sábado, 15 de noviembre de 2014

LA PARÁBOLA DE LOS TALENTOS



Ya desde el inicio de este mes, las lecturas de la Misa Dominical nos invitan a considerar las cosas últimas o postrimerías: la muerte, el juicio, la segunda venida del Señor. Todo el cap. 25 de San Mateo trata sobre la segunda venida del Señor. Hoy la Iglesia nos presenta la parábola de los talentos.
Para conocer mejor la profundidad de esta enseñanza de Jesús, te propongo que prestes atención a algunos detalles:

  • Los servidores: son los cristianos (tú y yo) que deben hacer fructificar los dones recibidos para el crecimiento del Reinado de Dios.
  • El talento: era una medida (una moneda ficticia) que equivalía a 35 o 42 kilos de oro. Para que te hagas una idea, cinco talentos equivaldría al salario de un trabajador para cien años. El Señor quiere referirse a algo muy valioso.
  • El Señor no les da a todos por igual, sino según la capacidad de cada uno. Pero también les exige personalmente.
  • La actitud del que recibió un talento es similar a la del cristiano mediocre que en vez de dar un testimonio de su fe en Jesús, acalla su conciencia diciendo: “no me meto en problemas y mejor me callo o no hago nada”.
  • El Señor Jesús nos exigirá cuentas de nuestra vida personalmente. Así como lo escuchamos en la parábola: los llamó uno por uno. Eso es lo que se llama el juicio particular: cuando cerremos los ojos a este mundo, nos encontraremos con el Señor Jesús y Él será nuestro juez.
  • El premio a la fidelidad será vivir felices eternamente con Jesús: “Te felicito, siervo bueno y fiel… Entra a tomar parte en la alegría de tu señor”.
  • El no “quererse complicar la vida” o “no querer meterse en problemas” o “vivir un cristianismo a mi manera” no servirán de explicación a Jesús. Si Jesús nos ha concedido sus riquezas: la Palabra, los sacramentos, los mandamientos, la oración, el mandamiento de amor fraterno… ¡es para que lo pongamos en práctica y lo divulguemos a todos los hombres!
  • A los que no son fieles, el Señor Jesús los destinará a las tinieblas, al lugar del llanto y la desesperación. No irá al cielo, no será feliz eternamente, no entrará en comunión eterna con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; sino que va a un lugar de sufrimiento, de tristeza, de desesperación. Eso lo conocemos como el infierno.

Jesús espera que pongamos a producir los tesoros que nos ha dejado. ¡Seamos fieles a Jesús! y Él derramará sobre nosotros sus bendiciones.

sábado, 8 de noviembre de 2014

REPARA EN LOS DETALLES…


Esta parábola, que solo encontramos en el Evangelio según San Mateo, se refiere a la segunda venida del Señor Jesús y la actitud que debemos tener los creyentes. No obstante sea claro el mensaje del Señor, hay que tener por muy cierto que Jesús no da puntadas sin hilos. Hay algunos detalles sobre los que quiero llamar tu atención.

El primer detalle es: se trata de una boda. Es una imagen festiva, de alegría, de encuentro. El Señor Jesús usa en varias ocasiones la imagen de una boda y en el libro del Apocalipsis se usa la figura de una boda (las bodas del Cordero) para hablar de la instauración del Reino de Dios.

Segundo detalle: el aceite. Es un producto normalmente de origen vegetal. Era muy apreciado y tenía múltiples usos: para bendiciones y consagraciones; también tenía uso medicinal y cosmético (para perfumes). También se usa para llenar las lámparas que iluminan los hogares. El aceite, para algunos Santos Padres, es un símbolo del corazón del hombre lleno de la Gracia y del amor de Cristo. (Por eso es que las previsoras no comparten su aceite: el corazón es intransferible).

Tercer detalle: La luz. Las lámparas han de estar encendidas (una lámpara apagada solo sirve de adorno). La luz es el testimonio que nace del corazón lleno de la gracia y del amor de Cristo (Mt 5, 14–16)

Cuarto detalle: “Estar con las lámparas encendidas” era una frase de uso coloquial en esa época que quiere decir “estar siempre dispuesto” (Lc. 12, 35–36)

Quinto detalle: A todas las jóvenes les dio sueño y se durmieron. Lo que significa que por cansancio o por debilidad dejaron de estar atentas en la espera. Todas sin distinción. Es interesante que el Señor indique este detalle porque quiere señalar que todos, sin distinción, podemos en algún momento de nuestra vida flaquear o apartarnos del camino. La diferencia entre ambas radica en que cuando oyeron el llamado, las previsoras volvieron a la riqueza de su corazón mientras que las necias no pudieron hacerlo.
        Sexto detalle: El Señor fue muy claro y duro con las necias. Las jóvenes formaban parte de la corte de la novia. De algún modo, el novio las conocía, pero al no entrar con él a la fiesta de bodas, negó conocerlas y no les permitió entrar. En todos nosotros tiene que existir la conciencia de que Jesús es misericordioso, pero también es justo. Él perdona, sí, pero también exige que tengamos un amor especial por Dios, sobre todas las cosas, y un amor especial por los demás. Aceptarlo a Él significa apartarse del mal. Los que viven tibios o con medias tintas recibirán este mensaje de Jesús: “No te conozco

¡Jesús te bendiga!
 

domingo, 26 de octubre de 2014

El mandamiento más importante



En el Evangelio de nuestra Santa Misa de hoy sigue la “cayapa” contra Nuestro Señor Jesucristo. Como el Señor había puesto en evidencia a los saduceos, ahora se acercan los fariseos para ponerlo a prueba. No se les ocurre otra cosa que preguntar a Jesús por algo que se la pasaban discutiendo todo el tiempo: ¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley? Y la pregunta tiene algo de razón, porque existían un buen número de preceptos y prohibiciones. Algunos maestros de la ley daban más importancia a algunos y otros maestros afirmaban que eran más importante otros. Existía una especie de relativismo moral.
Jesús, la Sabiduría de Dios hecha carne, responde con sencillez: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.
El primer mandamiento formaba parte de una oración que los judíos recitaban con frecuencia: el shemá Yisrael (Deut 6, 4ss) Es prácticamente inexcusable que algo que repetían todo el día no les resultase claro.
Y ahora Jesús, nuestro Maestro, nos da una clase magistral: el fundamento de toda la vida cristiana es el amor: a Dios, al prójimo y a uno mismo. En ese orden.
A la pregunta ¿qué es el amor?, la respuesta puede ser complicada. El amor no es sentimiento, no son alteraciones orgánicas, no es sexo. Fundamentalmente, el amor es una decisión de una persona de procurar todo el bien y la felicidad para otra persona. Esa decisión se traduce en acciones: un amor que no se manifiesta, se muere.
Hoy y siempre, el amor tiene enemigos. Hay algunos que son manifiestos: poetas, cantantes, publicistas y políticos quieren que las personas piensen que amor es sexo, regalos, juguetes, sentimientos, etc. Hay uno que es difícil de aceptar porque puede estar dentro de cada quien: el egoísmo.
El egoísmo es inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidar el del de los demás. Para ponerlo gráficamente: primero: yo; segundo: yo; tercero: yo, y finalmente: yo. ¿Qué pasa con los demás? No sé, aparte de que no me importa. Sólo me intereso por ellos cuando los necesito.

El egoísmo es una enfermedad del alma. Y, aunque cueste aceptarlo, es la ruina de una familia, de un grupo, de una comunidad, de una sociedad y del mundo. El egoísta, al estar tan centrado en sí mismo, olvida el bien que le han hecho y recuerda perennemente el mal que ha recibido. No reconoce los errores cometidos, critica permanentemente a los demás. Reclama atención de todos, pero no es capaz de ayudar a los demás.
El egoísmo es la negación del mensaje cristiano. No es lo que nos enseña Nuestro Señor Jesucristo. Hoy Jesús nos dice: haz el bien y haz feliz a Dios Padre; haz el bien y haz feliz a los demás (comenzando con los que están más cerca de ti) y eso traerá como consecuencia que serás feliz.
El amor al prójimo se traduce en cosas concretas. En la primera lectura vemos como Moisés, de parte de Dios, les recuerda cosas concretas. Léelas con detenimiento y verás.
Que este mensaje de Cristo sea tu guía siempre: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

domingo, 19 de octubre de 2014

La Providencia Divina y la justicia



                La Providencia Divina es el cuidado que el Señor Dios Todopoderoso tiene sobre todas sus creaturas, en especial, sobre sus seres predilectos que somos nosotros los hombres. Su acción es silenciosa y a veces está oculta a los hombres. Así nos lo enseña la primera lectura de la Misa de hoy: “te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque tú no me conocieras. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Te hago poderoso, aunque tú no me conoces, para que todos sepan, de oriente a occidente, que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro”.

                Forma parte de la Providencia Divina la acción del Espíritu Santo en su Iglesia. Todos los creyentes, y en especial todos los ministros de la Palabra, son instrumentos en la mano del Espíritu Santo. En la medida en que seamos fieles a las inspiraciones y mociones del Espíritu, en esa misma medida la fuerza de Dios hará milagros en medio de la comunidad de creyentes. Así lo escuchamos en la segunda lectura: “En efecto, nuestra predicación del Evangelio entre ustedes no se llevó a cabo sólo con palabras, sino también con la fuerza del Espíritu Santo, que produjo en ustedes abundantes frutos”.

                Finalmente, la Providencia Divina implica también el conocimiento y discernimiento de todas las creaturas. El Señor conoce todo, hasta nuestros pensamientos más profundos. Y por eso, Jesús conoce las intensiones de los herodianos. Ellos no buscaban al Señor, querían hacerle caer.

                Nosotros los hombres nos fijamos solo en las apariencias, en cambio el Señor se fija también en el corazón.

                El Señor, que es providente, sabe sacar del mal un bien para nosotros sus hijos. Hoy, de esa mala intensión, el Señor Jesús aprovecha para darnos una enseñanza, con un aforismo, sobre lo que es la justicia: dar a cada quien lo que le corresponde. Enseña Jesús: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

                La justicia es el presupuesto para el orden social. No es justo quien se aprovecha de su posición para perjudicar a otros o quien se aprovecha de la necesidad de otros para obtener un provecho económico. ¡Eso es un pecado horroroso!

                Pero también hay que dar a Dios lo que se merece:

  • ·         Respeto: No jugar con las cosas santas ni tomar el nombre de Dios en vano.
  • ·         Adoración: es el reconocimiento externo e interno de la divinidad del Señor.
  • ·         Nuestro tiempo: Consecuencia de la adoración. Si reconocemos internamente y externamente la divinidad, hemos de dedicar nuestro tiempo para el culto. De lo contrario sería hipocresía pura.
  • ·         Nuestro aporte para el culto: Lo que es de Dios necesita mantenimiento o necesita sustitución. Y eso solo se puede hacer con dinero (es la dinámica del mundo). Ya en el Antiguo Testamento, el Señor había dispuesto una serie de aportes para el sostenimiento del culto y para las obras de caridad. Quien es mezquino con Dios, Dios será mezquino con él. Quien es generoso con Dios, Dios es generoso con él.
Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios

                ¡Que el Señor Jesús te bendiga!