domingo, 13 de marzo de 2016

HACER NUESTRA LA SALVACIÓN DE CRISTO JESÚS



La semana pasada ya habíamos indicado el camino de la conversión: el primer paso es el arrepentimiento y el segundo es asumir el cambio de actitud, alejándose del mal. Las lecturas de hoy nos invitan a considerar un hecho importante en la vida del cristiano: hacer nuestra la salvación que Cristo nos ofrece.
San Pablo es un ejemplo elocuente de cómo hacer nuestra la salvación. A lo largo de los Hechos de los Apóstoles y en sus cartas va contando lo que era su vida, y de como un encuentro con Cristo le hizo cambiar todas sus perspectivas y prioridades. En el hermoso pasaje de la Carta a los Filipenses lo deja muy claro: Todo lo que era valioso para mí, lo consideré sin valor a causa de Cristo.
Al cristiano le mueve una certeza: solo en Cristo puede encontrar la salvación. Salvación que no es otra cosa que sabernos perdonados y bendecidos por el Señor, que nos libra de la condenación eterna y de los peligros para nuestra vida.
Para hacer nuestra la salvación hemos de aceptar nuestro pasado, pero no dejar que eso nos condicione en nuestro presente y nuestro futuro. San Pablo nunca olvidó que persiguió y dio muerte a cristianos, pero no dejó que eso determinara su presente: eso sí, olvido lo que he dejado atrás, y me lanzo hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo.
También hemos de liberarnos de las lenguas del presente y de la tortura de nuestra mente que siempre quiere cuidar nuestra imagen. San Pablo dice que todo eso lo considera basura: Más aún pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él.
Para hacer nuestra la salvación hemos de aceptar el perdón que Cristo Jesús nos ofrece, como a la mujer sorprendida en adulterio: ¿Nadie te condena? ¡Yo tampoco! Para ser salvados, hemos de abrir nuestro corazón al perdón que el Señor nos ofrece. No hay pecado tan grande y feo que el Señor no pueda perdonar. El amor del Señor es infinito: no conoce límites. No le pongamos límites al perdón del Señor: abandonémonos a su misericordia.
Finalmente, para hacer nuestra esa salvación hemos de seguir e imitar al Señor Jesús, haciéndonos uno con Él: Y todo esto, para conocer a Cristo, experimentar la fuerza de su resurrección, compartir sus sufrimientos y asemejarme a él en su muerte, con la esperanza de resucitar con él de entre los muertos. No quiero decir que haya logrado ya ese ideal o que sea ya perfecto, pero me esfuerzo en conquistarlo, porque Cristo Jesús me ha conquistado. No, hermanos, considero que todavía no lo he logrado.
Vete y en adelante no peques más!

sábado, 5 de marzo de 2016

EL CAMINO PARA HACER NUESTRA LA MISERICORDIA



Escuchamos en el Evangelio de hoy la parábola de la misericordia por excelencia: la parábola del hijo pródigo. Son muchísimas las reflexiones que podríamos hacer porque el pasaje es hermoso y rico en detalles, pero me detendré en dos.
1)      ¿En qué consiste el pecado?
En la parábola escuchamos la decisión del hijo menor: pide su herencia y se va lejos de la casa del padre. Allí se olvida del amor de su familia, el chico se cree autosuficiente, se vuelca a los placeres y vacía todas sus riquezas, riquezas que recibió de su familia y su casa. Lo desperdició todo.
El segundo momento, la vaciedad y la soledad absoluta. El chico siente la soledad de los “amigos”, la tristeza de haber dilapidado toda la riqueza de su casa y su familia. Tiene hambre –siente el vacío en su estómago– y en vez de volver sobre sus pasos y volver a encontrar la riqueza de su casa, va a hundirse cuidando lo que es prohibido, y desea llenar el vacío con la porquería.
Algo similar ocurre con el pecado: es alejarse de Dios, alejarse de Jesús. Es olvidarnos de la Omnipotencia Divina y creernos autosuficientes, es volcarnos a los placeres y olvidarnos de las riquezas espirituales que recibimos en la Iglesia y en nuestra familia.
La consecuencia del pecado es vivir en la vaciedad absoluta. No quiere volver a Dios para estar nuevamente en la riqueza de su familia: ¡no! Busca ocultar su miseria hundiéndose más en ella. No quiere reconocer que ha actuado mal, tal vez le echa la culpa a otras circunstancias o personas.
2)    ¿En qué consiste la misericordia?
En la segunda lectura de nuestra Misa leemos una descripción sobria de lo que es la misericordia: “en Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres” (2Co 5, 18). El amor del Señor es tan grande que nos perdona lo que sea, siempre que estemos arrepentidos.
En boca del Señor escuchamos que el chico, dándose cuenta de su miseria reconoce el amor y la riqueza de su casa, la que despreció y derrochó, y ahora añora, decide volver a la casa del Padre para pedir que lo acepte aunque sea como uno de sus trabajadores.
La actitud del padre es elocuente: no le reprocha, no lo manda para el carrizo, sino que se alegra y manda a vestirlo y a organizar una fiesta. El padre renunció a tomar en cuenta las acciones malas de su hijo. Acepta la voluntad de su hijo de reconciliarse con su casa, con su familia.
Pero atención: recuerda el único requisito para hacer nuestra la misericordia del Señor y reconciliarnos con Él: reconocer nuestra miseria, nuestros pecados y volver a la Casa del Padre.  Esa es la fórmula secreta.

sábado, 13 de febrero de 2016

Primer domingo de cuaresma: Las tentaciones...



El primer domingo de cuaresma tiene siempre como tema las tentaciones del Señor en el desierto. Hoy leemos el relato del evangelio según San Lucas.
Una tentación no es otra cosa que una acción sobre nuestra alma para alejarnos de Dios. Las tentaciones no son malas; Dios las permite para que nos fortalezcamos. El Tentador, en la Sagrada Escritura, se llama Satanás, cuyo nombre significa “Adversario”.
En el relato de hoy escuchamos las tres tentaciones:
Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”.
Es la tentación de superponer los bienes materiales y las necesidades por encima de la Voluntad salvífica de Dios. Es pensar que la comida, la apariencia, la fiesta, la bebida… son más importantes que Dios. Y es la tentación en la que cae la inmensa mayoría de los fieles.
A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”.
Es la tentación de no poner la confianza en Dios, de la autosuficiencia, de no temer a Dios. Es el olvido de Dios por el dinero, por el sentir que con mis capacidades lo puedo todo. Es la tentación de la soberbia y del orgullo, de creernos por encima del poder de Dios.
Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras”.
La tentación del “show”, del espectáculo. Se acerca a Dios sólo porque quiere ver algo extraordinario: el milagro, el hecho difícil o poco probable. Es también la tentación de pretender que la Voluntad de Dios es lo que yo quiero, mi voluntad. Esta pretensión llega incluso a manipular la Palabra de Dios en provecho propio. El Demonio quiere hacer creer que nada es pecado porque en realidad no importa qué dice la Palabra, sino como yo la interpreto. Es la tentación de la indiferencia, de retar al Señor con mi conducta.
Recuerda que nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas. El remedio a la tentación está en el mismo Cristo que ya venció al Demonio. Jesús nos ha traído la salvación: está en Él. Debemos creer en el Él, en su mensaje y manifestarlo en nuestra vida, como lo escuchamos en la segunda lectura.
Finalmente, nuestra fe es bíblica. Hemos escuchado en las lecturas de hoy la frase “dice la Escritura”. Nuestra fe se fundamenta en la Palabra de Dios escrita. En ella tenemos una fuente inagotable de riqueza, de fortaleza, de espiritualidad. No la menospreciemos. Tengámosla en alta estima.

lunes, 7 de diciembre de 2015

El primer paso para preparar el camino del Señor



En más de una ocasión, cuando vemos algún problema, nos tomamos unos momentos para organizar en nuestra cabeza cómo vamos a solucionarlo, cuáles serán los pasos que iremos dando para lograr nuestro objetivo. En el caso de hoy, el objetivo ha sido propuesto ya desde hace miles de años, y es un objetivo perenne: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos.
La pregunta clave ahora es ¿cómo iniciamos? ¿Cómo comenzamos a preparar el camino del Señor?. Y aquí cada quién podrá tener su opinión. No obstante, hay algunas cosas que habrá de tener presente, una en especial: El objetivo es preparar el camino del Señor. Ahora bien, el punto de partida debe ser especificar cuál “señor”.
A lo largo de nuestra vida, los intereses y necesidades hacen que perdamos de vista al único Señor. Resulta llamativo el hecho de que, por ejemplo, haya alguna persona que puede hacer el gran sacrificio económico y de tiempo por ir a ver un juego de béisbol en el estadio y no haga el mínimo esfuerzo por estar un rato con Jesús. Asombra el hecho de que personas (que pueden afirmar que aman a Dios sobre todas las cosas) están dispuestas a hacer colas durante horas, de pie, para comprar un par de cosas, y, sin embargo, no están dispuestas a dedicar una hora al Señor a la semana, el domingo para ser preciso.
Otro ejemplo, más cercano y concreto: Se aproximan las fiestas de Navidad. Lo primero que asalta a miles de cristianos católicos en Venezuela es cómo se van a organizar para poner los adornos, el arbolito, los manteles, etc. Poquísimos de ellos se preguntarán: ¿Cómo hago para adornar mi corazón para Jesús, mi Señor? Y ésta es, en realidad, la pregunta más importante.
¿Quién es tu “señor”? La fiesta, la apariencia, el dinero, los bienes materiales, la política, el sexo, la fama, el poder, la mentira… ¿Jesús?
Hoy es la oportunidad de oro que nos brinda Jesús para que escuchemos el llamado de Juan el Bautista: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios.
Hacer toda una serie de preparativos en casa para la Navidad y no preparar el corazón y nuestra mente para Cristo Jesús es como vestirse con una tremenda “pinta” sin habernos bañado antes, ponernos un tremendo traje pero con el cabello, las axilas y los pies hediondos.
Hagamos lo correcto: Preparemos nuestra mente y nuestro corazón para el Señor, nuestro Señor Jesucristo. A Él la gloria, el honor y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Domingo XXXIII del tiempo ordinario - Ángelus del Papa Francisco



“Queridos hermanos y hermanas.
El evangelio de este penúltimo domingo del año litúrgico nos propone una parte de las palabras de Jesús sobre los eventos últimos de la historia humana, orientada hacia el pleno cumplimiento del reino de Dios.
Es la prédica que Jesús hizo en Jerusalén antes de su última pascua. Eso contiene algunos elementos apocalípticos, como las guerras, carestías, catástrofes cósmicas. “El sol se oscurecerá, la luna no dará más su luz, las estrellas caerán del cielo y las potencias que están en el cielo serán trastornadas”.
Entretanto estos elementos no son la cosa esencial del mensaje. El núcleo central en torno al cual giran las palabras de Jesús es Él mismo, el misterio de su persona y de su muerte y resurrección, y su retorno al final de los tiempos. Nuestra meta final es el encuentro con el Señor resucitado.
Yo quisiera preguntarles ¿cuántos piensan sobre ésto?: 'Habrá un día que yo encontraré cara a cara al Señor'. Y esta es nuestra meta, nuestro encuentro.
Nosotros no esperamos un tiempo o un lugar, sino que vamos a encontrar a una persona: Jesús. Por lo tanto el problema no es 'cuando' sucederán los signos premonitores de los últimos tiempos, sino que nos encuentre preparados. Y no se trata tampoco de saber 'cómo' sucederán estas cosas, sino 'cómo' tenemos que comportarnos, hoy en la espera de éstos.
Estamos llamados a vivir el presente construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios. La parábola del higo que florece, como signo del verano que se acerca, dice que la perspectiva del final no nos distrae de la vida presente, sino que nos hace mirar hacia nuestros días actuales con una óptica de esperanza.
Esa virtud tan difícil de vivir: la esperanza, la más pequeña de las virtudes pero la más fuerte. Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene “con gran potencia y gloria, y que esto manifiesta su amor crucificado y transfigurado en la resurrección. El triunfo de Jesús al final de los tiempos será el triunfo de la cruz, la demostración que el sacrificio de sí mismos por amor del prójimo, a imitación de Cristo, es la única potencia victoriosa, el único punto firme en medio de los trastornos del mundo.
El Señor Jesús no es solo el punto de llegada de la peregrinación terrena, sino una presencia constante en nuestra vida: por ello cuando se habla del futuro, y nos proyectamos hacia ese, es siempre para reconducirnos al presente.
Él se opone a los falsos profetas, contra los videntes que prevén cercano el fin del mundo, contra el fatalismo. Él está a nuestro lado, camina con nosotros, nos quiere mucho.
Quiere sustraer a sus discípulos de todas las épocas, de la curiosidad por las fechas, las previsiones, los horóscopos, y concentra su atención sobre el hoy de la historia.
Me gustaría preguntarles, pero no respondan, o cada uno responda interiormente: ¿Cuántos entre nosotros leen el horóscopo del día? Cada uno se responda y cuando tengan ganas de leer el horóscopo, mire a Jesús que está con nosotros. Es mejor, nos hará mejor.
Esta presencia de Jesús nos llama, esto sí, a la espera y a la vigilancia que excluyen sea la impaciencia que de la modorra, del escaparse hacia adelante o quedarse prisioneros del tiempo actual y de la mundanidad.
También en nuestros días no faltan las calamidades naturales y morales, y tampoco las adversidades y dificultades de todo tipo. Todo pasa, nos recuerda el Señor, solamente su palabra queda como luz que mira y alivia nuestros pasos. Nos perdona siempre porque está a nuestro lado, sólo es necesario mirarlo y nos cambia el corazón. La Virgen María nos ayude a confiar en Jesús, el fundamento firme de nuestra vida, y a perseverar con alegría en su amor".