sábado, 15 de agosto de 2015

Llénense del Espíritu Santo. Expresen sus sentimientos con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando con todo el corazón las alabanzas al Señor (Ef 5, 19)



Uno de los elementos esenciales de la vida cristiana es dejarnos guiar por el Espíritu Santo en todos y cada uno de los momentos de nuestra vida. Él obra en nosotros nuestra santificación. Parte de esa obra es la parte cultual: manifestar nuestros sentimientos al Señor.

Hoy en día, esa parte de nuestra vida se ha visto menoscabada por múltiples razones, ninguna de ellas de tipo religioso. Hoy muchos creyentes dejan de manifestar su fe, le ponen cadenas al Espíritu de Dios, por miedo, por vergüenza, por un falso ideal de perfeccionismo, por falta de fe. Y eso le pasa hasta a los sacerdotes.

¿Por qué los fieles cuando están en el Templo no cantan?
Sin duda que la primera excusa es que no se saben las canciones. Excusa barata, porque se resuelve aprendiéndolas. No cantan porque no tienen fe y, si la tuvieren, no es lo suficientemente fuerte ni para dar testimonio ni para alabar al Señor. Y entonces vienen las otras excusas: no tengo buena voz; hay un ministerio de música que canta, no me sé bien la letra, tengo pena…

Todas esas excusas impiden que nuestra vida espiritual sea completa. Ahogamos nuestra vida espiritual por otros motivos, pero no los de Cristo Jesús.

No alabar al Señor con el cuerpo, ni con la voz, es una señal inequívoca de que no se deja guiar por el Santo Espíritu de Dios.

¿Por qué no recitar los salmos?
Excusas: no tengo biblia (solución: comprarla); no veo bien (solución: ve al oculista); me da pereza (¡qué sinceridad!); no sé cuáles (pues, pregunta y averigua). Hay salmos para la alabanza, para petición, para pedir la paz, para reconciliarnos con el Señor. ¡Y es Palabra de Dios!

Oramos con el cuerpo y con el alma: con nuestra actitud, nosotros oramos también. El estar de pie, o sentados, de rodillas o acostado; con las manos juntas o con las manos extendidas en actitud de oración, cuando nos tomamos de las manos para rezar el Padre Nuestro, cuando cierro los ojos… con ello oramos también. Déjate guiar por el Espíritu Santo. No le pongas cadenas a la acción del Espíritu.

¡Que el Santo Espíritu de Dios te guíe al encuentro con Jesús!

sábado, 8 de agosto de 2015

DESTIERREN DE USTEDES LA ASPEREZA, LA IRA, LA INDIGNACIÓN, LOS INSULTOS, LA MALEDICENCIA Y TODA CLASE DE MALDAD (EF 4, 31)



Es relativamente fácil dejar que el corazón se llene de cualquier cantidad de sentimientos malos. Y esos sentimientos tienen la particularidad de tener el efecto “bola de nieve”: con el paso del tiempo, esos sentimientos se hacen cada vez más grandes.

Todo cristiano debe saber que debe tener el corazón libre de sentimientos malos (resentimientos) porque de lo contrario, no podrá amar a Dios sobre todas las cosas, ni al prójimo como a sí mismo. Es así. De hecho, leemos en las páginas del Evangelio según San Mateo una invitación a cumplir a cabalidad el mandamiento de Dios evitando encolerizarnos con el hermano, insultarle, buscando el modo y la manera de reconciliarnos con él (Mt 5, 21–26)

El corazón lleno de rencor, odio, venganza… no deja espacio a la acción del Espíritu Santo. Llena y envicia el corazón de tal manera que no deja que podamos cumplir los mandatos de Cristo Jesús. Además, nos desgasta y puede llegar a enfermarnos: es como llevar un morral de piedras en la espalda y o agarrar una brasa ardiendo en la mano.

Perdonar no es fácil. Desterrar esos sentimientos del corazón no resulta una empresa fácil, pero no es imposible. Lo primero es pedirle al Señor la gracia de perdonar, que libere el corazón de toda atadura de resentimientos. Con la gracia del Espíritu Santo, hacemos el propósito de olvidar. No es una receta mágica, es un ejercicio de vida cristiana que deberemos repetir cada vez que sea necesario.

Resulta útil el ejercicio en la oración de ver dentro del corazón el mal que nos hace llevar esos resentimientos. Ver lo autodestructivo que son puede ayudarnos a liberar el corazón.

sábado, 1 de agosto de 2015

Dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo (Ef 4, 23-24)




            La carta a los Efesios resulta una especie de catecismo básico para los cristianos del s. I. San Pablo recuerda a todos los creyentes las cosas más fundamentales: la acción omnipotente de Jesucristo que nos ha reportado la salvación, salvación que es para todos, judíos o no, y que nos ha hecho un solo pueblo construyendo un vínculo de unidad: una solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre.
            San Pablo recuerda también la actitud fundamental del creyente en Cristo Jesús: si aceptamos a Cristo, si hemos hecho de Él nuestro Señor, entonces no podemos vivir como personas paganas. Si aceptamos a Cristo renunciamos al pecado; si aceptamos a Cristo, nos apartamos del mal vivir. Con el bautismo hemos hecho una ruptura con el hombre viejo (el viejo yo) y aceptamos vivir como el hombre nuevo en Cristo (el nuevo yo).
            ¿Cómo hacer esa transformación? ¿Cómo poner en práctica esa conversión a la que nos invita Cristo Jesús? La respuesta: Dejen que el Espíritu renueve su mente. Esa renovación de la mente tiene una palabra en griego: metanoia.
            El punto de quiebre está en que si yo acepto a Cristo como mi Salvador no puedo seguir pensando como antes. No puedo prenderle una vela a Dios y una al diablo. No puedo decir que acepto los mandamientos de Cristo y sigo cometiendo los mismos pecados. ¡Eso es un absurdo!
            Aunque resulte absurdo, muchos viven hoy en ese absurdo y lo defienden. Han cambiado la Palabra de Cristo por palabra humana. No puede nadie llamarse cristiano y no vivir los mandamientos de Cristo Jesús.
            El cristiano debe aprender a dejarse guiar por el Espíritu Santo. Y el primer requisito es no amoldarse a los criterios del mundo. Un creyente no debe dejarse guiar por el criterio de “todo el mundo lo hace”. ¡No! El criterio del creyente es: lo que enseña Cristo Jesús.
            El segundo requisito es tener la firme voluntad de conducir nuestra vida en justicia y santidad. Justicia en la Biblia es vivir con corrección, apegado a la Voluntad de Dios. Santidad es la dedicación de nuestra vida a Dios. El creyente ha de tener la firme voluntad de cumplir los mandamientos y en especial el de amar a Dios sobre todas las cosas: sobre la novela, el partidito de béisbol, sobre la fiesta, la rumba, la parrilla, la playa, el dominó, el paseo, el cine. De lo contrario, no podremos decir que vivimos en justicia y santidad.
            Pidamos al Santo Espíritu de Dios que nos guíe en el camino de conversión: dejémonos renovar y revistámonos del nuevo yo en justicia y santidad. ¡Jesús nos bendiga!

sábado, 25 de julio de 2015

¿Que nos enseña la multiplicación de los panes?



En muchísimas ocasiones habremos tenido la oportunidad de leer este pasaje del Evangelio. Es el único que se encuentra en los cuatro Evangelios. Está lleno de detalles, los que deberíamos prestar atención.
Jesús pregunta a uno de sus Apóstoles cómo darle de comer a todo ese gentío. El Señor les pone un problema, pero no para reclamarles o exigirles. Lo hace simplemente para enseñarles, y como buena táctica del Maestro, quiere saber qué tienen en la mente y en el corazón.
La respuesta ante el problema la expresan dos de los Apóstoles. El primero, Felipe, pone objeciones desde el punto de vista económico. Mentalmente, cuenta velozmente los presentes y estima una cantidad de dinero. Probablemente, hace un cálculo del dinero que había en los fondos de los Apóstoles, y afirma categóricamente que con el sueldo de 200 días de trabajo no sería suficiente para darle un pedazo de pan por persona. Su conclusión: proyecto inviable por falta de fondos económicos.
El segundo, Andrés. Parte de lo que tienen: no tenemos pan, no tenemos que ponerle de relleno. Un niño por allí, tal vez escuchó la pregunta del Señor, y dice que quiere colaborar poniendo a su disposición su vianda: cinco panes de cebada y dos pescados asados. Su conclusión: proyecto inviable por falta de recursos.
La actitud de ambos es perfectamente explicable y normal: cualquiera de nosotros, si se le ocurriera un proyecto grande haría exactamente lo mismo. Sacaría cuentas del dinero que necesita y estima de dónde podría obtenerlo, para luego establecer si es posible o no ponerlo en práctica. También consideraría lo que tiene a disposición y si ello es suficiente para la ejecución del proyecto. Esta es la lógica humana, pero no la lógica divina.
Según la lógica humana, la Iglesia era un proyecto inviable: el líder del proyecto fue asesinado, el personal para la ejecución del proyecto no era preparado, no contaban con fondos, etc. Pero el tiempo ha dado muestras que el proyecto sigue caminando.
El Señor persigue un objetivo: el bien del prójimo. Quiere dar de comer a un grupo grande de personas que le sigue, algunos por interés, otros porque quieren conocer la verdad. Buscar el bien de otro no sigue la lógica humana, sigue la lógica divina.
¿Cuál es la lógica divina? Para el bien del otro (el espiritual primero, y el material después) haz lo que puedas, que el Señor hace el resto. Nada tiene que ver cuánto tienes, sino cuánto eres y cuánto confías en Jesús.
Es una muy mala señal cuando el creyente en Cristo Jesús pone “peros” a la realización de su obra, de su proyecto en medio de la historia. Es un indicio, una señal inequívoca de que: a) no se tiene fe en el poder de Cristo Jesús; b) Si se tiene fe, no es la suficiente como para confiar en Jesús; c) Si hay confianza, no es la suficiente como para amar sus proyectos.
Aprendamos a poner nuestra fe, nuestra confianza y nuestro amor en Jesucristo, Rey de reyes y Señor de los señores.