domingo, 10 de septiembre de 2017

La Corrección fraterna, una manera de amar al prójimo

Hoy las lecturas de la Misa nos invitan –a todos sin excepción– a que perdamos el miedo a corregir. De hecho, es un mandato divino corregir al que está equivocado o al que lleva su vida por mal camino. Las razones son muy sencillas:
1) En la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos, San Pablo nos invita a cumplir el mandamiento del amor al prójimo. Hoy, en el Evangelio, el Señor nos enseña una forma de cumplir este mandamiento: Corregir al que está equivocado (al que va por mal camino). Si amamos al prójimo, entonces buscaremos no solo no hacerle mal, sino que procuraremos su mayor bien. Alejarlo del mal es una manera de amar.
2) Somos también responsables de la vida y salvación de los demás: “Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”. Si esa persona forma parte de la Iglesia porque ha recibido el bautismo, entonces es hermano nuestro. Hay una responsabilidad mayor. Nuestro Señor así nos enseña: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano”.
Hoy Satanás –el enemigo– se está apuntando un éxito: hoy muchos cristianos han dejado de lado la Palabra y han puesto otras frases por encima de su Voluntad Santísima: “Vive y deja vivir”; “Cada quien puede hacer lo que quiera”; “No te metas en problemas”. Todo esto para no llevar a la práctica la corrección fraterna.
Hoy existe una tendencia a cambiar la Palabra de Dios, por palabra humana. Precisamente, por dejar de lado la Palabra, el mal se extiende justo delante de nuestras narices. Y no hacemos nada.
Hoy se ponen muchas excusas. Algunas absurdas como “no sabes quién te está grabando o si agarra alguna cosa tuya para hacer brujería”. ¡Qué falta de fe! Se ignora cuánto dolor se inflige al Sagrado Corazón de Jesús cuando se pone en duda su omnipotencia.

Si queremos que los cristianos influenciemos sobre nuestra sociedad, entonces perdamos el miedo a corregir: es un mandado divino. Así pondremos nuestro grano de arena para hacer de nuestra sociedad una sociedad mejor y una Iglesia mejor.

sábado, 19 de agosto de 2017

En la Iglesia no hay extranjeros sino fieles



En la historia de la salvación, la relación del Pueblo de Israel con los extranjeros ha sido muy variada. Inicialmente, los extranjeros eran rechazados porque resultaban un peligro para la fe, aunque hubo excepciones como Rahab o Rut. Después del exilio en Babilonia, muchos extranjeros manifestaron su admiración por la religión de Israel algunos llegaban a la conversión y otros, al menos, respetaban sus prácticas religiosas.
De hecho, después del exilio, los mensajes de los profetas tenían un marcado tinte universalista: la salvación es para todo aquel que quiera cumplir la Voluntad de Dios Todopoderoso. Así lo escuchamos en la primera lectura: “A los extranjeros… los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración”.
Es toda una invitación a la reconciliación, rompiendo odios y prejuicios. Si el Señor no hace distinción para brindar su salvación, el Pueblo de Israel tampoco debe hacer distinción. Ahora bien, esa pertenencia al Pueblo de Dios no es por un vínculo jurídico, sino por la fidelidad a la Voluntad Divina: “A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, a los que guardan el sábado sin profanarlo y se mantienen fieles a mi alianza, los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración”
Después de Pentecostés, el mensaje de salvación se extendió a los gentiles, a tal punto que en un breve lapso, los no judíos eran la mayoría de la Iglesia. Los judíos no quisieron reconocer a Jesús como el Mesías y Pablo sufre por eso. Sin embargo, ellos siguen siendo el Pueblo Elegido porque “Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección”. Sin embargo, en la Iglesia no hay judíos ni griegos: Todos somos igualmente miembros de la Iglesia.
En el evangelio de hoy, el Señor Jesús se encuentra con una mujer sirofenicia o cananea. En este relato notamos una secuencia particular, que, dicho sea de paso, puede coincidir con muchos momentos de nuestra vida:

La mujer está pasando por un momento difícil, desesperado. Y eso la lleva a encontrarse con Jesús. El relato dice que su hija estaba atormentada por un demonio que seguramente haría sufrir mucho a madre e hija. La adversidad siempre será un momento privilegiado para acercarse a Jesús.

Los discípulos se acercan al Señor e interceden por ella. Su queja, su lamento eran ya tan notorios que no podían ignorarla, y se mueven no por misericordia, sino porque les fastidia. Un punto interesante sobre el que podemos evaluar cuál es nuestra intensión al pedir al Señor.

Jesús no responde de inmediato. De hecho, les hace saber a los discípulos que su acción es otra: convertir primero a Israel. Probablemente, esta afirmación del Señor obedece al hecho de que quería purificar el corazón y las intenciones de la mujer sirofenicia. Ella no se rinde. De hecho se acerca completamente al Señor y le pide con simplicidad: Señor, ayúdame.

El Señor la trata con mucha dureza. Quiere que ella saque lo mejor de sí, que se vuelque totalmente en una confianza absoluta en el Señor. La llama como los israelitas llamaban a los cananeos: perros. El Señor Jesús la prueba.

Su confianza en el Señor, ya consolidada, le lleva a aceptar la prueba y confiar más. Es consciente de que no merece la intervención del Señor, pero, confiada, espera en la misericordia divina. Acepta ser llamada “perrito” y eso no se convierte en un obstáculo para la fe. No se deja llevar por los prejuicios.

La respuesta de Dios depende de la fe de quien pide. Así se lo hace saber el Señor.

Podemos aprender mucho del Evangelio se nos acercamos con interés. Este pasaje nos enseña como confiar en el Señor en las adversidades y en las pruebas, a no dejarnos llevar por los prejuicios y a ser fieles al Señor.

sábado, 5 de agosto de 2017

Discípulos y misioneros



Hace unos diez años, la Conferencia de Obispos de América Latina y del Caribe reunida en Aparecida, Brasil, propuso el camino para la Iglesia de esta tierra en la clave de discípulos misioneros: Todos los cristianos católicos debemos reconocer, aceptar y vivir que estamos en constante aprendizaje del Maestro; al mismo tiempo, el Maestro nos pide que vayamos a contar a los demás nuestra experiencia del encuentro con Él.
En el relato del Evangelio de nuestra Santa Misa de hoy es el de la Transfiguración del Señor. En él escuchamos el mandato en la voz del Padre: : “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. La escucha es la actitud propia del discípulo (Is 50, 4). El mandato del Padre es pues, estar atento a lo que el Maestro Jesús nos enseña, camino de salvación, de redención, de felicidad y de encuentro.
Por otra parte, está la invitación del Señor de ir a anunciar a los demás las maravillas del Señor, normalmente después de un encuentro transformador con Jesucristo: al endemoniado de Gerasa (Mc 5,19); a los discípulos de dos en dos (Mc 6,7); a todos los discípulos (Mt 28, 19; Mc 16, 15). Tenemos el ejemplo del mismo San Pedro: Cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos en toda su grandeza (2Pe 1, 16).
Solo podremos anunciar a los demás, con unción y con poder, cuando hayamos tenido nuestro propio encuentro con Jesús. Tenido ese encuentro, nos pondremos en actitud de escucha, para, al mismo tiempo, llevar a los demás el testimonio y el mensaje de Cristo Jesús.
Ciertamente, no podemos obviar el hecho de nuestra condición humana. Podemos fallar y es seguro que en algún momento de nuestra vida seremos débiles y cederemos a la tentación. Cuando estemos débiles, caídos, escuchemos la voz del Señor que nos dice: “Levántense y no teman”. El Papa Francisco nos lo ha dicho en alguna ocasión: “La moral cristiana no es no caer jamás, sino levantarse siempre, gracias a su mano [la de Jesús] que nos toma” (Papa Francisco, Discurso al Movimiento de Comunión y liberación, 7/3/2015).
Encuentro con Jesús, discípulo y enviado a anunciar a los demás el mensaje de salvación. ¡Qué Jesús nos bendiga!

sábado, 29 de julio de 2017

El discernimiento


            El pasaje del evangelio de hoy nos presenta unas imágenes del Reino de los cielos o Reino de Dios, que es algo tan valioso que vale la pena dejar todo para formar parte de él, como un tesoro escondido en un campo o una perla de gran valor.

                A ese Reino estamos invitados todos, pero al final, el Señor sabrá distinguir entre quienes forman verdaderamente parte del Reino, porque hicieron su opción por él, y los que no forman parte y nunca lo hicieron porque no supieron entregar su corazón a Jesucristo. Tal como hace un pescador que separa los peces buenos de los peces malos después de una gran pesca.

                Los valores del Reino –la enseñanza de Cristo Jesús– son eternos. No pasan. Están vigentes con el paso del tiempo. Son principios que podemos y debemos aplicar en las diversas circunstancias de la vida. Ese mensaje está en la Biblia, está en la tradición que custodia la Iglesia desde hace unos dos mil años. Solo queda que cada uno de nosotros acceda a ellos, los conozca, los asimile y los haga vida.

                Ciertamente, para poder vivir el mensaje de Cristo, hemos de actualizarlo permanentemente, para saber poder aplicarlo en cada instante y así encontrar la alegría de vivir como Jesús espera de nosotros. Salomón pidió sabiduría para saber regir a un pueblo numeroso, como lo escuchamos en la primera lectura. Nosotros debemos saber discernir cada situación de  nuestra vida a la luz de la Palabra.

                Ese discernimiento solo será posible si conocemos la inmensa riqueza de sabiduría que nos ha dejado el Señor Jesús. Seremos como el padre de familia que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. Valores y principios que, válidos con el paso del tiempo, nos permiten aplicarlos en los casos concretos de nuestra vida.

                Ese discernimiento, el saber distinguir lo bueno de lo malo, solo será posible si accedemos al inmenso tesoro que es Cristo Jesús, su vida y su mensaje. De lo contrario, seremos necios dejando esa riqueza en el olvido, dejándonos llevar por cualquier vientecillo de doctrina pasajera.

                Por eso, para saber discernir: Conoce, vive y ama a Jesucristo.

sábado, 24 de junio de 2017

Sacúdete lo que digan los demás


Todos los seres humanos tenemos un deseo, mayor o menor, de ser perfectos y de aparecer así a los demás. En ese particular, hay algunos que son más perfeccionistas que otros. Hay casi un denominador común: a nadie le gusta que otras personas hablen mal injustamente de sí mismo.

Los que han decidido seguir a Cristo Jesús tienen el propósito serio de hacer las cosas bien. Quieren agradar a Jesús con la propia vida y quieren hacer lo mejor posible todo. Se toman en serio el papel de ser ejemplo y testimonio ante todos, creyentes o no, del seguimiento a Cristo.

Sin embargo, hay algo para lo cual no está nadie preparado. Es inevitable que otras personas hablen de nosotros. Por múltiples razones.

Hay personas que tienen un placer morboso de arruinar la felicidad y la buena fama de otros.

Hay personas que destrozan la buena fama de los demás, solo para ellos quedar bien o infundir miedo en la población.

Hay personas que el buen ejemplo de otros les resulta un reproche, y para acabar con esa situación incómoda, destrozan la buena fama de otros.

Hay personas que no soportan que les digan la verdad o que los corrijan. Entonces, comienzan a denigrar de los demás como la única medida de tolerar su miseria.

Otros simplemente son políticos y han hecho de ese oficio la cosa más asquerosa, y su “misión” es destrozar la buena fama de otros.

El profeta Jeremías, en la primera lectura de la Santa Misa de hoy, eleva una oración al Señor donde le manifiesta que siente que hablan mal de él, que planean su muerte, que hay personas que le siguen no por ser profeta del Dios Altísimo, sino porque quieren vigilar sus pasos para ver en qué pueden denigrarlo. En esa misma oración, el profeta renueva su confianza en el Señor y sabe que con Él a su lado sabrá superar las escaramuzas que le pongan sus enemigos.

En el Evangelio de hoy, Nuestro Señor Jesucristo nos invita no solo a tener esa confianza ilimitada en el Señor, sino que además nos da el argumento: ellos no pueden acabar con el alma, podrán tal vez herirte o hacerte daño físicamente, pero no podrán librarte de la dicha de la felicidad eterna a la que estamos llamados.

Todo está en las manos del Señor. En su providencia, el prevé el bien para todos aunque en el momento presente no podamos percibirlo así. Así que hemos de renovar la confianza en Él.

Finalmente, lo que puedan decir los demás no debe ser jamás un obstáculo para dar testimonio. Al contrario, es cuando debemos armarnos más de valor. El Señor Jesús nos recuerda que si nosotros, por cobardía, renegamos el Él, también Cristo nos negará ante el Padre. Si somos fieles, tendremos el mejor abogado ante el Padre: Jesús el Señor.

sábado, 20 de mayo de 2017

Dar razón de nuestra esperanza (1Pe 3, 15)


En la segunda lectura de nuestra Santa Misa de hoy, escuchamos un pasaje de la primera carta de San Pedro. El primer Papa escribe consciente de su misión de confirmar en la fe a todos sus hermanos de todos los tiempos. Hoy, la Iglesia propone para nuestra consideración un consejo válido siempre, que además debe ser la actitud perenne del creyente: estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza.

¿En qué espero? ¿En qué confío? En que si permanezco fiel a Jesucristo, Él me concederá la vida eterna. ¿Cómo muestro ser fiel? Ya escuchamos la respuesta en el evangelio de nuestra Misa: El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Aceptando los mandamientos de Jesús y cumpliéndolos. Es la consecuencia lógica y necesaria de aceptar a Jesús como mi Salvador y mi Señor.

La adversidad suele ser la excusa mayor por la cual las personas dejan de ser fieles al Señor. Resulta más cómodo para las personas abandonar la fe en Cristo Jesús, por la que nos llamamos cristianos, y seguir el modo de vivir del mundo. Así, para un joven resulta más llevadero vivir de parranda en parranda, de fiesta en fiesta, de salida en salida, de ocio en ocio… y no dedicarle un rato al Señor Jesús en oración o en la Santa Misa dominical. Y así como decimos de los jóvenes, decimos de cualquier persona, adultos inclusive.

Ciertamente, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones, la adversidad ha formado y formará parte de nuestra vida, hasta el último día. Resulta un poco absurdo ignorar la vida eterna por la adversidad en esta vida. A lo que nos llama Cristo Jesús es a dar testimonio con nuestra vida, incluso, dejando en evidencia a aquellos que denigran de la verdadera fe: Veneren en sus corazones a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia. Así quedarán avergonzados los que denigran la conducta cristiana de ustedes.

Debemos ser conscientes de que no debemos esperar el aplauso de los hombres, sino el aplauso definitivo de Jesús en el cielo. Por eso, debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza.

Bendiciones para todos.

sábado, 13 de mayo de 2017

Acérquense a Jesucristo (1Pe 2,4)


En la segunda lectura, tomada de la primera carta del Apóstol San Pedro, hace un llamado, perenne por demás, a acercarnos a Jesucristo. Él es el objeto de mayor valor al que podemos aspirar puesto que es “rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios”. Ciertamente, hay algo que no podemos negar: Jesucristo no es del aprecio de la mayoría de los hombres porque un encuentro con Él hace que cambiemos. Y los hombres no son muy proclives al cambio.

La primera consecuencia del encuentro con Jesús es la vida. Ya escuchamos en el evangelio de la Misa de hoy que Jesús es el camino, la verdad y la vida. Él es la vida. Solo que no en el sentido que podamos entenderlo el día de hoy (algo como signos vitales o como capacidad de rumbear, o algo así). Esa no es la vida que nos ofrece Cristo Jesús: nos ofrece la vida eterna, nos ofrece una nueva manera de vivir, nos ofrece una nueva manera de ver el mundo, nos ofrece la felicidad verdadera como la genuina manera de vivir.

No es fácil explicarlo. La única manera de lograr una comprensión de la vida que es Cristo, de la vida que nos ofrece Cristo Jesús es teniendo un encuentro con Él, siendo dóciles a su Palabra, dejándonos guiar por el Espíritu Santo. Entonces, comenzaremos a vivir la vida verdadera.

La Santa Madre Iglesia nos enseña que nos encontramos con Jesús cuando nos acercamos a los sacramentos, en especial, la Eucaristía y la Confesión; también nos acercamos a Cristo cuando leemos y meditamos su Palabra en la Sagrada Escritura. Encontramos a Jesús en la oración, en ese diálogo confiado con un amigo, con nuestro Padre o con nuestro Guía. Encontramos a Jesús en el hermano necesitado. Finalmente, encontramos a Jesús en la comunidad de creyentes, cuando compartimos nuestra fe en las celebraciones religiosas con nuestros hermanos.

La nueva vida que nos ofrece Cristo Jesús tiene un carácter sacerdotal: de saber ofrecer todo al Señor cual si fuera un sacrificio: desde nuestra jornada en la mañana hasta todas y cada una de las cosas que hacemos o sobrellevamos cada día. Por eso somos sacerdotes: porque ofrecemos a Cristo Jesús nuestra vida. Ciertamente, ese sacerdocio no tiene carácter ministerial. Es lo que la Iglesia ha llamado sacerdocio común de los fieles.

Este sacerdocio es consecuencia del acercarnos a Jesús: “porque ustedes también son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo”.

No dudemos en acercarnos a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. En Jesús encontraremos la vida, con Jesús seremos también sacerdotes.