sábado, 16 de julio de 2011

El Reino, el trigo y la cizaña

Son pocas las ocasiones en las que Nuestro Señor explica el significado de sus propias parábolas. El Evangelio de hoy es una de estas ocasiones. Sin embargo, para una comprensión más perfecta es preciso aclarar algunas palabras.

Primero, el Señor usa este símil por algo que resulta familiar a los oyentes. El trigo y la cizaña son casi idénticos, es muy fácil confundirlos. El trigo es un cereal beneficioso, la cizaña no sirve para nada, más aún, es dañina. Distinguir una de la otra requiere un ojo muy experimentado, por eso existe el riesgo de eliminar el trigo cuando se pretende eliminar la cizaña.


Segundo, es importante no perder de vista cuál es el objetivo de la enseñanza del Señor: El Reino de Dios o, como también lo llama San Mateo, el Reino de los Cielos.

Cabe hacerse la pregunta: ¿Qué es el Reino de Dios? Es una pregunta que no es fácil responder. De hecho, es una interrogante que se han hecho los teólogos y que cada vez enriquece un poco más con sus respuestas.

No haremos un discurso teológico ahora, pero te dejaré una idea que te ayudará a comprender mejor este pasaje del Evangelio así como otros pasajes de la Escritura.

Ya en el Antiguo Testamento se menciona al Señor como Rey y que ejerce su reinado no solo sobre el pueblo de Israel sino también sobre los reinos de la tierra. Después del exilio en Babilonia, los profetas comienzan a identificar al Rey con el Mesías, el Ungido del Señor. Este Rey-Mesías no es como los otros reyes. Su principal característica es la humildad y la disciplina en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Su reinado se extenderá hasta los confines de la tierra.

El Señor Jesús, en otros lugares del Evangelio y como escucharemos en los domingos siguientes, nos da algunas pistas. La primera, es que el Reino de Dios tiene que ver con el mismo Jesús: Ante Pilatos afirma sin ambigüedad que Él es Rey (Jn 18,37), que al final de los tiempos Él se sentará a juzgar a todas las naciones (Mt 25,31-46) y que su acción es una señal clara de la presencia del Reino entre nosotros: "si yo expulso a los demonios por el dedo de Dios, eso significa que el Reino de los Cielos ha llegado a ustedes”(Lc 11,20)

Segundo, El Reino de Dios no tiene ningún tipo de carácter político: “mi Reino no es de este mundo” (Jn 18,36). Y, finalmente, es un Reino que tiene lugar en la interioridad del ser humano: “la venida del Reino de Dios no es algo que todo el mundo pueda ver. No se va a decir aquí está o allí está; porque el Reino de Dios está en ustedes” (Lc 17,20-21)

Para decirlo pronto: el Reino de Dios es el sometimiento voluntario del hombre a la voluntad e imperio de Jesús. En la medida en que hacemos de Jesús el centro de nuestra vida, en esa medida somos ciudadanos del Reino.

Ahora bien, ese seguimiento debe ser íntegro y total. No se puede aceptar una parte del mensaje de Cristo y rechazar otra, así como tampoco es lícito tergiversar el mensaje de Cristo vinculándolos con un determinado movimiento político o social. No obstante esta aclaratoria, puede ocurrir que haya personas que manifiesten ser seguidores de Cristo y no lo sean, o den la apariencia de ser seguidores de Cristo, pero no lo son. Igual que la cizaña se parece al trigo pero no es trigo.

Ahora, solo queda preguntarnos si somos trigo o si somos cizaña.

Dios te bendiga.

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