacer saber a los demás, entonces, nos falta la experiencia de Jesús en nosotros.
Ya es hora de dejar pasar los antiguos traumas de que “son los protestantes los que se la pasan hablando de Jesucristo”. No ha sido cierto nunca y no lo es ahora. El Santo Padre Francisco nos invita a dejar los miedos, las excusas y las viejas costumbres que eran el muro de contención del apostolado de la Iglesia. Hoy el Papa nos invita a ser Iglesia en salida, esto es, en clave de misión: de llevar a los demás nuestro propio testimonio de Cristo, que ayude a los demás a conocer y acercarse a Cristo Jesús.

No más razones. ¡A dar testimonio de Cristo Jesús!