domingo, 25 de enero de 2015

Dios nos llama y lo hacemos por Él



En el evangelio de la Santa Misa de hoy escuchamos las primeras llamadas a seguir al Señor. Dos pares de hermanos, para más señas. Y eso nos lleva, casi necesariamente, a reflexionar sobre la vocación al sacerdocio.
Los sacerdotes en el mundo no somos muchos. Somos casi 500.000 (para mil millones de católicos o siete mil millones de personas que vivimos en el mundo) y somos amados, ignorados y odiados. Amados por quienes reconocen que la fuerza de la acción que ellos realizan viene de Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote. Ignorados por un buen número de personas que les da igual quienes seamos. Odiados por razones ideológicas: no están de acuerdo con la religión, o por razones políticas, o porque la Iglesia se opone a un determinada ideología. ¡Y éstos hacen bulla!
El resultado de todo esto es que muchos jóvenes hoy no se plantean como proyecto de vida el ser sacerdotes. Y es una lástima. La vocación (cualquiera que ella sea) llena los anhelos de la vida. Un docente que lo hace por vocación, no obstante todas las contrariedades, se sentirá satisfecha de su vida. Lo mismo un médico. De manera más excelsa, un sacerdote y por una razón inmensa y sencilla: porque es Jesús quien nos llama y es a Jesús quien servimos.
A veces los que odian a los sacerdotes, con sus campañas de desprestigio, hacen turbar el ánimo. Les tachan injustamente de cosas que no han hecho y no reconocen las cosas buenas que hacen. No importa. La labor que realizan los sacerdotes (al igual que la labor de mamá en casa) no la hacen para recibir el aplauso de los hombres, sino el aplauso de Dios que es el que verdaderamente importa.
Nosotros como comunidad cristiana tenemos la obligación de no solo no denigrar la vocación al sacerdocio (o la vida religiosa) sino promoverla. La principal forma de promover la vocación al sacerdocio es orar: pedir al Señor que nunca falten a su Iglesia sacerdotes para la atención de los fieles; que el llamado del Señor encuentre corazones generosos que reciban su llamada. Otra manera de promover es plantear a los jóvenes el llamado del Señor: no tener ningún empacho de decir a los jóvenes que piensen que el Señor Jesús puede estar llamándoles a seguirle como lo hizo con Andrés y Pedro; al igual que lo hizo con Santiago y Juan.
¡Que nunca falten, Señor, sacerdotes a tu Iglesia!
¡Que el Sumo y Eterno sacerdote nos bendiga hoy y siempre!

sábado, 17 de enero de 2015

GLORIFIQUEN, PUES, A DIOS CON EL CUERPO



En la segunda lectura de la Misa de hoy, escuchamos un extracto de la primera carta a los Corintios. Corinto, en la época de San Pablo, era una ciudad puerto, y allí había cualquier cantidad de malos hábitos.
San Pablo era un hombre “echao pa’ lante” y no tenía miedo de predicar a Cristo aún en los ambientes más rudos. Allí es donde se debe mostrar más el amor de Cristo Jesús. El mensaje de conversión era uno de los elementos del primer anuncio: “Ustedes no conocieron a Cristo para vivir entregados al vicio” (Ef 4, 20)
No obstante hayan recibido el mensaje de salvación, algunos cristianos de Corinto habían vuelto a sus antiguas prácticas y Pablo les recuerda el mensaje del Evangelio: Todos ustedes son de Cristo Jesús, no usen su cuerpo para fornicar. Para entendernos bien: fornicar es cualquier relación sexual fuera del matrimonio. Las cosas no han cambiado mucho en dos mil años: hoy el mundo está inmerso en una cultura del sexo, en una sexualidad mal entendida.
Hoy se predica un liberalismo absurdo y se ha hecho del culto al cuerpo la norma de vida. Hoy hay personas que gastan lo que no tienen por transformar su cuerpo y convertirse en alguien atractivo para el sexo opuesto. Llegan a extremos de tener un físico artificial o a perder la paz del alma y hasta la razón por conseguirlo. Todo para comportarse como el macho o la hembra de la especie, no como un varón o una dama.
El problema de interpretar todo el clave de sexo es que elimina en el ser humano la capacidad de amar, la capacidad de donarse al otro. Fornicar o el culto al sexo hace que el ser humano abandone el culto a Dios y que se oriente el culto a sí mismo o a la moda o al sexo.
Con nuestro bautismo pasamos a formar parte del Cuerpo de Cristo. Eso quiere decir que todo lo que hagamos con nuestro cuerpo afecta al Cuerpo de Cristo Jesús. Ciertamente, hoy se hace más difícil vivir rectamente la sexualidad toda vez que el mundo empuja a todos a vivir según la mentalidad del mundo. De hecho, el mensaje de la Iglesia es ignorado o hasta objeto de burla. No importa. Jesús y la Iglesia seguirán anunciándonos el mensaje: toda tu vida es vida en Cristo Jesús. Vive con respeto a los mandamientos que te llevarán a la salvación eterna.
¡Que Jesús nos bendiga hoy y siempre!

sábado, 10 de enero de 2015

¡SE HIZO UNO DE NOSOTROS!



Cada hecho en la vida del Señor puede enseñarnos mucho. Dependerá del interés con el que nos acerquemos a la Palabra. Hoy, de entre las tantas cosas que podemos aprender:
El Señor en su vida terrena no quiso distinciones. Se hizo uno semejante a nosotros menos en el pecado. Una de las tantas cosas que el Señor recriminaba a los fariseos es el hecho de que hacían las cosas solamente para que los viera la gente y así recibir el aplauso de ellos. No les importaba el testimonio: se buscaban ellos mismos. El Señor desde los inicios de su vida pública dio muestras de que no quería ser muy diferente a los hombres normales como tú o como yo. Se acercó al Jordán como cualquier otro sin tener necesidad de ello. En el evangelio según San Mateo (3,13–15) hay un diálogo donde Juan Bautista se resiste pero el Señor le insta a cumplir la Voluntad del Padre. ¡Jesús es uno de nosotros!
Somos nosotros los que ponemos límites a la acción del Espíritu Santo. Juan Bautista fue muy claro: Jesús los bautizará a ustedes con el Espíritu Santo. Jesucristo, el Señor de todos (Hech 10, 36) ha instituido un sacramento para iniciarnos en la vida divina y con ese sacramento nos transmite el Espíritu Santo que, a partir de ese momento, comienza a vivir en nosotros. Su presencia se perfecciona con sus dones en el sacramento de la Confirmación. Nosotros tenemos al Santificador en nosotros. Cada uno de nosotros ha sido bautizado con el Espíritu Santo porque somos el objeto predilecto del corazón de Dios. Fuimos ungidos porque el Señor quiere hacer cosas grandes en nosotros y con nosotros. 
Los cristianos dejamos apagar el fuego del Espíritu. El miedo, la vergüenza, darle importancia al qué dirán los demás, buscar mil excusas, no querer comprometerse, el orgullo, la soberbia, falta de confianza, la duda, la superstición…. todas esas cosas le ponen grilletes y barrotes a la acción del Espíritu. ¿Por qué no hemos crecido más como comunidad cristiana? ¿Por qué cada vez cuesta más hallar vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada? ¿Por qué cuesta tanto los proyectos pastorales de la Iglesia? ¿Por qué no hemos logrado diferentes servicios en las parroquias? La respuesta es sencilla: no hemos dejado actuar al Espíritu que recibimos desde nuestro bautismo.
Jesús el Señor de todos te lo pide: no pongas freno a la acción del Espíritu.
¡El Señor nos bendiga a todos!

sábado, 3 de enero de 2015

La Epifanía del Señor


La Iglesia celebra este domingo la decisión libre del Señor de darse a conocer –manifestarse– a todos los pueblos. Y eso significa epifanía: manifestación.

Son muchas las reflexiones que podríamos hacer hoy, partiendo de las lecturas de la Misa. Hoy te dejaré dos, tomadas de evangelio de hoy:

Los reyes no eran judíos ni creyentes en el Dios verdadero. Sin embargo, tenían el mérito de buscar con sinceridad la verdad sea cual fuere. Y se encontraron con la verdad: Cristo Jesús. En la ciencia que Dios les concedió conocer, llegaron a la convicción cierta de que el Niño que había nacido era Dios, hombre y rey verdaderos. Y comprometieron su vida: salieron de sus hogares a buscarlo y llevarle unos obsequios de reconocimiento. De ellos debemos aprender el compromiso con la verdad –Cristo Jesús– empeñando en ello nuestra propia vida.

Herodes conoció la verdad (sus sabios se lo dijeron) pero no se comprometió con ella; prefirió el mal antes que a Cristo Jesús. Nosotros los venezolanos somos muy amigos de utilizar imágenes bíblicas para marcar a las personas: a los que son vendidos y traidores se les llama Judas, a las que lloran las llaman Magdalenas; si hay tres amigas muy unidas las llaman “las tres Marías”. Siendo un poco más honestos moralmente, muchos podrían ser identificados con Herodes: conocen la verdad que los libera pero no se comprometen con ella. Les da miedo abandonar lo que hasta entonces es su modo de vivir. En palabras del Papa Francisco, “prefieren la cebolla y el ajo de la esclavitud en lugar del pan de la libertad”. Hoy hay personas que no solo no aceptan el mensaje de liberación, sino que se comprometen con una vida alejada de Dios: tal como Herodes. No quería saber para ir a adorar al Niño. Quería matarlo porque significaba un peligro para su modo de vivir. Y vaya que quería matarlo: mandó a matar a todos los niños menores de dos años.

Son dos actitudes diferentes con respecto a la Verdad (Cristo Jesús) que interpelan a todos los creyentes. ¿Cuál es nuestro compromiso con la Verdad que nos libera? ¿Empeño mi vida por Cristo o todavía me da miedo abandonar mi modo de vivir alejado de Dios?

Que Jesús, el Señor que se ha manifestado a todos los pueblos, nos bendiga hoy y siempre.

sábado, 13 de diciembre de 2014

El Testimonio


El Evangelio de hoy nos propone la figura de Juan El Bautista, pero no como la presentan los demás Evangelistas (el que anuncia la próxima presencia del Señor) sino como lo presenta de manera particular: “Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz”.

Desde hace unos domingos hemos estado reflexionando sobre la invitación que nos ha hecho la Iglesia: a mantenernos alerta ante la venida del Señor, a mantenernos irreprochables hasta su venida, a considerar la santidad y la entrega que hemos de vivir esperando la venida del Señor. Este llamado que nos hace la Iglesia no es para vivir como puritanos, o como eran llamados en la época del Señor, “fariseos”, de tal manera que vivamos separados de los demás. No. El cristiano sabe que vive en medio del mundo, pero que no por eso debe dejarse llevar por todas las corrientes del mundo.

Hay cosas en el mundo que no tienen nada de malo, otras sí. San Pablo, como lo escuchamos hoy en la segunda lectura, nos invita a no rechazar todo, al contrario: “sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Absténganse de toda clase de mal”. Todo lo que se pueda aprovechar y vivir del mundo, pero que no nos aleje de nuestro amor exclusivo a Cristo Jesús, podemos hacerlo parte de nuestra vida. Sin problema. En cambio, todo lo que nos aleje de Jesús, todo lo que sea malo, debemos desecharlo de nuestra vida. Y esto es un mandato de Cristo Jesús.

El testimonio de vida cristiana, el testimonio de nuestra fe es un deber primordial hoy. Hay que erradicar de la boca de la gente que “ser católico” no es sinónimo de “ser sinvergüenza”. El cristiano católico debe vivir con coherencia su fe, sin llegar a los extremos de parecer extraños a los demás. Saber que el Señor nos ha salvado y nos ha elegido, y por eso podemos decir como el profeta en la primera lectura: “El espíritu del Señor está sobre mí,  porque  me  ha  ungido  y  me  ha  enviado  para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y a pregonar el año de gracia del Señor”.

sábado, 6 de diciembre de 2014

La casa en orden



Hay personas que son maniáticas del orden, otras que el orden les importa un comino. Hay también personas ordenadas. El orden y el desorden en las casas son de las cosas más criticadas por propios y extraños.
En el alma sucede algo similar. Es nuestra casa interior donde descansan los afectos, las ideas los sentimientos, las decisiones… Es, en definitiva, la fuente de nuestro actuar y vivir cotidiano. Y ella puede estar en orden o en desorden. El orden siempre nos permitirá vivir mejor, de eso no nos debe quedar la menor duda.
El mayor desorden que puede encontrar una persona en su alma es haber olvidado a Dios. Y resulta fácil o muy común el que no se valore a Dios tal cual es, sino que se le deje en un segundo o tercer lugar. No le dedican tiempo para hablar con Él, no tienen el empeño de conocer la Voluntad del Señor. Les da pereza ir a la Iglesia, pero van al estadio a ver el partido de béisbol. No quieren reconciliarse con Dios en la confesión, pero le cuentan su vida y pesares a cuanto compañero de farra encuentren.
Eso es un síntoma de tener un desorden en el alma.
En las lecturas de la Misa de hoy se nos invita a poner nuestra casa interior en orden: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”. A lo largo de nuestra vida podemos ir cambiando nuestras prioridades no siempre en el orden correcto. Toma en consideración que la sociedad, en especial la sociedad mediática, no tiene a Jesús como prioridad. Al contrario, es fácil percibir como se quiere alejar a Jesús de todo los ámbitos. Quieren cambiar hasta el sentido de la Navidad. Eso es lo que Jesús llama “el mundo” que no lo quiere y que hará todo lo posible para porque Jesús no reine.
Hoy el llamado es a ti, a tu alma: pon orden. Si has descuidado el trato con el Señor Jesús, entonces es hora de rectificar. Si has descuidado otros deberes, entonces, es hora de rectificar. Pero no olvides jamás que el Señor Jesús va siempre en el primer lugar. Sin excusas.
En este tiempo de adviento (preparación para celebrar el nacimiento del Dios y Salvador Jesucristo) es el tiempo más propicio para examinarnos y rectificar. Pide ayuda al Espíritu Santo quien no dudará en concedértela.
¡Que el Señor Jesús te bendiga!

viernes, 28 de noviembre de 2014

Somos barro en la mano del Señor



 Ciertamente, el Evangelio de hoy resulta una invitación a no bajar la guardia en nuestra fidelidad. En este tiempo que media entre la primera y la segunda venida del Señor, tendremos muchas tentaciones de bajar los brazos y desistir en la lucha atenta y vigilante.

No obstante, hoy quisiera dejarte una reflexión sobre la primera lectura de la Misa de hoy. Tiene una belleza particular. El profeta ha sido testigo de un momento especial en la historia de Israel. Los deportados y los hijos de los deportados vuelven al territorio de Israel. La encuentran muy descuidada y deprimida. Muchos de los retornados se habían alejado de las prácticas de la religión hebrea y se habían olvidado de los mandamientos de Dios.

El profeta hace una oración/meditación en la que recuerda el amor de Dios por su pueblo, amor que ha llevado de librarlos de sus enemigos. El profeta le llama “Padre y Redentor”. A ese Padre, el profeta pregunta: “¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?”. El profeta recuerda que aunque Israel torciera el corazón, Yahweh jamás dejó de velar por ellos. Los israelitas se alejaban de Yahweh a tal punto que la justicia (santidad) de ellos era comparada  como un trapo asqueroso. Era tal la situación de pecado que todos se sentían arrastrados por el mal.

En este cuadro dramático, ¿dónde estaba Dios? Yahweh nunca los dejó abandonados. El profeta recuerda el amor de Dios que no cambia: “Señor, tú eres nuestro Padre”. El profeta se deja llevar por el amor de Yahweh utilizando una imagen muy linda: “nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”

Este es un pensamiento hermoso para este tiempo de adviento: nosotros somos barro en las manos del Señor y Jesús es el alfarero. Dejemos que él haga su obra en nosotros.

¡Que Jesús bendiga todos los corazones de tu familia hoy y siempre!