domingo, 15 de enero de 2017

Jesucristo al centro de todo

Es fácil olvidar lo más importante por lo más llamativo o por lo más útil. A veces resulta sencillo distraerse.
Es un peligro real. San Juan Bautista lo sabía. Es por ello que a sus discípulos y a todos los que estaban a su alrededor les señala lo importante: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.
La primera comunidad cristiana, que es siempre un reflejo del ideal de la Iglesia, lo tenía muy claro. El centro de todo es Jesucristo. De hecho, no resulta extraño que en la segunda lectura de la Misa de hoy (1Co 1, 1-3), en tres versículos, San Pablo nombra a Jesús cuatro veces. Y la razón es sencilla: Jesucristo es lo más importante en la Iglesia y en la vida del creyente.
El mensaje de San Juan Bautista que escuchamos en el evangelio de hoy (Jn 1, 29 – 34) va en clave de testimonio, es decir, Juan habla de lo que ha experimentado él personalmente y así lo hace saber a los demás. Valga decir que también nosotros estamos llamados a presentar a los demás nuestra experiencia de Cristo Jesús, a presentar a los demás nuestro testimonio. Si no tenemos nada que hacer saber a los demás, entonces, nos falta la experiencia de Jesús en nosotros.
Ya es hora de dejar pasar los antiguos traumas de que “son los protestantes los que se la pasan hablando de Jesucristo”. No ha sido cierto nunca y no lo es ahora. El Santo Padre Francisco nos invita a dejar los miedos, las excusas y las viejas costumbres que eran el muro de contención del apostolado de la Iglesia. Hoy el Papa nos invita a ser Iglesia en salida, esto es, en clave de misión: de llevar a los demás nuestro propio testimonio de Cristo, que ayude a los demás a conocer y acercarse a Cristo Jesús.

No más razones. ¡A dar testimonio de Cristo Jesús!

sábado, 7 de enero de 2017

En la Solemnidad de la Epifanía

1. Los Magos llegaron a Jerusalén buscando al Dios Rey. Fueron donde, lógicamente, buscarían a un rey: en el palacio. De que buscaban a un Dios rey no cabe duda: preguntaron por el rey de los judíos que había nacido –por lo tanto es rey– y vienen con regalos a adorarlo –acto que corresponde solo para Dios–. Buscaban pues al Dios Rey.

2. Todos en Jerusalén recibieron la noticia, incluidos Herodes, los Sumos Sacerdotes y los escribas del pueblo. Todos buscaron en la Biblia donde debía nacer el Mesías: en Belén de Judá. Sin embargo, ninguno de ellos se movió de Jerusalén. Ninguno de ellos se empató en la búsqueda de los Magos. Su actitud no cambió. Su interés no estaba en buscar al Mesías. Herodes estaba apegado a su poder político, los Sumos Sacerdotes quién sabe a qué cosa, y los escribas en sus negocios. Estaban en donde estaba su corazón. Hoy pasa igual. Piénsalo un poco y te darás cuenta.

3. Puede ocurrir que los que seguimos a Jesús no veamos las cosas con claridad meridiana. A veces perdemos de vista cuál es la Voluntad de Dios en un determinado momento. A los Magos les pasó. Cuando salieron de Jerusalén y se pusieron en marcha hacia Belén no veían la estrella. Igual se pusieron en camino. Luego la vieron.

En la vida del cristiano católico creyente pasa a veces que no vemos todo claro, nos sentimos olvidados de Dios, de Cristo, pareciera que ya nada es igual o que nada tiene sentido. Es allí donde debemos mantenernos firmes en la voluntad inicial de seguir a Cristo Jesús. Ya después veremos la “estrella”. No dejemos que la contrariedad o el desaliento nos aparten del camino. Pongámonos en marcha, ya Jesús nos mostrará su estrella que nos guía hacia Él.

sábado, 17 de diciembre de 2016

La base fundamental de nuestra fe

Siempre es necesario, como dice aquel cantante, buscar el fondo y su razón. De lo contrario, corremos el peligro de hacer las cosas automáticamente, pero sin saber por qué las hacemos.

La Navidad, la solemnidad del nacimiento de Cristo, es una oportunidad especial para que recordemos la base fundamental de nuestra fe. Muy por el contrario de lo que la mayoría de la gente piensa, la base fundamental de nuestra fe no es la de creer en un solo Dios. Lo que hace especial y única nuestra fe es el que Dios se hizo hombre y está con nosotros. Y su nombre es Jesús.

Hoy la primera lectura y el Evangelio nos recuerdan este hecho fundamental. Lo grandioso y magnífico de la promesa que Dios hizo a la humanidad es que Él mismo se haría uno de nosotros. Inicialmente, el Pueblo de Israel no percibió la grandeza del mensaje de Isaías, puesto que gran parte de los nombres en esa época llevaban el sufijo –el, que significaba Dios. Así, por ejemplo, Samuel significa Dios escucha, Daniel significa Dios es juez, etc. Isaías dice que el niño se llamaría Emmanuel (Dios con nosotros). Al inicio pensaron que ése sería el nombre del niño, pero nunca se imaginaron que realmente sería Dios con nosotros.

Solo el advenimiento de Cristo Jesús dio el significado pleno de esa profecía. Dios se hizo hombre. El ángel en el sueño de José (cuyo nombre significa Dios providente) le indica que debe ponerle por nombre Jesús (Dios salvador).

Éste es el verdadero fundamento de nuestra fe: Dios mismo se hizo hombre (¡éste es el misterio de la Navidad!) y se ha quedado con nosotros. Solo contemplarlo hace que nuestra mente vuele a consecuencias extraordinarias. Pero no es suficiente: es necesario aceptar a Jesús en la propia vida, en el corazón.

Ya este misterio de nuestra fe da pie al resto: Si Dios se hizo hombre y se llama Jesús, ¿soy consciente de que Dios –Jesús– me ha hablado? ¿Sé que Dios –Jesús– me ha manifestado su Voluntad para que yo pueda alcanzar la salvación, la vida eterna? Si Dios está con nosotros, ¿qué papel juega Jesús en mi vida? ¿Tengo un trato confiado con Jesús, en especial en la oración y en la Eucaristía?

El Adviento y la Navidad son un periodo para que nosotros reflexionemos y meditemos sobre el fundamento de nuestra fe. Los cristianos no creemos simplemente en Dios, sino en Dios hecho hombre –Jesús– y en Dios que está con nosotros.


Que el Emmanuel y Yoshua nos bendigan todos los días de nuestra vida.

sábado, 10 de diciembre de 2016

LA ADVERSIDAD NO SEA UN OBSTÁCULO

En la primera lectura de la Misa (Is 35, 1-6) escuchamos las palabras de ánimo del profeta al Pueblo de Israel que venía del exilio. El yermo –tierra seca y deshabitada– conocerá agua fresca que hará de ella un terreno florido. El Pueblo de Israel sintió mucho desánimo al encontrar al territorio de Judá e Israel abandonado, solo, descuidado. Ya no era más la tierra que mana leche y miel.

La adversidad forma parte de nuestra vida. Por eso mal hacen algunas mamás y abuelas de ahorrar incomodidades a los niños, porque les privan de un elemento esencial de su experiencia como seres humanos. Su vida después estará desequilibrada.

La forma como enfrentamos la adversidad será diferente según seamos hombres de fe o no.

Si no somos hombres de fe, entonces, tendremos una visión fatalista de los hechos. Confiaremos solo en nuestras fuerzas y viviremos en una desilusión constante, porque cada vez que veamos un imprevisto, será un obstáculo que minará nuestro ánimo.
Si somos hombres de fe, sabemos que Dios está con nosotros y todo concurrirá para nuestro bien –incluso la adversidad– porque el amor de Dios procura siempre lo mejor para nosotros, siempre que nosotros hagamos de el Señor el centro de nuestra vida.

Jesucristo es todopoderoso: una señal de su presencia –de la presencia del Mesías– era el alivio de los males presentes: Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un ciervo el cojo, y la lengua del mudo cantará. Volverán a casa los rescatados por el Señor, vendrán a Sión con cánticos de júbilo, coronados de perpetua alegría; serán su escolta el gozo y la dicha, porque la pena y la aflicción habrán terminado.

Juan el Bautista estaba preso. Los discípulos suyos estaban pendientes de él, pero, en realidad, ellos debían seguir a Jesús. Juan Bautista los remite a Jesús y el Señor les responde con las señales mesiánicas (Mt 11, 2-11). Probablemente, les resultó duro para ellos aceptar a otro maestro que no fuese Juan. Pero ¡es Jesús el Mesías, el que debemos seguir!

En Jesús podemos obtener la fuerza para superar la adversidad, y eso es precisamente la paciencia: la fuerza para superar la adversidad. Santiago pide ser pacientes hasta el encuentro con Cristo porque los momentos difíciles forman parte de nuestra vida: Sean pacientes hasta la venida del Señor. Vean cómo el labrador, con la esperanza de los frutos preciosos de la tierra, aguarda pacientemente las lluvias tempraneras y las tardías. Aguarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca (Sant 5, 7-8).

No nos distraigamos con palabras agoreras. Hagamos lo que tenemos que hacer y con nuestra fe en el Señor conoceremos tiempos mejores.

¡Dios les bendiga!

sábado, 3 de diciembre de 2016

La sobriedad de Juan Bautista

Leemos en el Evangelio que Juan Bautista “usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre”. Ciertamente, este modo de vivir es algo extremo, pero sirve para llamarnos la atención.
Juan Bautista es un personaje respetado en la historia de Israel, inclusive por los mismos historiadores judíos. Su importancia no era mediática, sino basada en su testimonio de vida. La sobriedad con que vivía llamaba la atención y confirmaba sus palabras con testimonio de vida. Hasta Herodes, quien le hizo encarcelar, le tenía respeto y le escuchaba.
En la vida ordinaria de cada quien, podemos estar sujetos a cientos de necesidades, unas reales, otras imaginarias. Así, una persona puede estar preocupada por conseguir algo para comer esa semana, otra puede estar preocupada porque no consigue el teléfono celular de último modelo. Una mujer puede estar angustiada porque su hijo está enfermo, mientras que otra lo está porque no ha conseguido operarse los senos. Un hombre que sale de su trabajo puede estar angustiado porque quiere llegar a su casa a estar con su familia, mientras que otro lo está porque quiere llegar antes que cierren la licorería.
Estamos casi a las puertas de la Navidad. Navidad que es el nacimiento de Jesucristo, que ha querido formar parte de nuestra historia. Ése es el centro y la razón de ser de la Navidad. Hoy se ha caído en la tentación de convertirla en una fiesta “pagana” donde el nacimiento del Niño Dios pasa a un segundo plano.
El materialismo, el exhibicionismo, la envidia, la codicia… todas esas cosas son un obstáculo para el encuentro con Cristo. Son un obstáculo para el encuentro con los demás. Las relaciones interpersonales se vuelven vacías y pueden llegar a desaparecer porque no interesan las personas, interesan la apariencia y lo material. Todo eso distrae también en el trato con el Señor.
Hoy Jesús, con este pasaje del Evangelio, nos da un “toque”: Juan Bautista vivía sobriamente y eso confirmaba su testimonio. Hoy, en este tiempo de adviento, el Señor nos llama a vivir sobriamente y a poner nuestra atención en las cosas verdaderamente importantes: en el Señor Jesús, en el hermano. Dejemos la apariencia y el materialismo de lado. Eso nos distrae.

¡Que Jesús te bendiga!

sábado, 29 de octubre de 2016

A buscar lo que estaba perdido


Las lecturas de la Santa Misa de hoy nos ofrecen una riqueza particular. Quisiera compartir con todos cuatro reflexiones que me llaman la atención particularmente:
El amor del Señor, en especial, hacia los más necesitados corporal o espiritualmente.
Que el Señor nos ama es una vedad incontrovertible y así nos lo recuerda la primera lectura de la Misa: “Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho”. Es una verdad que olvidamos con mucha frecuencia, y que debemos meditarla, asimilarla y sentirla todos los días de nuestra vida.
Ese amor, El Señor Jesús lo demuestra con mayor fuerza en los que están necesitados. La necesidad no es solo material, aunque es la más llamativa y la que más salta a nuestros ojos. Y es imperioso para el cristiano aliviar el mal de los hermanos. Pero hay un mal mayor y más pernicioso: el pecado.
Todo creyente sabe que el Señor Jesús murió por nuestros pecados y que el Señor no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (Ez 18, 23). En la primera lectura resulta evidente esta intensión del Señor: Te compadeces de todos, y aunque puedes destruirlo todo, aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. Más adelante se describe en detalle el modo de proceder del Señor: Por eso a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor.
No es de extrañar que el Señor vaya en búsqueda del pecador. Así, al ver a Zaqueo en un árbol, le llama porque quiere tener un encuentro con él. La razón por la que lo hace es la siguiente: “el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”
Vamos a ser objeto de crítica siempre. Los falsos siempre abundan.
El Señor siempre fue criticado por su manera de actuar y por la manera como se acercaba a los pecadores para que pudieran tener un encuentro que les transforme. Inclusive fue objeto de crítica por parte de uno de sus apóstoles (en el episodio aquel cuando una mujer de la mala vida rompe un frasco de perfume para ungir los pies del Señor. Quien le criticó fue Judas Iscariote)
Esa actitud va a ser una constante en nuestra vida. El Señor al quedarse en la casa de Zaqueo, busca la salvación. Esa misma acción es objeto de crítica por parte de los israelitas de la época: Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.
Igual pasó en otras ocasiones. Eso no detuvo al Señor. Tampoco ha de detenernos cuando nosotros actuemos cumpliendo la Voluntad de Dios.
El Señor da tiempo y oportunidades al pecador.
Con Zaqueo se tomó el tiempo para quedarse en su casa, con los apóstoles estuvo cerca de tres años. Con nosotros, más tiempo aún. La inmediatez no es siempre un indicativo de logro. Para el Señor no hay tiempo. Él nos brinda todas las oportunidades que sean necesarias. Lo importante es que el pecador reconozca su mal, se arrepienta y cambie de vida. Así lo escuchamos en la primera lectura de la Misa: Por eso a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor.
4° La conversión tiene que reflejarse en la vida, en un cambio en las acciones.
Un vicio muy común hoy es que las personas cuando son corregidas o sorprendidas haciendo algo malo, acuden con frecuencia al argumento: yo sé que estoy haciendo mal… Tal vez eso les funciona para calmar a la conciencia, pero en realidad no es suficiente.
Quien tiene el encuentro con el Señor y es invitado a cambiar de vida, debe realizar precisamente eso: cambiar de vida, dejar las acciones malas en el pasado y reorientar su vida por el camino del bien. Después que Zaqueo se encuentra con el Señor Jesús, ocurre la conversión: Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Conversión sin cambio de vida no es posible.

Reconozcamos el amor de Dios hacia nosotros, en las pequeñas y grandes cosas. Sintamos el amor de Dios que viene a nuestro encuentro y que nos ofrece la oportunidad de reconciliarnos con Él.

sábado, 8 de octubre de 2016

¡Gracias!

De ordinario, cuando nos piden un favor y lo hacemos, esperamos escuchar un “gracias”. De no ocurrir, nuestro ánimo se exalta, en otras palabras, nos da rabia el que no nos hayan dado las “gracias”. De hecho, hay un refrán que dice: “es de hijos bien nacidos ser agradecidos”.
En la primera lectura se alaba la actitud de Naamán que, aún no perteneciendo al Pueblo de Israel, se muestra agradecido ante el favor que recibió de Yahveh. En el Evangelio, en cambio, el Señor repudia el que, de diez que recibieron un favor de Él, sólo uno (que pertenecía a un pueblo que se había separado de Israel) se acercó para agradecerle la curación de la lepra.
Una de las razones podría ser el que estaban “acostumbrados”: veían al Señor caminando, predicando y haciendo milagros. Esperaban que hicieran lo mismo con ellos. Una vez recibido el favor, se consideraron satisfechos. No estimaron necesario el agradecer a Jesús el que les haya curado la lepra.
Este defecto ocurre con frecuencia con nosotros. De hecho, hasta en familia ocurre con frecuencia que pedir las cosas “por favor” y dar las “gracias” ha ido desapareciendo paulatinamente. Es algo que hay que corregir.
Con Dios suele suceder con más frecuencia: no le agradecemos todos los pequeños y grandes beneficios que nos concede cada día, desde darnos el don de la vida hasta los grandes favores.
Prácticamente, desde el inicio de la Iglesia, los cristianos hemos tenido una serie de prácticas que enriquecen la vida diaria de los fieles: dar gracias a Dios al inicio del día por concedernos el don de la vida, agradecer en la noche por los beneficios que nos ha concedido, y tal vez el más llamativo: dar gracias a Dios por los alimentos que recibimos cada día. Desafortunadamente, por miedo, por “vergüenza” o por “el que dirán” todas estas prácticas de la vida cristiana se han ido perdiendo y no está bien. Esto es ir perdiendo nuestra identidad de cristianos.
Pregúntate si has agradecido a Dios todos los beneficios que has recibido de Él, desde el don de la vida hasta los grandes favores, pasando por los pequeños detalles como los alimentos y las cosas buenas que nos pasan en la vida. Basta una pequeña oración: “Te doy gracias, Padre, por todos los beneficios que hoy me has concedido. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

Recuerda: es de hijos bien nacidos el ser agradecidos. Y nosotros somos hijos de Dios: debemos agradecerle siempre y en todas las circunstancias de nuestra vida.