sábado, 24 de junio de 2017

Sacúdete lo que digan los demás


Todos los seres humanos tenemos un deseo, mayor o menor, de ser perfectos y de aparecer así a los demás. En ese particular, hay algunos que son más perfeccionistas que otros. Hay casi un denominador común: a nadie le gusta que otras personas hablen mal injustamente de sí mismo.

Los que han decidido seguir a Cristo Jesús tienen el propósito serio de hacer las cosas bien. Quieren agradar a Jesús con la propia vida y quieren hacer lo mejor posible todo. Se toman en serio el papel de ser ejemplo y testimonio ante todos, creyentes o no, del seguimiento a Cristo.

Sin embargo, hay algo para lo cual no está nadie preparado. Es inevitable que otras personas hablen de nosotros. Por múltiples razones.

Hay personas que tienen un placer morboso de arruinar la felicidad y la buena fama de otros.

Hay personas que destrozan la buena fama de los demás, solo para ellos quedar bien o infundir miedo en la población.

Hay personas que el buen ejemplo de otros les resulta un reproche, y para acabar con esa situación incómoda, destrozan la buena fama de otros.

Hay personas que no soportan que les digan la verdad o que los corrijan. Entonces, comienzan a denigrar de los demás como la única medida de tolerar su miseria.

Otros simplemente son políticos y han hecho de ese oficio la cosa más asquerosa, y su “misión” es destrozar la buena fama de otros.

El profeta Jeremías, en la primera lectura de la Santa Misa de hoy, eleva una oración al Señor donde le manifiesta que siente que hablan mal de él, que planean su muerte, que hay personas que le siguen no por ser profeta del Dios Altísimo, sino porque quieren vigilar sus pasos para ver en qué pueden denigrarlo. En esa misma oración, el profeta renueva su confianza en el Señor y sabe que con Él a su lado sabrá superar las escaramuzas que le pongan sus enemigos.

En el Evangelio de hoy, Nuestro Señor Jesucristo nos invita no solo a tener esa confianza ilimitada en el Señor, sino que además nos da el argumento: ellos no pueden acabar con el alma, podrán tal vez herirte o hacerte daño físicamente, pero no podrán librarte de la dicha de la felicidad eterna a la que estamos llamados.

Todo está en las manos del Señor. En su providencia, el prevé el bien para todos aunque en el momento presente no podamos percibirlo así. Así que hemos de renovar la confianza en Él.

Finalmente, lo que puedan decir los demás no debe ser jamás un obstáculo para dar testimonio. Al contrario, es cuando debemos armarnos más de valor. El Señor Jesús nos recuerda que si nosotros, por cobardía, renegamos el Él, también Cristo nos negará ante el Padre. Si somos fieles, tendremos el mejor abogado ante el Padre: Jesús el Señor.

sábado, 20 de mayo de 2017

Dar razón de nuestra esperanza (1Pe 3, 15)


En la segunda lectura de nuestra Santa Misa de hoy, escuchamos un pasaje de la primera carta de San Pedro. El primer Papa escribe consciente de su misión de confirmar en la fe a todos sus hermanos de todos los tiempos. Hoy, la Iglesia propone para nuestra consideración un consejo válido siempre, que además debe ser la actitud perenne del creyente: estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza.

¿En qué espero? ¿En qué confío? En que si permanezco fiel a Jesucristo, Él me concederá la vida eterna. ¿Cómo muestro ser fiel? Ya escuchamos la respuesta en el evangelio de nuestra Misa: El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Aceptando los mandamientos de Jesús y cumpliéndolos. Es la consecuencia lógica y necesaria de aceptar a Jesús como mi Salvador y mi Señor.

La adversidad suele ser la excusa mayor por la cual las personas dejan de ser fieles al Señor. Resulta más cómodo para las personas abandonar la fe en Cristo Jesús, por la que nos llamamos cristianos, y seguir el modo de vivir del mundo. Así, para un joven resulta más llevadero vivir de parranda en parranda, de fiesta en fiesta, de salida en salida, de ocio en ocio… y no dedicarle un rato al Señor Jesús en oración o en la Santa Misa dominical. Y así como decimos de los jóvenes, decimos de cualquier persona, adultos inclusive.

Ciertamente, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones, la adversidad ha formado y formará parte de nuestra vida, hasta el último día. Resulta un poco absurdo ignorar la vida eterna por la adversidad en esta vida. A lo que nos llama Cristo Jesús es a dar testimonio con nuestra vida, incluso, dejando en evidencia a aquellos que denigran de la verdadera fe: Veneren en sus corazones a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia. Así quedarán avergonzados los que denigran la conducta cristiana de ustedes.

Debemos ser conscientes de que no debemos esperar el aplauso de los hombres, sino el aplauso definitivo de Jesús en el cielo. Por eso, debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza.

Bendiciones para todos.

sábado, 13 de mayo de 2017

Acérquense a Jesucristo (1Pe 2,4)


En la segunda lectura, tomada de la primera carta del Apóstol San Pedro, hace un llamado, perenne por demás, a acercarnos a Jesucristo. Él es el objeto de mayor valor al que podemos aspirar puesto que es “rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios”. Ciertamente, hay algo que no podemos negar: Jesucristo no es del aprecio de la mayoría de los hombres porque un encuentro con Él hace que cambiemos. Y los hombres no son muy proclives al cambio.

La primera consecuencia del encuentro con Jesús es la vida. Ya escuchamos en el evangelio de la Misa de hoy que Jesús es el camino, la verdad y la vida. Él es la vida. Solo que no en el sentido que podamos entenderlo el día de hoy (algo como signos vitales o como capacidad de rumbear, o algo así). Esa no es la vida que nos ofrece Cristo Jesús: nos ofrece la vida eterna, nos ofrece una nueva manera de vivir, nos ofrece una nueva manera de ver el mundo, nos ofrece la felicidad verdadera como la genuina manera de vivir.

No es fácil explicarlo. La única manera de lograr una comprensión de la vida que es Cristo, de la vida que nos ofrece Cristo Jesús es teniendo un encuentro con Él, siendo dóciles a su Palabra, dejándonos guiar por el Espíritu Santo. Entonces, comenzaremos a vivir la vida verdadera.

La Santa Madre Iglesia nos enseña que nos encontramos con Jesús cuando nos acercamos a los sacramentos, en especial, la Eucaristía y la Confesión; también nos acercamos a Cristo cuando leemos y meditamos su Palabra en la Sagrada Escritura. Encontramos a Jesús en la oración, en ese diálogo confiado con un amigo, con nuestro Padre o con nuestro Guía. Encontramos a Jesús en el hermano necesitado. Finalmente, encontramos a Jesús en la comunidad de creyentes, cuando compartimos nuestra fe en las celebraciones religiosas con nuestros hermanos.

La nueva vida que nos ofrece Cristo Jesús tiene un carácter sacerdotal: de saber ofrecer todo al Señor cual si fuera un sacrificio: desde nuestra jornada en la mañana hasta todas y cada una de las cosas que hacemos o sobrellevamos cada día. Por eso somos sacerdotes: porque ofrecemos a Cristo Jesús nuestra vida. Ciertamente, ese sacerdocio no tiene carácter ministerial. Es lo que la Iglesia ha llamado sacerdocio común de los fieles.

Este sacerdocio es consecuencia del acercarnos a Jesús: “porque ustedes también son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo”.

No dudemos en acercarnos a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. En Jesús encontraremos la vida, con Jesús seremos también sacerdotes.

sábado, 6 de mayo de 2017

La imagen del Buen Pastor


Ya en el Antiguo Testamento se encuentra la imagen del Señor como pastor del pueblo de Israel. Tal vez la representación más elocuente sea el salmo 23 (22) que escuchamos en las lecturas de la Santa Misa de hoy: El Señor es mi pastor, nada me falta.



La imagen tiene una enseñanza doble: la primera, que el Señor Jesús es guía segura de su pueblo; la segunda, que nosotros, sus ovejas, debemos ser dóciles a la guía de Jesús.



Jesús es la guía segura para la Iglesia: La Iglesia tiene un elemento que la identifica: la fidelidad a Jesucristo. En el momento en que la Iglesia o uno de sus miembros se apartan de la doctrina segura de Jesucristo, deja de estar en comunión con Él. Jesucristo es el Dios hecho hombre que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. En el Evangelio de la Misa de hoy escuchamos lo que dice Jesús: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.



Debemos ser dóciles a la guía de Jesús: Es muy fácil dejarse llevar por la dictadura de las mayorías, lo que hace el mundo que odia a Dios. Normalmente, esas personas que critican a la Iglesia, se mofan de los creyentes o afirman que creen en Dios a su manera, en realidad lo que hacen es tratar de acallar su propia conciencia que les recrimina que están actuando mal. Así te encontrarás con personas que recriminan a la Iglesia por no hacer nada por los pobres en África (que sí hace y bastante) y ellos no organizan ni un bingo para atender a las personas necesitadas de su comunidad. Otros ponen su palabra en lugar de la Palabra de Jesús: Yo creo que Jesús hubiera hecho esto o aquello… y esos no saben siquiera lo que dijo el Señor. ¡El creyente verdadero no es así! El creyente escucha la voz del Señor: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no  conocen la voz de los extraños”. 



Este domingo del Buen Pastor recuerda: Jesús es tu guía segura y debemos ser dóciles a su voz. Que le Buen Pastor te bendiga hoy y siempre.

jueves, 4 de mayo de 2017

Las incongruencias del gobierno




Maduro convoca a una constituyente con unos objetivos. Esa misma convocatoria, por sus considerandos, es inconstitucional. La razón es simple: los fines de una Asamblea Constituyente son: 1) transformar el Estado, 2) crear un nuevo ordenamiento jurídico y 3) redactar una nueva Constitución.



Por el carácter originario, la Asamblea Nacional Constituyente no puede tener límites. En la mente del convocante, lo que quiere es una reforma constitucional, y eso es tarea de la Asamblea Nacional, tal como lo establecen los aa. 342-345.



¿Por qué es una reforma constitucional? Simplemente porque no quiere los fines de la Constituyente sino los siguientes, de acuerdo al decreto:

·         El perfeccionamiento del sistema económico nacional.

·         Constitucionalizar las Misiones y Grandes Misiones Socialistas.

·         La ampliación de las competencias del Sistema de Justicia.

·         Constitucionalización de las nuevas formas de la democracia participativa y protagónica.

·         La defensa de la soberanía y la integridad de la nación y protección contra el intervencionismo extranjero.

·         Reivindicación del carácter pluricultural de la Patria.

·         los derechos de la juventud.

·         La preservación de la vida en el planeta (este es el más mamarracho de todos)



Visto que no pretende la reforma del Estado, ni la creación de un nuevo ordenamiento jurídico ni una nueva constitución, sino una reforma de la Constitución vigente, no procede la iniciativa de convocatoria de una Asamblea Constituyente, sino una reforma constitucional, competencia de la Asamblea Nacional.


Por otra parte, el texto constitucional es claro: quien convoca es el Pueblo de Venezuela. La iniciativa puede partir del Presidente, de la Asamblea, de los Consejos Municipales o del 15% de los electores. Por lo tanto, el CNE debe preguntar al pueblo si convoca a una Asamblea Constituyente o no. 


Si existe algún jurista sensato en el Gobierno –que no lo hay– debe saber que lo que pretenden hacer es un absurdo jurídico.

sábado, 29 de abril de 2017

La inmensa riqueza de la Palabra

En el Evangelio de hoy escuchamos como Cleofás y con otro discípulo, después de reconocer a Jesús, dijeron: ¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras! De igual manera, San Pedro en el discurso que escuchamos en la primera lectura, cita la Sagrada Escritura. Es un elemento necesario en nuestra vida como creyentes. No debemos olvidar que la Biblia, la Sagrada Escritura o la Palabra de Dios escrita es una fuente inagotable de riqueza.
En la intensión de Dios de revelarse, inicialmente la Palabra de Dios se transmitía de manera oral. Es muy común leer en el Antiguo Testamento la frase “como el Señor dijo a nuestros padres”. Con el paso del tiempo, Dios escogió e inspiró a algunos hombres para que pusieran parte de ese mensaje por escrito. Es así como nace la Sagrada Escritura.
En ella no solo se narra el designio y la historia de la salvación, sino que también encontramos enseñanzas y palabras que nos ayudan en nuestra vida personal. De hecho, San Pablo nos enseña en la segunda carta a Timoteo: “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien” (3, 16).
Todo cristiano debe tener en muy alta estima la Sagrada Escritura, pero esto no se traduce en tenerla de adorno, sino que esa estima debe traducirse en una lectura y meditación atenta de lo que allí está escrito. Es una costumbre muy extendida y que debe desaparecer: la Palabra es para leerla, para meditarla, para orar, para vivirla.
Con los textos de la Biblia podemos orar y meditar, también podemos encontrar palabras de consuelo, de fortaleza y de edificación. Sin duda alguna, encontramos en la Sagrada Escritura suficientes enseñanzas para discernir los diferentes hechos de nuestra vida, para orientar nuestras acciones según la voluntad del Señor.
Ciertamente se pueden conseguir pasajes difíciles de entender, sin embargo no es excusa para no leer: lo correcto es aclarar las dudas preguntando. De esa manera estaremos brindando un precioso manjar a nuestra alma, enriqueciéndola con la Palabra del Señor y dándole elementos para orientar nuestra vida según la voluntad del Señor.

No lo olvides: la Biblia es un mensaje de Dios para ti. Léela.

sábado, 22 de abril de 2017

Domingo de la Divina Misericordia

Porque ustedes tienen fe en Dios, él los protege con su poder, para que alcancen la salvación que les tiene preparada y que él revelará al final de los tiempos. Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola por el fuego. (1Pe 1, 5-7)
La salvación consiste en vernos libres de todo mal. Sin duda alguna, el mal más grande es el pecado que rompe la amistad con el Señor. Vernos libres del pecado es la obra de amor más grande que el Señor ha hecho con nosotros. Cristo nos libera del pecado con el perdón: la fuerza redentora de su muerte y resurrección alcanzó la satisfacción. Es por ello que, una vez resucitado, Jesús concede a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados en su nombre: Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
La salvación que Jesús nos ofrece no nos hace exentos de todo mal. La adversidad y el sufrimiento forman y formarán parte de nuestra vida. Con la gracia de Cristo podemos vencer la adversidad y dar un sentido nuevo a los momentos de dolor. Es un momento de prueba en la que podemos y debemos aprovechar para redimir nuestras faltas, para purificar nuestras intenciones y para salir fortalecidos en nuestra voluntad de seguir y servir al Señor.
San Pedro utiliza la imagen –conocida en su época– de la purificación del oro. El oro, a veces, viene con escoria. El orfebre o el metalúrgico sometían al trozo de oro al fuego para que el calor eliminara la escoria y quedase el oro puro. El objeto es claro: su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo.
Jesús nos ama y porque nos ama, nos perdona. Ésa es la manifestación más grande de su misericordia. Por eso, confiamos en Él siempre y en el momento de la adversidad.

Señor Jesús, Señor de la Misericordia, en ti confiamos.