domingo, 26 de octubre de 2014

El mandamiento más importante



En el Evangelio de nuestra Santa Misa de hoy sigue la “cayapa” contra Nuestro Señor Jesucristo. Como el Señor había puesto en evidencia a los saduceos, ahora se acercan los fariseos para ponerlo a prueba. No se les ocurre otra cosa que preguntar a Jesús por algo que se la pasaban discutiendo todo el tiempo: ¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley? Y la pregunta tiene algo de razón, porque existían un buen número de preceptos y prohibiciones. Algunos maestros de la ley daban más importancia a algunos y otros maestros afirmaban que eran más importante otros. Existía una especie de relativismo moral.
Jesús, la Sabiduría de Dios hecha carne, responde con sencillez: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.
El primer mandamiento formaba parte de una oración que los judíos recitaban con frecuencia: el shemá Yisrael (Deut 6, 4ss) Es prácticamente inexcusable que algo que repetían todo el día no les resultase claro.
Y ahora Jesús, nuestro Maestro, nos da una clase magistral: el fundamento de toda la vida cristiana es el amor: a Dios, al prójimo y a uno mismo. En ese orden.
A la pregunta ¿qué es el amor?, la respuesta puede ser complicada. El amor no es sentimiento, no son alteraciones orgánicas, no es sexo. Fundamentalmente, el amor es una decisión de una persona de procurar todo el bien y la felicidad para otra persona. Esa decisión se traduce en acciones: un amor que no se manifiesta, se muere.
Hoy y siempre, el amor tiene enemigos. Hay algunos que son manifiestos: poetas, cantantes, publicistas y políticos quieren que las personas piensen que amor es sexo, regalos, juguetes, sentimientos, etc. Hay uno que es difícil de aceptar porque puede estar dentro de cada quien: el egoísmo.
El egoísmo es inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidar el del de los demás. Para ponerlo gráficamente: primero: yo; segundo: yo; tercero: yo, y finalmente: yo. ¿Qué pasa con los demás? No sé, aparte de que no me importa. Sólo me intereso por ellos cuando los necesito.

El egoísmo es una enfermedad del alma. Y, aunque cueste aceptarlo, es la ruina de una familia, de un grupo, de una comunidad, de una sociedad y del mundo. El egoísta, al estar tan centrado en sí mismo, olvida el bien que le han hecho y recuerda perennemente el mal que ha recibido. No reconoce los errores cometidos, critica permanentemente a los demás. Reclama atención de todos, pero no es capaz de ayudar a los demás.
El egoísmo es la negación del mensaje cristiano. No es lo que nos enseña Nuestro Señor Jesucristo. Hoy Jesús nos dice: haz el bien y haz feliz a Dios Padre; haz el bien y haz feliz a los demás (comenzando con los que están más cerca de ti) y eso traerá como consecuencia que serás feliz.
El amor al prójimo se traduce en cosas concretas. En la primera lectura vemos como Moisés, de parte de Dios, les recuerda cosas concretas. Léelas con detenimiento y verás.
Que este mensaje de Cristo sea tu guía siempre: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

domingo, 19 de octubre de 2014

La Providencia Divina y la justicia



                La Providencia Divina es el cuidado que el Señor Dios Todopoderoso tiene sobre todas sus creaturas, en especial, sobre sus seres predilectos que somos nosotros los hombres. Su acción es silenciosa y a veces está oculta a los hombres. Así nos lo enseña la primera lectura de la Misa de hoy: “te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque tú no me conocieras. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Te hago poderoso, aunque tú no me conoces, para que todos sepan, de oriente a occidente, que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro”.

                Forma parte de la Providencia Divina la acción del Espíritu Santo en su Iglesia. Todos los creyentes, y en especial todos los ministros de la Palabra, son instrumentos en la mano del Espíritu Santo. En la medida en que seamos fieles a las inspiraciones y mociones del Espíritu, en esa misma medida la fuerza de Dios hará milagros en medio de la comunidad de creyentes. Así lo escuchamos en la segunda lectura: “En efecto, nuestra predicación del Evangelio entre ustedes no se llevó a cabo sólo con palabras, sino también con la fuerza del Espíritu Santo, que produjo en ustedes abundantes frutos”.

                Finalmente, la Providencia Divina implica también el conocimiento y discernimiento de todas las creaturas. El Señor conoce todo, hasta nuestros pensamientos más profundos. Y por eso, Jesús conoce las intensiones de los herodianos. Ellos no buscaban al Señor, querían hacerle caer.

                Nosotros los hombres nos fijamos solo en las apariencias, en cambio el Señor se fija también en el corazón.

                El Señor, que es providente, sabe sacar del mal un bien para nosotros sus hijos. Hoy, de esa mala intensión, el Señor Jesús aprovecha para darnos una enseñanza, con un aforismo, sobre lo que es la justicia: dar a cada quien lo que le corresponde. Enseña Jesús: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

                La justicia es el presupuesto para el orden social. No es justo quien se aprovecha de su posición para perjudicar a otros o quien se aprovecha de la necesidad de otros para obtener un provecho económico. ¡Eso es un pecado horroroso!

                Pero también hay que dar a Dios lo que se merece:

  • ·         Respeto: No jugar con las cosas santas ni tomar el nombre de Dios en vano.
  • ·         Adoración: es el reconocimiento externo e interno de la divinidad del Señor.
  • ·         Nuestro tiempo: Consecuencia de la adoración. Si reconocemos internamente y externamente la divinidad, hemos de dedicar nuestro tiempo para el culto. De lo contrario sería hipocresía pura.
  • ·         Nuestro aporte para el culto: Lo que es de Dios necesita mantenimiento o necesita sustitución. Y eso solo se puede hacer con dinero (es la dinámica del mundo). Ya en el Antiguo Testamento, el Señor había dispuesto una serie de aportes para el sostenimiento del culto y para las obras de caridad. Quien es mezquino con Dios, Dios será mezquino con él. Quien es generoso con Dios, Dios es generoso con él.
Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios

                ¡Que el Señor Jesús te bendiga!

viernes, 10 de octubre de 2014

El banquete



El Maestro –Jesús– se sirve de diversas imágenes para enseñar la historia de la salvación. Hoy utiliza la imagen de una fiesta a la que invita a los más allegados (al pueblo de Israel). Ellos rechazan esa invitación. Las razones podrían ser muchas como se enumeran en Lc 14, 18 – 20. El Rey reitera la invitación a la boda de su hijo. Y se reitera la negativa de los invitados.
Aunque la imagen primera es el Pueblo de Israel que recibió reiteradamente la invitación de Yahweh a la fiesta de bodas del hijo. Esa fiesta o banquete es un símbolo de la alegría del encuentro con el Señor. Hay fiesta, alegría, gozo cuando un alma se acerca al Señor, se encuentra con Él.
Para poder participar de esa fiesta – banquete hay que llevar el traje de fiesta. En la época en que el Señor peregrinó por Israel / Palestina existía la costumbre de tener trajes para ocasiones. Había trajes de luto, trajes de viudez y había también trajes para fiestas. Éstos eran normalmente blancos o de color claro, e iban ceñidos con un cinturón de cuero. Por supuesto, llevaban el manto con sus flecos.
El ponerse el traje de fiesta indica una situación especial: significa conversión, frutos de buenas obras, obras de justicia y santidad. San Pablo utiliza la imagen de quitarnos lo malo – revestirnos de lo bueno. Así leemos en la carta a los Romanos: Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias. (Rom 13, 13-15)
Hay un individuo que se presentó al encuentro con el Señor sin frutos de conversión y santidad. Su silencio ante el Rey no es otra cosa que no tener ningún tipo de razón ni de argumentos por no llevar una vida digna. Y el resultado será inevitable: ¡fuera de la felicidad que el Señor te regala!
Hoy el Señor te llama a la felicidad del encuentro con Jesús. Y el Señor te reiterará el llamado muchas veces a lo largo de tu vida. Para participar de ese banquete, de esa fiesta debes revestirte con frutos de conversión, de obras buenas, de obras de justicia, de santidad. No pongas excusas y disponte a participar de la fiesta del encuentro con el Señor.
¡Jesús te bendiga!

domingo, 5 de octubre de 2014

Los viñadores malvados



Las lecturas de la Misa de hoy nos presentan una de las imágenes usadas en la Sagrada Escritura para referirse al pueblo de Dios: la viña. En el Evangelio el Señor relata una parábola con un significado histórico y doctrinal muy profundo. Te doy unas pistas para su comprensión.
1) El dueño de la viña es Dios Padre que se ha elegido para sí un pueblo.
2) La viña es el pueblo de Israel. A este pueblo Dios le concedió muchísimos cuidados que van desde hechos milagrosos hasta enseñanzas particulares.
3) Los enviados son los profetas: recordemos que los profetas no son los que predicen el futuro, sino los que llevan un mensaje de parte de Dios. Los profetas invitaban al pueblo a ser fieles a la Voluntad de Dios, a apartarse del mal y a confiar ciegamente en Dios. Ellos no siempre fueron bien recibidos, de hecho, muchos de ellos fueron perseguidos, maltratados y asesinados.
4) El hijo del dueño es Jesús. En la parábola anuncia su pasión y muerte.
5) La decisión de “quitar el Reino de Dios” es abrir a todos los pueblos las bondades de la misericordia divina. El pueblo de Israel ya no es el destinatario único.
Para terminar, es muy importante que consideremos el hecho de que el Señor espera que demos “buenos frutos”. ¿Qué quiere decir esto?
Santiago, en su carta, nos dice que si la fe si no se vive en cosas concretas está muerta (Stg 2, 26) La fe no es algo solamente intelectual, la fe es sobre todo vida. Saber de memoria los mandamientos no es tener fe, tener fe es vivir cada uno de los mandamientos. Saber el significado de “amar al prójimo como a uno mismo” no es tener fe, tener fe es ponerlo en práctica. Saber que Jesús es el Hijo de Dios y Salvador no es tener fe, tener fe es orar, alabar, conocer el mensaje de salvación de Jesucristo.
¿Qué es producir “buenos frutos”? Sencillo: vivir lo que Jesús nos ha enseñado. Saber y vivir que nos ama; saber que siempre podemos acudir a su misericordia; hacer de Jesús el centro de nuestra vida y dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para vivir nuestra fe con los hermanos en comunidad. Y eso es lo que espera el Señor de ti.
¡Jesús te bendiga!