sábado, 8 de mayo de 2010

La Paz, fruto del Espíritu Santo

En la celebración de la Santa Misa, pedimos al Padre por medio del Hijo en el Espíritu Santo que nos conceda la paz. Pero, ¿qué es la paz?

     La paz, en la Biblia, es la serenidad del alma, que es el resultado del orden en la vida con Dios y con los demás. El enemigo de la paz son las obras de la carne, como lo dice San Pablo: “los deseos de la carne se oponen al espíritu y los deseos del espíritu se oponen a la carne. Los dos se contraponen... Es fácil reconocer lo que proviene de la carne: fornicación, impurezas y desvergüenzas; culto de los ídolos y hechicería; odios, ira y violencias; celos, furores, ambiciones, divisiones, sectarismo y envidias; borracheras, orgías y cosas semejantes... En cambio, el fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Gal 5, 17-23)


La paz, en la Biblia, es la serenidad del alma, que es el resultado del orden en la vida con Dios y con los demás. El enemigo de la paz son las obras de la carne, como lo dice San Pablo: “los deseos de la carne se oponen al espíritu y los deseos del espíritu se oponen a la carne. Los dos se contraponen... Es fácil reconocer lo que proviene de la carne: fornicación, impurezas y desvergüenzas; culto de los ídolos y hechicería; odios, ira y violencias; celos, furores, ambiciones, divisiones, sectarismo y envidias; borracheras, orgías y cosas semejantes... En cambio, el fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Gal 5, 17-23)

La paz es un fruto del Espíritu. En el libro de los Hechos de los Apóstoles leemos que unos cristianos provenientes del judaísmo comenzaron a difundir que “si no se circuncidaban de acuerdo con la ley de Moisés, no podrían salvarse”. Cuando los Apóstoles tratan este problema, escriben una carta donde dice: “Enterados de que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, los han alarmado e inquietado a ustedes con sus palabras... Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, quienes les trasmitirán, de viva voz, lo siguiente: ‘El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias” (Hech 15, 1-29)

La fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo, siguiendo las inspiraciones del Espíritu Santo con sus dones, es lo que produce en nosotros la paz. En el Evangelio, Jesús, después de anunciarnos al Espíritu Santo, nos dice: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden” (Jn 14, 27)

El cristiano de hoy vive asediado por las obras de la carne y que se convierten en un gran obstáculo interior para alcanzar la paz. Si esas obras están en nosotros, el primer paso es la reconciliación con Dios que nos brinda el perdón en el sacramento de la confesión. “Ésta es la primera forma de paz que los hombres necesitan: la paz conseguida con la superación del obstáculo del pecado” (Juan Pablo II)

Si la paz de alma se ve afectada por las acciones de otros, es el Espíritu Santo que nos da su gracia para sabernos mantener firmes en la adversidad. Acudamos a la oración, a Dios: “No se inquieten por nada; antes bien, en toda ocasión presenten sus peticiones a Dios y junten la acción de gracias a la súplica. Y la paz de Dios, que es mayor de lo que se puede imaginar, les guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Fil 4, 5-7). A la oración debe acompañar también la acción. Debemos poner todos los medios lícitos para que la situación que causa inquietud en el alma desaparezca. Si puestos todos los medios, no se supera, el discípulo de Cristo debe poner la confianza en Cristo sabiendo que Él sabrá sacar el mayor bien de esa situación.

El discípulo de Cristo debe ser consciente de que no todas las cosas están en sus manos. Las acciones y las actitudes de los otros (familiares, vecinos, políticos) no dependen de la voluntad propia. Es cierto que pueden no ser de nuestro agrado y no estemos de acuerdo, pero intentar doblegar la voluntad de otros a la nuestra es causa de frustraciones. Eso roba la paz del alma. Oremos, corrijamos, pero no podemos hacer que los demás hagan lo que queramos.

En estos casos, la fe del cristiano debe confirmarle que solo la gracia de Cristo mueve los corazones. La oración y la acción unidas a la fe en Cristo y a la fuerza del Espíritu Santo pueden transformar la manera de ser y de pensar de los hombres.

No debemos dejar que los avatares de la vida nos roben la paz del alma. Seamos fieles a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo. “Que el Dios de toda esperanza los colme de gozo y paz en el camino de la fe y haga crecer en ustedes la esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Rom 15, 13)

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