viernes, 3 de junio de 2016

El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 23, 1)



Esta frase es el inicio de uno de los salmos más conocidos en el cristianismo; y también lo hemos escuchado en el salmo responsorial de nuestra Santa Misa de hoy.
Hoy es la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, quien es el titular de nuestra parroquia. Y hoy nos hemos reunido para cantar y bendecir el nombre del Señor Jesucristo.
Las lecturas de la Santa Misa de hoy nos presentan la figura del pastor, imagen muy familiar en la sociedad agrícola y pecuaria que era el Pueblo de Israel entonces. Junto con la figura del pastor, se presenta igualmente la figura de las ovejas. Nos vamos a detener en una reflexión para comprender mejor estas lecturas.
Como hijos de un pueblo nómada, la mayor riqueza que podría tener una familia era el ganado. El que mayor provecho le generaba era el de las ovejas, porque no solo le proporcionaba leche y queso, sino también lana y carne. Aún cuando dejaron de ser un pueblo nómada cuando se establecieron en el territorio de Israel, el tener un rebaño de ovejas se convirtió en una manera de cuidar el futuro.
Cuidar del rebaño se convirtió en un oficio de mayor importancia. Por eso, la figura del pastor era perfectamente comprendida. El pastor –más si era el dueño de las ovejas– tenía un particular cuidado con las ovejas. Era cuidar un preciado tesoro.
Un pasaje que nos ayuda a ilustrar la importancia que daba el pueblo de Israel al cuidado de las ovejas lo encontramos en el rey David. David era escudero del rey Saúl, y aún estando en guerra contra los filisteos, David iba con frecuencia a Belén a cuidar los rebaños de su padre (1Sam 17, 15). En una de esas tantas idas y venidas, Jesé le pide a David que lleve unas provisiones a sus hijos que estaban en la guerra con los filisteos. Cuando finalmente llega a sus hermanos, ve el espectáculo de Goliat y hace un reclamo a los soldados sobre si no hay alguno que se enfrente a ese gigante. Su hermano mayor, al saberlo, regaña a David y le reclama que ha dejado solo al rebaño de su papá (1Sam 17, 28). La preocupación de su hermano era que había dejado solo el tesoro de la familia.
Más adelante hay un pasaje donde David narra un par de episodios que hablan de la dedicación del pastor. Cuando David está ante el rey Saúl y se ofrece a pelear contra Goliat, narra unos hechos que ocurrieron cuando cuidaba de las ovejas de su padre:
David dijo a Saúl: “Cuando estaba guardando el rebaño de mi padre y aparecía un león o un oso para llevarse una oveja del rebaño, yo lo perseguía y lo golpeaba y le quitaba la presa del hocico. Y si se volvía contra mí, lo tomaba de la quijada y lo golpeaba hasta matarlo. Yo he matado leones y osos; lo mismo haré con ese filisteo que ha insultado a los ejércitos del Dios vivo.” ¡Así como tu servidor ha vencido al león y al oso, lo mismo hará con ese filisteo que ha insultado las tropas del Dios vivo!” (1Sa 17, 34-36)
Tal era la dedicación del pastor que se enfrentaba a bestias salvajes para defender el rebaño.
Teniendo presente esto, ahora es fácil entender que el Señor hubiese elegido la figura del pastor para referirse a su relación con el pueblo de Israel. Así lo escuchamos en la primera lectura de la Misa de hoy: Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas. Así como un pastor vela por su rebaño cuando las ovejas se encuentran dispersas, así velaré yo por mis ovejas e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y de oscuridad. (Ez 34, 12)
Por lo preciado que eran las ovejas para los israelitas, el Señor Jesús se sirvió de la imagen del empeño del pastor con las ovejas para hablarnos de la misericordia de Dios con los hombres. El empeño del pastor por encontrar la oveja perdida justifica plenamente su alegría: el pastor ama a cada ovejita. Se entiende ahora la alegría del pastor: ¡No perdió ni una sola ovejita! Y comparte esa alegría con los demás amigos. La misma alegría que siente un pastor de haber logrado que no se perdiera una ovejita, la siente Dios cuando un alma, atendiendo a los llamados y cuidados del Señor, no se pierde sino que vuelve al rebaño de los que buscan al Señor en espíritu y en verdad.
Tampoco resulta extraño, sabiendo la dedicación del pastor por las ovejas, que el pueblo de Israel se sirviera de la imagen de la ovejita para ilustrar la espiritualidad del creyente. Así el salmista se reconoce como una ovejita y llama al Señor su Pastor. Ilustra esa imagen ya no desde la perspectiva de Dios, sino de cómo se siente amado por Dios que le ayuda a reparar las fuerzas. Tal es la confianza en el cuidado del Señor que: así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad (Sal 23, 4)
La advocación del Sagrado Corazón de Jesús, quien es el titular de esta parroquia, nos recuerda el amor sin límites que Jesús tiene por los hombres y mujeres, por quienes entregó su sangre en la cruz para la salvación de todos.
Hoy hay una figura nueva sobre cómo contemplar ese amor que Jesús tiene por nosotros. Él es el buen pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11) De igual manera, en la experiencia de cada uno de sentirse amado por Dios, hay una figura que nos ayuda a ilustrarla: la de la ovejita. El Señor nos cuida y nos protege. No seamos ariscos, sino dejémonos guiar por el Buen Pastor.

sábado, 21 de mayo de 2016

DOMINGO DE LA SANTISIMA TRINIDAD



En la oración primera de la Santa Misa de hoy escuchamos: “Concédenos… reconozcamos la gloria de la Eterna Trinidad y adoremos la Unidad de su majestad omnipotente”. Y es lo que la Iglesia hace hoy.
Desde pequeños, en el catecismo, la inmensa mayoría de nosotros aprendimos que el misterio fundamental de nuestra fe es el misterio de la Santísima Trinidad: Tres personas, un solo Dios. Tal vez no recordemos con exactitud el por qué es el misterio fundamental de nuestra fe. Es bueno recordarlo.
Lo primero que debemos recordar es que Dios así nos lo ha revelado: el Señor Jesús nos ha revelado la comunión profunda y eterna que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y así lo escuchamos en la Santa Misa de hoy. La Iglesia primitiva es consciente de este hecho como lo atestigua San Pablo en sus múltiples cartas y en especial en el pasaje de la carta a los romanos que escuchamos hoy en la segunda lectura.
En segundo término, toda la vida del cristiano se mueve en la vida trinitaria. Desde nuestro bautismo, hemos sido signados por la Trinidad Única y verdadera. Ese Dios Uno y Trino es quien nos ha creado y nos mantiene en la existencia, es quien nos ha redimido y quien obra la santificación de la Iglesia y de cada creyente. Aun cuando podamos atribuir alguna acción específica, es un único Dios. Así lo escucharemos en el prefacio de la Misa: Y lo creemos de tu gloria, porque Tú lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo, y también del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción.
Hoy y siempre debemos reconocer la gloria de Dios uno y Trino. Adorar a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. A Ellos la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 14 de mayo de 2016

Un nuevo pentecostés



La presencia del Espíritu Santo en la Iglesia ha sido llamada por muchos santos y por el Papa Francisco recientemente, como el gran desconocido. La razón es sencilla: la misión del Espíritu Santo es silente. El obra la santificación de la Iglesia y la santificación en nosotros, tal como lo escuchamos en la segunda lectura de la Misa de hoy.
Esa es la razón por la que el Espíritu Santo llama a algunos varones a ser sacerdotes o a la vida religiosa. A algunas mujeres las llama a la vida religiosa. A otros, a la inmensa mayoría, los llama a santificar el mundo. A todos nos da dones para que ayudemos a edificar la Iglesia de Cristo. Así lo escuchamos en la segunda lectura de nuestra Misa de hoy:
Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común
Asi lo ha hecho el Espíritu Santo desde Pentecostés. Hoy resulta que en la realidad de La Guaira el Espíritu no da más frutos porque los laicos y los sacerdotes ponen peros. Dos fundamentalmente: el miedo y la pereza.
Hoy el Obispo de La Guaira quiere un nuevo pentecostés para la Diócesis. y el obstáculo hoy es el mismo. En esta fiesta de Pentecostés examinemosnos para qué obstáculos pongo a este nuevo pentecostés en La Guaira.
Bendiciones para todos.

domingo, 13 de marzo de 2016

HACER NUESTRA LA SALVACIÓN DE CRISTO JESÚS



La semana pasada ya habíamos indicado el camino de la conversión: el primer paso es el arrepentimiento y el segundo es asumir el cambio de actitud, alejándose del mal. Las lecturas de hoy nos invitan a considerar un hecho importante en la vida del cristiano: hacer nuestra la salvación que Cristo nos ofrece.
San Pablo es un ejemplo elocuente de cómo hacer nuestra la salvación. A lo largo de los Hechos de los Apóstoles y en sus cartas va contando lo que era su vida, y de como un encuentro con Cristo le hizo cambiar todas sus perspectivas y prioridades. En el hermoso pasaje de la Carta a los Filipenses lo deja muy claro: Todo lo que era valioso para mí, lo consideré sin valor a causa de Cristo.
Al cristiano le mueve una certeza: solo en Cristo puede encontrar la salvación. Salvación que no es otra cosa que sabernos perdonados y bendecidos por el Señor, que nos libra de la condenación eterna y de los peligros para nuestra vida.
Para hacer nuestra la salvación hemos de aceptar nuestro pasado, pero no dejar que eso nos condicione en nuestro presente y nuestro futuro. San Pablo nunca olvidó que persiguió y dio muerte a cristianos, pero no dejó que eso determinara su presente: eso sí, olvido lo que he dejado atrás, y me lanzo hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo.
También hemos de liberarnos de las lenguas del presente y de la tortura de nuestra mente que siempre quiere cuidar nuestra imagen. San Pablo dice que todo eso lo considera basura: Más aún pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él.
Para hacer nuestra la salvación hemos de aceptar el perdón que Cristo Jesús nos ofrece, como a la mujer sorprendida en adulterio: ¿Nadie te condena? ¡Yo tampoco! Para ser salvados, hemos de abrir nuestro corazón al perdón que el Señor nos ofrece. No hay pecado tan grande y feo que el Señor no pueda perdonar. El amor del Señor es infinito: no conoce límites. No le pongamos límites al perdón del Señor: abandonémonos a su misericordia.
Finalmente, para hacer nuestra esa salvación hemos de seguir e imitar al Señor Jesús, haciéndonos uno con Él: Y todo esto, para conocer a Cristo, experimentar la fuerza de su resurrección, compartir sus sufrimientos y asemejarme a él en su muerte, con la esperanza de resucitar con él de entre los muertos. No quiero decir que haya logrado ya ese ideal o que sea ya perfecto, pero me esfuerzo en conquistarlo, porque Cristo Jesús me ha conquistado. No, hermanos, considero que todavía no lo he logrado.
Vete y en adelante no peques más!

sábado, 5 de marzo de 2016

EL CAMINO PARA HACER NUESTRA LA MISERICORDIA



Escuchamos en el Evangelio de hoy la parábola de la misericordia por excelencia: la parábola del hijo pródigo. Son muchísimas las reflexiones que podríamos hacer porque el pasaje es hermoso y rico en detalles, pero me detendré en dos.
1)      ¿En qué consiste el pecado?
En la parábola escuchamos la decisión del hijo menor: pide su herencia y se va lejos de la casa del padre. Allí se olvida del amor de su familia, el chico se cree autosuficiente, se vuelca a los placeres y vacía todas sus riquezas, riquezas que recibió de su familia y su casa. Lo desperdició todo.
El segundo momento, la vaciedad y la soledad absoluta. El chico siente la soledad de los “amigos”, la tristeza de haber dilapidado toda la riqueza de su casa y su familia. Tiene hambre –siente el vacío en su estómago– y en vez de volver sobre sus pasos y volver a encontrar la riqueza de su casa, va a hundirse cuidando lo que es prohibido, y desea llenar el vacío con la porquería.
Algo similar ocurre con el pecado: es alejarse de Dios, alejarse de Jesús. Es olvidarnos de la Omnipotencia Divina y creernos autosuficientes, es volcarnos a los placeres y olvidarnos de las riquezas espirituales que recibimos en la Iglesia y en nuestra familia.
La consecuencia del pecado es vivir en la vaciedad absoluta. No quiere volver a Dios para estar nuevamente en la riqueza de su familia: ¡no! Busca ocultar su miseria hundiéndose más en ella. No quiere reconocer que ha actuado mal, tal vez le echa la culpa a otras circunstancias o personas.
2)    ¿En qué consiste la misericordia?
En la segunda lectura de nuestra Misa leemos una descripción sobria de lo que es la misericordia: “en Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres” (2Co 5, 18). El amor del Señor es tan grande que nos perdona lo que sea, siempre que estemos arrepentidos.
En boca del Señor escuchamos que el chico, dándose cuenta de su miseria reconoce el amor y la riqueza de su casa, la que despreció y derrochó, y ahora añora, decide volver a la casa del Padre para pedir que lo acepte aunque sea como uno de sus trabajadores.
La actitud del padre es elocuente: no le reprocha, no lo manda para el carrizo, sino que se alegra y manda a vestirlo y a organizar una fiesta. El padre renunció a tomar en cuenta las acciones malas de su hijo. Acepta la voluntad de su hijo de reconciliarse con su casa, con su familia.
Pero atención: recuerda el único requisito para hacer nuestra la misericordia del Señor y reconciliarnos con Él: reconocer nuestra miseria, nuestros pecados y volver a la Casa del Padre.  Esa es la fórmula secreta.