viernes, 4 de abril de 2014

¿Qué nos enseña el pasaje de la resurrección de Lázaro?



1) Lo que esperamos obtener de Dios no siempre es lo mejor para nuestra vida. Más de una vez nos habremos dirigido al Señor pidiéndole algo seguramente importante. Y más de una vez el Señor no nos concedió lo que le pedimos. Sin embargo, no nos debe quedar la menor duda de que lo que ocurrió redundará siempre en nuestro bien, aunque en el momento no lo entendamos o no lo veamos con claridad. Marta y María le mandan a avisar a Jesús que Lázaro está muy mal. Jesús no responde inmediatamente. Finalmente, Lázaro fallece. Cuando Jesús se hace presente, Marta le dice: “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Marta esperaba que el Señor sanase a su hermano, pero no imaginó nunca que fue lo mejor que pudo pasar, porque con ello dio una muestra fuerte de su poder y su hermano volvió a la vida.

2) La verdadera vida está en Jesucristo. Hoy el término “vida” está relacionado más con el desorden y el placer. Y eso no es vida. La verdadera vida es la comunión de vida y amor con Jesús ahora y después de la muerte. En Jesús obtenemos la plenitud de los anhelos, la fortaleza en la debilidad, el consuelo en la tristeza, la paz en la turbación, la alegría en la adversidad. ¡Con Jesús y en Jesús lo podemos todo! Por eso, no nos quede duda: Jesús es la resurrección… ¡y la vida!

3) Los “peros” lo ponemos nosotros, Jesús los derriba. El pasaje está plagado de “peros”: Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano… Sé que resucitará en la resurrección del último día… Señor, ya han pasado cuatro días y huele mal… Jesús no se detiene en todas las razones por las que no creen que pueda actuar: las derriba. Somos nosotros lo que ponemos todas las razones en contra, a Jesús no le importa.

4) Ante el poder de Jesucristo, muchos creyeron. Los del Sanedrín decidieron quitarle la vida. Así se lee al final del capítulo 11 del Evangelio de San Juan. El que no quiere creer así vea un milagro en sus narices, no creerá. Ni aunque resucite un muerto (Lc 16, 31). Los Sumos Sacerdotes y los fariseos decidieron la muerte de Jesús porque hacía muchos milagros y todos creerán en Él (Jn 11, 47-48). Aceptar a Jesús como tu Rey y Señor dependerá exclusivamente de ti. Jesús obra maravillas en ti todos los días, solo tu puedes descubrirlo y aceptarlo.

sábado, 29 de marzo de 2014

La ceguera del corazón



Sin duda, sabemos que la ceguera es la incapacidad o imposibilidad para ver, es decir, de percibir figuras y los colores. En la Sagrada Escritura, en diversas ocasiones, se refiere a la ceguera del corazón entendida ésta como la actitud de la persona que, llevada por sus convicciones, prejuicios, soberbia u orgullo, es incapaz de percibir la realidad.
En la primera lectura de la Misa de hoy (1Sam 16, 1.6-7) escuchamos una máxima válida para todos los tiempos: “Yo no juzgo como juzga el hombre. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones”. También Santiago hace una llamada de atención en este particular (Sant 2, 1-4). Cada quien debe evitar juzgar por las apariencias y etiquetar a las personas, porque eso es actuar según criterios humanos y no según lo que el Señor nos enseña.
En el Evangelio de hoy, la actitud de los fariseos es la muestra perfecta de que una cosa es la ceguera física y otra la espiritual. El ciego de la piscina de Siloé estaba físicamente ciego pero el Señor lo sanó (Jn 9,7). Este ciego se encontró con los fariseos quienes le interrogan y no aceptan el testimonio del ciego basado en sus prejuicios y en su orgullo. Llegan a tildar al Señor de pecador (Jn 9,24). No quieren reconocer en el Señor al Mesías prometido.
En otras ocasiones, Jesús había llamado a los fariseos “ciegos” (Mt 15,14; 23,16-17.19.24.26) Su ceguera no es física. Es del corazón. Esa ceguera llena de prejuicios, de soberbia les impide reconocer que Jesús quiere que cambie. Y así, cierran el corazón a un encuentro con Cristo, que les transforme la vida y les haga conocer la luz de la verdad que los libera.
Hoy es una ocasión para que oremos la Señor para que cure nuestra ceguera, que quite de nuestra vida lo que nos impide reconocerlo, escucharlo. Que nos permita conocer es qué quiere que cambiemos. ¡Que podamos conocer la verdad que nos hace libres!
¡Señor, que vea! (Mc 10,51)
¡Jesús nos bendiga

sábado, 22 de marzo de 2014

Despojarnos de nuestros prejuicios



A Jesús le importan todas las almas. La de cada uno. Y Él siempre está dispuesto a tener un encuentro con todos, con cada uno.
Normalmente, el primer gran obstáculo para tener un encuentro liberador y sanador con Jesús, es cada uno. Y no es extraño que sea así.
Llevados por un extraño ideal de perfeccionismo, los seres humanos nos convertimos en críticos implacables de los demás y jueces misericordiosos con uno mismo. Rechazamos admitir nuestros defectos y buscamos cualquier tipo de excusas para justificarlos. En ese ejercicio de buscar excusas, vamos elaborando nuestros propios prejuicios.
Un prejuicio es la opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal. Muchos de los que no quieren acercarse a Jesús lo hacen por prejuicios. Como la Samaritana: 1) Tú eres judío y yo soy samaritana. 2) No tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo. 3) Nosotros adoramos a Dios en este monte y ustedes dicen que es en Jerusalén. 4) Cuando venga el Mesías nos lo explicará todo.
Una serie de prejuicios bloqueaban la posibilidad de encontrar la liberación y sanación interior. Y hoy muchos hermanos tienen el corazón lleno de prejuicios que les impiden encontrarse con Jesús. Piensan, por ejemplo: 1) Si me acerco a Jesús no voy a ser feliz. 2) Si me acerco a Jesús voy a estar más aburrido que una ostra. 3) Si me acerco a Jesús no voy a poder “vivir mi vida”. 4) No tengo que acercarme a la Iglesia para obtener el perdón de mis pecados. 5) Todos los que van a la Iglesia son unos hipócritas.
Los prejuicios nos hacer vivir esclavos de ellos. No somos libres. Sólo un encuentro sincero con Jesús puede liberarnos, porque conoceremos la verdad que nos hará libres (Jn 8,32). La Samaritana dejó vencer sus propios prejuicios y consiguió la liberación y sanación interior.
Hoy tenemos la invitación de Jesús y de su Iglesia de liberarnos de nuestros prejuicios, de ayudar a los otros hermanos a liberarse de sus propios prejuicios, para poder acercarnos plenamente al Señor Jesús, liberar nuestro corazón, sanar todas las heridas que haya dejado el mal,  encontrar la plenitud de los anhelos, ser feliz.
Acepta la invitación de Jesús y anuncia a los demás hermanos lo que el Señor ha hecho contigo.
¡Jesús te bendiga!

domingo, 16 de febrero de 2014

HABLA EL MAESTRO



Las lecturas de la Misa de este domingo son de una belleza única. Podríamos hacer múltiples reflexiones, pero esa es una tarea personal. Sin embargo te dejo una para tu provecho.
La primera lectura nos deja muy en claro que la fidelidad a Jesús es una decisión personal insustituible: Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. Y, como respondimos en el Salmo, será Dichoso el que cumple la voluntad del Señor. Debe ser una súplica constante la oración que escuchamos en el Salmo: Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad y guardarla de todo corazón.
En el Evangelio, el Maestro nos enseña cómo cumplir a cabalidad la Voluntad del Señor. En primer término no se trata de un simple cumplimiento externo sino que se ha de alejar de la mente y del corazón cualquier pensamiento o deseo que pueda conducirnos al pecado. Esa es la razón por la cual el Maestro nos enseña que enojarse, insultar o despreciar a alguien es una forma de desobedecer el mandamiento “no mataras”. De igual manera alimentar la mente y el corazón con pensamientos y deseos impuros, es decir, relativos al ejercicio de la sexualidad, es una forma de cometer actos impuros.
En segundo término el Maestro nos enseña que nosotros, sus discípulos, debemos tener una enemistad radical con el pecado. Para que entendamos esa enemistad, el Maestro recurre a una imagen exagerada: Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
Finalmente el Maestro nos enseña lo importante que es ser sincero, auténtico y honesto. Estas cualidades, más que un adorno, deben ser la credencial de todo cristiano. Si alguno de nosotros necesita ofrecer garantías (promesas, juramentos, recurrir a testimonios de otras personas) es una señal inequívoca de que nuestra conducta no ha sido sincera, autentica y honesta: Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno.
El Maestro ha hablado: Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. Contamos con Jesús. Con Él, ¡sí podemos!
¡Jesús nos bendiga!

domingo, 19 de enero de 2014

El pase de testigo



En las olimpiadas hay una competencia que se llama “carrera de relevos”. cuatro corredores recorren una misma distancia pasándose un tubo largo llamado “testigo” o también “estafeta”. Cada corredor debe poner en mano del siguiente corredor el testigo.
La vida de la Iglesia es como una carrera de relevos, solo que no todos corren una distancia igual. Sin embargo, todos deben entregar lo mismo a los siguientes: Cristo Jesús.
Ya desde el Antiguo Testamento Dios había determinado que Israel debería ser luz de las naciones para que la salvación alcanzara hasta los últimos rincones de la tierra. El Pueblo de Dios debía iluminar, dar luz a todos los pueblos: dar a conocer al amor de Dios a los hombres, el amor que salva: el Mesías, Cristo Jesús.
En el Evangelio es notoria la actitud de Juan Bautista: “yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Está hablando de Cristo Jesús, su pariente. Juan Bautista gozaba de una gran ascendencia sobre el Pueblo de Israel, y a todos los que los seguían les hizo saber eso: Jesús es el Salvador prometido por Dios. Hizo entrega de su testigo o estafeta.
Cada uno de nosotros tiene la misma misión de entregar el testigo o estafeta: Cristo Jesús. Pero el problema fundamental es que nadie puede dar lo que no tiene. Si no se tiene a Cristo Jesús en la vida, es imposible que pueda entregarlo.
Al igual que en la carrera de relevos, quien recibe el testigo debe querer recibirlo. De lo contrario, le hace difícil la tarea al anterior. Y para poder transmitirlo, hay que tenerlo.
¿Cómo entregar a Cristo Jesús si no se le tiene?
No se puede hablar de un Jesús que no se conoce.
No se recibe a un Jesús que no se sabe dónde está.
No se vive cerca de un Jesús si no vivimos como Él quiere.
No se puede ser testigo de Cristo si no se tiene a Jesús en la propia vida.
El cristiano está llamado a dar un testimonio de Cristo Jesús con la vida y con la palabra. No lo hará si no lo tiene. No podrá entregar el testigo si no tiene a Jesús consigo.
Si no tiene a Jesús en tu vida, búscalo. Él se deja encontrar.
Lo encuentras en la oración, en la Sagrada Escritura, en los sacramentos y en el hermano necesitado.
Búscalo: Él se deja encontrar.
Dios te bendiga.