sábado, 21 de febrero de 2015

EL COMPROMISO DE VIVIR CON UNA BUENA CONCIENCIA ANTE DIOS



En la segunda lectura de la Santa Misa de hoy san Pablo cita el diluvio universal, cuyo final escuchamos en la primera lectura. San Pablo se refiere al agua del diluvio como “figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes”. Al mismo tiempo, el Apóstol se refiere al significado del bautismo: “no consiste en quitar la inmundicia corporal, sino en el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios”.
El bautismo, hecho importante en la vida de cada uno de nosotros, marca un final y un inicio. Marca el final de una vida separada de Dios, donde dominaban otros criterios mundanos, donde reinaba el egoísmo, la avaricia, la lujuria. Marca el final de una vida encadenada, dominada por el pecado, de alegrías pasajeras. El bautismo marca un inicio: de una vida vivida rectamente delante de Dios, de saber y tener al Señor presente en todo momento, de hacer todo para la gloria de Dios. Marca una vida de liberación y de salvación, de felicidad plena.
Probablemente muchos podrán argüir que ellos no se acuerdan o no estaban conscientes cuando lo bautizaron. Es un argumento necio: es la misma actitud que tendría un niño que le reclama a sus papás que por qué viven en la casa donde viven si él no se acuerda o estaba consciente de cuando se mudaron allí.
El creyente está llamado a hacer fructificar la gracia del bautismo: a rectificar su vida cuantas veces sea necesario. Nosotros estamos expuestos a la tentación. No está excluido el que alguien pueda caer en la tentación por debilidad o por maldad. El Señor te llama al arrepentimiento y a la conversión. Todos los días. Te llama a caminar tu vida con el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios.
¡Ánimo! Que el Señor Jesús llene tu vida y tu familia de bendiciones hoy y siempre.

sábado, 14 de febrero de 2015

EL SENTIDO DE LA SANACIÓN



En muchas ocasiones habremos escuchado decir que existen oraciones de sanación, o celebraciones de la Santa Misa de sanación. Siempre existe el riesgo de distorsionar el auténtico sentido de la sanación.

En el imaginario de muchos fieles la palabra “sanación” significa únicamente el acto por medio del cual el Señor devuelve la salud corporal a una persona que se encuentra enferma. Aún cuando sea cierto el hecho, la sanación va mucho más allá: es recuperar la salud espiritual.

No olvides que el Señor, en mucho de sus milagros, perseguía que las personas reorientaran sus vidas a Dios Padre. Al paralítico lo primero que le dice es “tus pecados son perdonados” (Mt 9, 2) Cuando diez leprosos pidieron que los curase, solo uno, samaritano, se acercó a dar gracias. El Señor se mostró dolido. A ése le dice: “Tú fe te ha salvado” (Lc 17, 19).

Lo más importante no es la salud corporal sino la espiritual. Cuando se recuperan una y otra por la gracia del Señor Jesús, entonces podemos decir que el Señor ha sanado.

Hoy el Señor responde sencillamente a la petición de un leproso haciendo un gesto prohibido por la ley (lo tocó). Le dijo: ¡Sí quiero: Sana! Y la transformación de ese leproso fue muy superior al hecho de verse libre de oprobio de verse separado del pueblo: se convirtió en apóstol.

La lepra separaba al israelita del pueblo, de la misma manera que el pecado nos aparta de Dios. La sanación va dirigida a librar al alma del oprobio del pecado. ¡Y esa sanación solo la da Cristo Jesús!

Estamos por comenzar la Cuaresma: es un tiempo para pedirle al Señor: Si tú quieres, puedes sanarme.

Que Jesús, el Señor, te bendiga hoy y siempre.

TODO PARA LA GLORIA DE DIOS



En la segunda lectura de la Misa de hoy escuchamos un pasaje de la primera carta a los corintios en donde San Pablo resume con pluma magistral la máxima que debe dirigir el vivir del cristiano: “Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1Co 10, 31).
En múltiples ocasiones habremos escuchado la frase “Reino de Dios” o “Reinado de Cristo”. Casi a diario llamamos a Jesús El Señor. Y todas esas frases significan lo mismo: Jesús debe reinar en nuestra vida. No sólo significa el hecho de ordenar nuestra vida según las enseñanzas del Evangelio de Cristo Jesús, sino que también debemos darle un valor o un sentido eterno a todo lo que hacemos.
De la misma manera que Cristo Jesús ofreció todo lo que hacía al Padre, incluso, ofreció su propia vida a Dios Padre por nosotros y para nuestra salvación, nosotros debemos ofrecer todo lo que hacemos e inclusive nuestra propia vida a Dios Padre con el mismo espíritu de Cristo. Sin reservas.
Ese “ofrecer todo lo que hacemos” al Señor es un práctica común desde los inicios de la Iglesia. Una malentendida autoestima lleva a dar un exagerado valor a lo que hacemos, reconduciéndolo como si fuera mérito únicamente nuestro. Esa malentendida autoestima lleva a que nos olvidemos de ofrecer al Señor todo lo que hacemos.
De ahí nace el ofrecimiento de obras: cada mañana con una pequeña oración podemos y debemos ofrecer toda nuestra jornada al Señor. Y cada vez que emprendamos una nueva actividad, la ponemos en manos del Señor con una pequeña oración. Y debemos hacer lo que hacemos lo mejor posible porque será un servicio a los demás, porque con ello daremos gloria al Señor Jesús.
Así, cuando vengamos a la Santa Misa, en el momento del ofertorio, cuando son llevadas las ofrendas al altar, pondremos allí nuestra propia vida, nuestras intensiones, nuestros proyectos. Nos haremos uno con el sacrificio de Jesús. Nuestra vida será Eucaristía.
No olvides: “Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios

domingo, 1 de febrero de 2015

No es suficiente decir que se cree en Dios


Ya hemos escuchado decir en múltiples ocasiones a personas que, sin ningún tipo de vergüenza en mostrar su ignorancia, dicen que todas las religiones son iguales porque creen en el mismo Dios. El Señor les perdone semejante ignorancia.
También habremos escuchado decir, excusando tal vez porque son amigos o familiares nuestros, que los santeros, paleros o brujos no son malos porque creen en Dios. El Señor les perdone semejante ignorancia.
Ya desde los inicios de la fe cristiana aparecieron los mediocres que intentaron distorsionar el mensaje de Jesús. Santiago fue un campeón: «"Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe" ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. Los demonios también creen, y sin embargo, tiemblan» (St 2, 18-19). San Juan, en sus cartas, conmina a los creyentes a demostrar su fe de la única manera correcta: cumpliendo los mandamientos en el amor: “La señal de que lo conocemos, es que cumplimos sus mandamientos. El que dice: "Yo lo conozco", y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud. Esta es la señal de que vivimos en él” (1Jn 2, 3-5)
El Señor Jesús es tajante a la hora del compromiso de vida: “No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7, 21) La mediocridad no es una opción inteligente para los creyentes en Cristo Jesús: «”Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca. Tú andas diciendo: Soy rico, estoy lleno de bienes y no me falta nada. Y no sabes que eres desdichado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. Por eso, te aconsejo: cómprame oro purificado en el fuego para enriquecerte, vestidos blancos para revestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y un colirio para ungir tus ojos y recobrar la vista. Yo corrijo y comprendo a los que amo. ¡Reanima tu fervor y arrepiéntete! Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos. Al vencedor lo haré sentar conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono". El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap. 3, 15-22)
Hoy escuchamos en el Evangelio como el Señor Jesús hablaba. Enseñaba a las gentes. Un demonio que poseía a un sujeto le grita: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios” Y aquí debe quedarte claro algo: El Demonio –Satanás, Mandinga, como quieras llamar– no solo tiene fe, no solo cree en Dios sino que además sabe quién es Jesucristo. Eso no lo hace bueno, ni un buen espíritu. Es su acción lo que determina quién es: el maluco mismo.

Satanás tiene un solo interés: hacer que los hijos de Dios se aparten de Jesucristo. Si se alejan de Jesús, si no aceptan la salvación, si no hacen de Jesús su Señor, entonces el Demonio crece en sus huestes. Habrá arrancado a un hijo de Dios de sus manos.
No le hagas el juego a Satanás. No caigas en sus tretas. No te apartes de Jesús. Arrepiéntete de tus pecados, acepta la salvación que te ofrece Jesucristo y haz de Jesús tu Señor.
¡Dios te bendiga!

domingo, 25 de enero de 2015

Dios nos llama y lo hacemos por Él



En el evangelio de la Santa Misa de hoy escuchamos las primeras llamadas a seguir al Señor. Dos pares de hermanos, para más señas. Y eso nos lleva, casi necesariamente, a reflexionar sobre la vocación al sacerdocio.
Los sacerdotes en el mundo no somos muchos. Somos casi 500.000 (para mil millones de católicos o siete mil millones de personas que vivimos en el mundo) y somos amados, ignorados y odiados. Amados por quienes reconocen que la fuerza de la acción que ellos realizan viene de Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote. Ignorados por un buen número de personas que les da igual quienes seamos. Odiados por razones ideológicas: no están de acuerdo con la religión, o por razones políticas, o porque la Iglesia se opone a un determinada ideología. ¡Y éstos hacen bulla!
El resultado de todo esto es que muchos jóvenes hoy no se plantean como proyecto de vida el ser sacerdotes. Y es una lástima. La vocación (cualquiera que ella sea) llena los anhelos de la vida. Un docente que lo hace por vocación, no obstante todas las contrariedades, se sentirá satisfecha de su vida. Lo mismo un médico. De manera más excelsa, un sacerdote y por una razón inmensa y sencilla: porque es Jesús quien nos llama y es a Jesús quien servimos.
A veces los que odian a los sacerdotes, con sus campañas de desprestigio, hacen turbar el ánimo. Les tachan injustamente de cosas que no han hecho y no reconocen las cosas buenas que hacen. No importa. La labor que realizan los sacerdotes (al igual que la labor de mamá en casa) no la hacen para recibir el aplauso de los hombres, sino el aplauso de Dios que es el que verdaderamente importa.
Nosotros como comunidad cristiana tenemos la obligación de no solo no denigrar la vocación al sacerdocio (o la vida religiosa) sino promoverla. La principal forma de promover la vocación al sacerdocio es orar: pedir al Señor que nunca falten a su Iglesia sacerdotes para la atención de los fieles; que el llamado del Señor encuentre corazones generosos que reciban su llamada. Otra manera de promover es plantear a los jóvenes el llamado del Señor: no tener ningún empacho de decir a los jóvenes que piensen que el Señor Jesús puede estar llamándoles a seguirle como lo hizo con Andrés y Pedro; al igual que lo hizo con Santiago y Juan.
¡Que nunca falten, Señor, sacerdotes a tu Iglesia!
¡Que el Sumo y Eterno sacerdote nos bendiga hoy y siempre!