Nuestro testimonio y nuestra palabra
Las lecturas de este domingo nos invitan a considerar dos elementos importantes en nuestra vida como seguidores de Cristo Jesús. Por una parte, nuestro testimonio de vida y, por otra, nuestra palabra anunciando a Cristo Jesús.
En el evangelio de hoy (Mt 5, 13-16) el Señor utiliza dos imágenes que tienen una perfecta analogía con la vida del creyente. Cristo Jesús nos dice que somos la sal de la tierra y la luz del mundo.
La sal es el ingrediente que usamos al momento de cocinar para realzar los sabores de lo que comemos. Es misión nuestra hacer que nuestra vida sea el elemento que dé un significado diferente y una apreciación favorable del mundo. Hemos de tener claro que el mal nunca va a tener la última palabra. Es por ello que nosotros hemos de vencer el mal a fuerza de bien de tal manera que, aunque veamos que las fuerzas que quieren apartar los corazones de Cristo vayan tomando la delantera, nosotros tendremos la confianza de que estamos del lado del Ganador.
Jesús nos enseña también que somos la luz del mundo. Nuestra conducta ha de ser tal que las personas puedan distinguir el bien del mal. Las personas que no tienen fe pueden tener una guía segura en el modo en el cual nosotros nos conducimos. Como alguien dijo alguna vez: probablemente nuestra vida sea el único evangelio que los demás puedan leer.
En la segunda lectura (1Co 2, 1-5) escuchamos como San Pablo tiene muy claro el cometido del mandato de Cristo: anunciar el evangelio. No es necesario tener algún título en teología o haber hecho miles de cursos. Hemos de hablar del mismo Cristo Jesús que da un sentido a nuestra vida y así dejar que sea el poder de Cristo el que toque los corazones.
Cristo Jesús nos llama a dar nuestro testimonio: que nuestra vida sea reflejo de la fe que profesamos. Y, además, poner nuestra palabra específicamente cristiana: anunciar con sencillez, pero con sinceridad a Cristo Jesús.
A Él la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos.
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